Las fantasías que vivimos, por Aglaya Kinzbruner
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Créanlo o no, muchas de las acciones en que nos vemos involucrados parten de un constructo fantasioso más cercano a nuestros sueños que a la realidad.
Si el soñador en cuestión no tiene ningún poder, ni aparato propagandístico alguno o sea si es un Don Nadie, un Perdedor, sus fantasías no tendrán consecuencia alguna.
Tomemos el caso de Adolf Hitler, su padre nacido Alois Schicklgruber, fuera de una unión matrimonial con una mujer de servicio llamada María Schiklgruber; como Schicklgruber no hubiera llegado a ningún lado, adoptado luego por un señor Hiedler transformado por un notario analfabeta en Hitler.
Como se ve el azar o el fatum pone su dedito pícaro en un sinfín de eventos. Sin el azar de su lado no se hubiera convertido en la figura más temida de Europa entre el ’33 y el ’45.
Sin embargo, algunas de sus teorías le proporcionaron entre los chascos más sonados de la historia. Su teoría de la raza superior aria – lo de ario no existe y el concepto de raza ha sido abandonado – pues ese concepto tenía que ser probado de forma pública y notoria.
Para eso se organizaron los juegos olímpicos de 1936. Los arios iban a correr más que Speedy González y el Correcaminos osterizados en licuadora especial. Todos podían competir para convertirse luego en espectadores deslumbrados.
Pues saben ¿qué pasó? Que un atleta negro norteamericano, Jesse Owens, ganó de corrido, los 100, 200 y más metros de pista. Obtuvo cuatro medallas de oro y las olimpíadas fueron tremenda fiesta para los yanquis.
Así se fue para el inodoro lo de la raza aria y muchas cosas más. Y el discóbolo, símbolo del evento, volvió a manos del príncipe romano Lancellotti, quién había denunciado una venta forzada. Pero esa es otra historia.
Cierto es que ahora se encuentra en el Palazzo Massimo propiedad del Museo de Arte en Roma por más que Hitler se había encaprichado con él. Como él pensaba que un objeto esculpido por un artista romano en mármol blanco de Carrara hace más de dos mil años, pudiese representar al ideal ario, no tiene ni pies ni cabeza, es lógicamente sólo una fantasía.
Y ya que entramos de lleno en el reino de la fantasía aprovechamos para contar una anécdota que encontramos en un libro de historia muy serio, como dice nuestro respetado José Saramago, «Del Diablo también se aprende».
Resulta que a un soldado del ejército de moros de Tariq Ibn Ziyad que allá por el 711 d.C. peleó con gran entusiasmo contra los ejércitos del Rey Rodrigo de la península le habían dicho que si moría en la fraga iría derechito al paraíso con pase gratis a la pelea con 72 bellísimas huríes.
¿Y qué pasó? Que una espada ibérica le atravesó el corazón y no le dio sino tiempo para un suspiro de resignación mezclado con las ansias de conocer su próximo destino lleno de lujuria. Sin embargo, fue al Cielo como prometido, pero volvió indignado: – Fue mentira – gritaba – no eran 72 huríes, ¡era sólo una mujer de 72 años!
Eso es lo que se llama destruir la fantasía de otra persona. Eso es lo que hizo una famosísima dueña de una de las casas de moda de Nueva York, cuando dijo en los lejanos años 2020 – las mujeres de más de 40 años no deben llevar el pelo largo, es falta de clase, tampoco minifalda, menos que menos vaqueros, ni tratar de lucir más jóvenes de lo que son porque van a parecer más viejas y sin «clase». ¡Ardió Troya!
¿Por qué? Los cuarenta pueden ser muy difíciles para una mujer. Muchas fueron intercambiadas por una de 20, tanto en lo afectivo como en el trabajo y son sujetas a fantasías como éstas: Cuando tenga una platica, me voy a hacer tetas nuevas porque lo que baja sin permiso hay que ponerlo en su santo lugar o misma premisa agravada, cuando tenga una platica y un permiso del trabajo me voy a hacer una lipo porque gorda no soy, solo tengo unos rollitos que no son tales sino una piel que ha perdido el camino y no sabe adónde ir, por eso se enrolla.
Pues esas señoras se enrollaron por completo porque habiendo llegado a los 40/50, ahora no le permiten soñar con sus fantasías de algún día ¡lucir joven otra vez!
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Destrozar las fantasías de alguien es delito terrible, debiera estar sujeto a las peores sanciones. Baste observar como hoy en día un alto oficial del gobierno o más bien del desgobierno se vea obligado a discutir, planificar y ejecutar unas elecciones en las cuales no está interesado con un miembro de la oposición que se tuvo que exiliar.
Y, por cierto, no hay que olvidar que José Saramago, fue excomulgado, su libro El Evangelio según Jesucristo, calificado de blasfemo, no se sabe si por haber escrito la mejor escena de sexo de todos los tiempos cosa que iba muy en contra de las fantasías prohibidas de algún célibe mojigato. ¡Cosas del destino!
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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