Las dos moles: del Helicoide a Doral, por Jipson Briceño Domínguez
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La tarima política de la tragedia venezolana mutó hacia una cartografía del absurdo: el cautiverio ya no requiere sótanos húmedos ni elementos de horror. Bajo la administración chavista-madurista-rodriguista, el encierro es una coreografía institucional, tan tradicional como la guatireña «Parranda de San Pedro», donde la arbitrariedad se danza con naturalidad. Hay una simetría perversa en este aislamiento, dividido entre dos moles que desafían la dignidad humana mientras los distintos actores políticos dejan pasar o agravan la situación.
Por un lado, permanece El Helicoide, en La Roca Tarpeya: esa mole brutalista que, así como envolvió el paisaje con hierro y concreto, terminó por envolver el cuerpo y el alma de sus ocupantes, secuestrando la dignidad de quienes se atrevieron a alzar la voz. Un monumento fallido a la modernidad convertido en el centro de torturas más temido del país.
Allí la infamia es frontal. El secuestrado posee una conciencia desgarradora del espacio: despojado del día y de la noche, su cuerpo decodifica la estructura a través de la proximidad del terror. Atrapado en un cubículo miserable, siente la mole en el eco de los pasos sobre el cemento, en el aliento del custodio y en la arrogancia que brota de las paredes que el Sebin moldea. La cúpula y el domo en su cima, que debieron coronar el futuro vanguardista de una urbe moderna, hoy vigilan el horror; y los techos, desprovistos de la calidez de la madera, se reducen a losas desnudas que hunden al prisionero.
Frente a esa arquitectura explícita, la diáspora —esa que arriesgó la vida cruzando el Darién, las corruptas fronteras centroamericanas y México— inauguró su propio «helicoide norteño» en los bulevares de Doral. En este enclave floridano, el cautiverio opera bajo una lógica psicológica más perversa: una celda a cielo abierto autogestionada por el miedo.
En este territorio de líneas limpias, el venezolano camina paralizado, cazado como presa por la maquinaria del ICE. Lo verdaderamente traumático de esta trampa es la disonancia cognitiva: el migrante descubre que el hostigamiento no proviene de un autócrata lejano, sino de las entrañas institucionales del mismo país que se erigió históricamente como faro global de las libertades individuales.
Una paradoja trágica que evoca el hostigamiento sistemático ejercido históricamente contra la población afroestadounidense en las plantaciones de Luisiana o Georgia, donde el espacio público podía convertirse en una trampa de vigilancia permanente.
La persecución no necesita detenciones masivas para funcionar: le basta con que Julián Sanabria deje de salir a cenar; con que las madres organicen chats vecinales para recoger a sus hijos; o con que una mujer que lleva una década en el país le mienta a su empleador porque ningún abogado sabe si su permiso sigue vigente.
Esta persecución transnacional responde milimétricamente a la geopolítica electoral estadounidense. Atrapados en el declive de los sondeos, los intereses de Donald Trump reducen al migrante a una ficha de cambio, un chivo expiatorio útil para apaciguar a los radicales, sumar votos y generar titulares con lemas populistas como «América para los americanos» o Make America Great Again.
Es la búsqueda obsesiva de un algoritmo político que lo haga grande a él. Pero, aunque las fórmulas matemáticas detectan tendencias, carecen de sentimientos, y hay realidades humanas que terminan volviéndose gigantes frente al cálculo cuando las tendencias se revierten.
Aquí la aritmética de noviembre se vuelve relevante. Trump no necesita una buena encuesta aislada; necesita un Congreso republicano para que las redadas del ICE no sean interrumpidas por la supervisión parlamentaria. Los demócratas solo necesitan recuperar tres escaños para retomar la Cámara de Representantes.
Si la tendencia se sostiene, las elecciones podrían quitarle al líder el muro y los contrafuertes institucionales que sostienen el abuso. Al final, el populismo que desconoce los contrapesos se enfrentará a su propio cansancio, a las urnas reales: un escenario donde la fuerza corporativa de las finanzas y el frío cálculo de los datos descubrirán que no se puede gobernar eternamente sobre el quiebre de la dignidad humana, ni con los apoyos circunstanciales de los alquimistas del algoritmo digital, esos mercaderes de los likes sin alma.
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Esta tragedia no se agota en la crueldad anglosajona; se alimenta también de la complicidad del silencio en casa. Los mismos jerarcas que apelan al dolor de la diáspora para legitimar sus causas hoy miran hacia otro lado. La defensa de los derechos humanos en el exilio se supeditó al pragmatismo de no confrontar al poder electoral de Estados Unidos, revelando una quiebra moral en la dirigencia.
Desde María Corina Machado hasta Manuel Rosales, pasando por Capriles, Márquez o Guanipa; desde el recién estrenado Gustavo Duque en Washington hasta la cómoda oposición parlamentaria —o quienes se hacen llamar oposición—, sin olvidar a los legisladores de 2015 en la mesa de diálogo impuesta en su momento por la administración Trump: el repertorio es una mudez calculada.
Ninguno ha articulado una protesta firme o una interpelación digna ante este «helicoide norteño» que asfixia a sus ciudadanos en suelo del supuesto representante de la libertad, tal como en el siglo XIX lo advirtiera Tocqueville.
En medio de esa cómoda cohabitación de los liderazgos tradicionales —ocupados en sus repartos y cálculos electorales—, solo una voz aislada, como la de Eduardo Fernández, se atrevió a romper el coro de la indiferencia con la sensatez que el momento reclama. Luego se sumaron algunos oportunistas digitales, en un intento por hacerse virales.
El resultado es la intemperie total: un venezolano acorralado entre el recuerdo de una patria secuestrada, un refugio convertido en celda por el ICE y una clase política —oficialista y opositora por igual— que solo sirve para voltear la mirada cuando el compatriota deja de ser útil para sus escritorios de negociación.
Actúan como aquellos que, cobardemente, voltean la cara para no ver el abuso cometido contra una de sus hijas por «el rico del pueblo».
La finitud de las cosas nunca falla y el tiempo, como Caronte, no distingue jerarquías: solo requiere una moneda para cruzar en la barca. La partida de un venezolano de a pie será llorada con el afecto eterno de su familia. La partida de los poderosos será llorada por las corporaciones, las inmobiliarias o las petroleras. Para el barquero, da igual.
Mientras tanto, el tiempo acá parece correr a favor de la permanencia de quienes habitan el palacio de «Misia Jacinta», guarecidos bajo la experiencia que las infinitas e infructuosas negociaciones le han dejado al chavismo.
Por eso, ante la barca del destino, la pregunta ya no es quién llora a quién.
La pregunta es quién terminará pagando la moneda.
Jipson Briceño Domínguez es licenciado en Ciencias Políticas y Administrativas (UCV). Magister Scientiarum en Historia de la Arquitectura y del Urbanismo
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