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Las dos grandes estafas históricas de Venezuela, por Alejandro Oropeza G.



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Las dos grandes estafas históricas de Venezuela
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Alejandro Oropeza G. | @oropezag | agosto 29, 2026

X: @oropezag


«En Venezuela, la Federación es menos producto de la ensoñación

de algunos doctrinarios que de la realidad misma de un país…»

Manuel Caballero: Historia de los Venezolanos, (2010).

Hay momentos en los que una nación debe atreverse a mirar su historia sin los velos de la liturgia oficial. Venezuela exige hacerlo. No para renegar de su pasado, sino para comprender por qué tantos fracasos han sido presentados como victorias y tantas promesas incumplidas como epopeyas.

Manuel Caballero dedicó parte de su obra a desmontar esas construcciones históricas que, convertidas en mitología política, terminan sustituyendo a la realidad. En Ni Dios ni Federación cuestionó uno de los grandes dogmas de la narrativa republicana: la idea de que Venezuela ha sido una nación federal.

Su provocación era profunda, puesto que iba más allá de una discusión sobre principios constitucionales. Ello porque durante parte de nuestra historia, la Federación, ese eco lejano que organiza honores oficiales a una nada, fue menos una realidad institucional que un lema, un mito y una promesa repetida.

La cruenta Guerra Federal (1859-1863) dejó en el imaginario nacional consignas, héroes y símbolos que, a conveniencia demagógica, son traídos como narrativa guerrera e históricamente desfasada. Pero lo cierto es que no emergió una república federal.

Después de tanta sangre, el país continuó siendo centralista hasta hoy. El poder político, fiscal y administrativo permaneció concentrado en el centro; los estados fueron reducidos a dependencias de un poder nacional hipertrofiado y el federalismo quedó consagrado en las constituciones mientras era negado en la práctica.

Tal vez por eso la crítica de Caballero conserva su vigencia. La Federación terminó siendo una especie de coartada histórica: se proclamaba autonomía mientras se consolidaba dependencia; se invocaba el poder de las regiones mientras se fortalecía el control del centro; se celebraba el municipio mientras las decisiones fundamentales se tomaban lejos de él.

Venezuela llegó a ser federal en sus discursos, en los lemas y en una que otra referencia inscrita en sus símbolos: «Dios y Federación».

El gran historiador comprendió también que la falsificación histórica no es una inocente distorsión del pasado. Puede convertirse, y en efecto se convierte en la práctica, en un arma de poder. Y acaso esa sea la clave para entender la segunda gran estafa histórica de nuestra vida republicana: la Revolución Bolivariana.

Porque también aquí estamos ante una promesa monumental y una realidad devastadora, sustentada en una épica inexistente, por una parte; pero, por otra, en una ideología (el socialismo del siglo XXI) jamás expuesta y estructurada formalmente, más allá de los aguerridos discursos del procerato revolucionario.

Se ofreció una revolución para consolidar y reafirmar en lo político y en lo social la soberanía, pero se terminó entregando el país a una inédita subordinación geopolítica y a la influencia creciente de potencias y gobiernos extranjeros. Se prometió independencia, pero se multiplicaron las dependencias.

Se anunció la construcción de un Estado poderoso y moderno, y se produjo el desmantelamiento progresivo de sus capacidades esenciales.

Queda claro que un Estado no es fuerte porque su gobierno grite e insulte más, multiplique ad infinitum uniformes y generales o concentre más poder.

Un Estado es fuerte cuando garantiza seguridad, administra justicia, diseña y avanza en una idea sostenible de desarrollo, presta servicios, protege derechos, preserva la integridad territorial y hace funcionar sus instituciones.

En Venezuela ocurrió exactamente lo contrario: la concentración extrema del poder coexistió con la destrucción de la capacidad estatal. ¿Al final? Mucho gobierno, pero poco Estado.

El resultado es un país donde la corrupción dejó de ser una desviación (siempre presente), para convertirse en mecanismo de supervivencia del sistema a cambio de lealtades; donde la ineficiencia se disfraza de resistencia; donde la mentira oficial sustituye la rendición de cuentas; donde la propaganda pretende reemplazar la realidad y donde el autoritarismo intenta imponer por la fuerza una legitimidad que el ejercicio ha destruido.

La revolución, que se presentó como heredera de los grandes hitos de la historia venezolana, incluyendo entre sus principales causantes el mito de la Federación, terminó utilizando la historia (a través de su reelaboración política) como instrumento de soporte de un nuevo esquema de dominio.

El Libertador fue transformado en patrimonio de uso de un partido; la estrategia fue algo así como, parafraseando a Monagas: Bolívar sirve para todo. La soberanía fue reducida a consigna de pomposos discursos desde balcones, tarimas y ventanas vacías de contenido real.

La independencia se convirtió en retórica. Y la República fue sustituida por moneda de cambio de un sistema de lealtades personales, militares, económicas y extranjeras.

La primera gran estafa fue hacernos creer que teníamos una Federación. La segunda ha sido pretender convencernos de que vivimos una revolución soberana. En ambos casos, la distancia entre el relato y la realidad es abismal. Pero la tragedia venezolana no puede resolverse cambiando de gobierno o esperando un nuevo discurso redentor (por muchos esperado).

La tarea será reconstruir la República desde la verdad. Habrá que devolverle poder real a las regiones y municipios; recuperar la autonomía de las instituciones; reconstruir una administración pública profesional; restablecer la soberanía y entenderla no como sustento retórico-oportunista sino como capacidad efectiva del Estado, no como grito propagandístico para justificar ineficiencias y corruptelas; y, sobre todo, desmontar la maquinaria de mentiras que ha convertido la política en una permanente falsificación.

*Lea también: Fermín Toro, el último intento civilista antes de la guerra, por Fredy Rincón Noriega

Quizás esa sea una de las lecciones más importantes que nos dejó mi querido profesor Manuel Caballero: una nación no puede reconstruir su futuro mientras siga prisionera de sus mitos.

Venezuela necesita menos estatuas y discursos, y más instituciones. Menos épica y más República. Menos propaganda y más verdad. Porque una democracia no puede fundarse sobre una mentira histórica ni sobrevivir indefinidamente sobre una estafa política.

Después de tantos años, quizás haya llegado la hora de admitirlo: ni la Federación fue lo que nos dijeron, ni la Revolución fue lo que prometieron.

 

Alejandro Oropeza G.: Residenciado en L’Aquila, Italia, es Director de la organización  italiana, Voce Civica Strategica – VCS. CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana – ODV. Madrid-España/Miami, Washington DC-USA/Lima, Perú; y,  Dtor. Académico del Center for Democracy and Citizenship Studies – CEDES. USA. Email: [email protected] 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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