La vida estudiantil, por Marcial Fonseca
Él, de apenas once años y ella de diez, se conocían desde el kínder, y fue ahí donde prácticamente había surgido y crecido su amistad. Siempre en el recreo participaban en los juegos que promovían los otros discentes. Como los padres eran compañeros de trabajo, las visitas del uno o al otro o al revés facilitaron las cosas para ambos muchachos.
El padre de la niña era caraquista, el del niño, magallanero; y en aras de la amistad y para evitarse desavenencias interfamiliares, de común acuerdo decidieron ambos ser fanáticos del Glorioso Equipo Los Cardenales de Lara, amén sea su nombre. Esto acrecentó la armonía entre las dos casas y el amor entre los dos niños; todo lo contrario hubiese sido si se hubieran quedado como mininos y tigrillos o cualquier otra novena chimba por ahí.
Siempre que los dos vástagos se reunían para hacer tareas escolares, al final de la actividad, la madre de la casa visitada cerraba la jornada con un sabrosa torta casera y jugo natural; y una buena ración de televisión.
El padre de ella, siempre con un tesón pedagógico, y cuando tenía oportunidad, conversaba con ellos sobre la escuela o llanamente de cómo había sido el día o la semana; o la práctica deportiva si la hubiese habido. La niña había empezado a jugar ping-pong, el muchacho, béisbol. Las respuestas eran siempre las mismas, estaban disfrutando todo, los amigos, el estudiar, los deportes.
Una vez el progenitor de la niña fue sorprendido cuando el chico le dijo que quería hablar con él.
–Sí, dígame pequeño campeón, ¿en qué puedo serle útil?, dispare.
–Este, este, bueno, este… mire, señor, este… bueno, su hija y yo estamos enamorados y deseamos casarnos.
No quedó tan sorprendido; después de todo ese sentimiento estaba en el ambiente; se veía a cada momento en cualquier programa de televisión y era normal que fuera imitado. Decidió seguirle la corriente.
–Bueno –dijo el papá–, en verdad que ese es algo muy bonito, muy emocionante; pero muy serio a la vez, de mucha responsabilidad y de rectitud ante la vida y la sociedad y de muchas cosas en qué pensar. Y tiene muchas facetas; por ejemplo, ¿cómo harán ustedes dos con los estudios?
–Ahí no habrá problemas, no creo que el matrimonio nos impida seguir estudiando; además, estar casados nos hará más responsables.
–Eso es verdad, y es muy bueno que piensen así. Y respecto a la vivienda, ¿cómo resolverán?
–Bueno –se apuró a contestar el noviecito–, el dormitorio de ella es más grande que el mío, así que viviremos aquí.
El padre se quedó callado, rumiando «Será diputado y bien joven, claro que lo será».
–¿Y qué de las cosas materiales necesarias en cualquier unión? –preguntó.
–No creo que nos afecte, con las dos mesadas que recibimos será suficiente.
–Muy buena esa, muchacho –y el progenitor pensó para sí, «Sí, el coñito será político, pa todo tiene una solución.»– Pero, yéndonos a cosas cruciales, ¿qué piensan sobre los hijos?
–Eso nos preocupa, y sabemos que es algo muy serio; pero creo que hasta ahora hemos sabido evitarlos muy bien.
El padre se arrechó.
*Lea también: Cuido al vestir, por Marcial Fonseca
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo





