La varita mágica, por Aglaya Kinzbruner
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Hay una enfermedad en Venezuela y es algo que no se puede negar, que sigue a pasos agigantados por todo el espectro nacional. ¿Cuál es?, me preguntarán. Se llama «saturación semántica». ¿Y cuáles son los síntomas? Muy sencillo. Estos son causa y origen de malentendidos, sencillamente porque lo que se pregona mediante micrófono, cantilena que siempre se repite, sobre todo de parte del sector oficialista, a uno le entra por un oído y le sale por el otro. El problema es en parte neurológico y en parte otra cosa.
De la otra cosa vamos a dar un ejemplo, porque los problemas, las carencias hay que explicarlas, no sea que lleguemos a ser pacientes imprevistos de esta terrible enfermedad. Esta especie de sordera involuntaria totalmente semántica se debe a la repetición ad nauseam de una palabra que por repetirla mucho ha sido vaciada de contenido. La palabra misteriosa es “aumento”.
¿Y dónde está el tan cacareado aumento? Lo buscamos por todas partes aprovechando este fin de semana que ya pasó y el único aumento que encontramos fue, aumento de los precios, aumento del tráfico, aumento de la desesperación, aumento del estrés, aumentos todos que tenían tiempo súper instalados y ahora están peor.
Y estos aumentos se alternan con los productos desaparecidos como algunas medicinas que no se sabe si desaparecieron después de ser aumentadas o aumentaron porque iban a desaparecer. Dentro de estas faltas o desapariciones están las elecciones que hasta que aparezcan están en un limbo absoluto.
En este limbo están también los requisitos que necesita un candidato para ser elegido como presidente. Los requisitos no son muchos. En primer lugar, el supuesto candidato tiene que estar aquí si no ¿cómo se postula? En segundo lugar, no puede ser cura aunque no vemos porqué. ¿Qué tan malo puede ser un cura? Y así nos libramos de la institución de la Primera Dama con todas las variantes ofídicas que han existido en muchos casos. En tercer lugar tiene que ser venezolano de origen y no tener una segunda nacionalidad. Tampoco vemos porqué. Tuve una amiga que tenía tres pasaportes y hubiera sido una gran presidenta. En cuarto lugar, no debiera tener un prontuario criminal pero ese también se borra con la ayuda de jueces complacientes como los tuvimos, que fabrican cualquier cosa con todo y delivery a domicilio. Hay unos jueces muy buenos pero les dieron casa por cárcel porque eran la excepción y daban el mal ejemplo.
En quinto lugar, otro requisito que nos faltó enumerar es que el supuesto candidato debiera tener por lo menos treinta años. Así lógicamente se asegura que dure un poco más aunque últimamente tienden a durar demasiado. En sexto lugar el posible candidato debiera poseer una retórica un poco más sincera y menos efectista que ahora.
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Palabras como el Poder Popular para tal o cual cosa o el Pueblo Soberano debieran ser resemantizadas. Realmente nunca ha sido el pueblo más manipulado que hoy en día. Para más requisitos se le puede pedir ayuda a la Inteligencia Artificial, pero no sabemos si esto es posible ya que la IA no entiende la hipérbole cuando ésta se presenta como ironía.
El último requisito absolutamente necesario es ¡una varita mágica! única forma de realmente poner las cosas en orden o, por lo muy menos como estaban “enantes”, hermosa palabra que encontramos en la RAE y que a veces evoca un pasado reciente y otras uno quizás un poco más distante.
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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