La tregua rota: El fútbol y las sombras de la geopolítica, por Samuel J. Pérez Hermida
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En la antigua Grecia, los Juegos Olímpicos traían consigo la ekecheiria, una tregua sagrada que obligaba a suspender cualquier conflicto bélico.
Durante ese periodo, los ejércitos deponían las armas y los ciudadanos de distintas polis cruzaban fronteras sin temor, unidos por el lenguaje común del atletismo y el culto a la excelencia humana. El deporte no borraba las diferencias, pero creaba un paréntesis de paz.
Durante casi un siglo, la Copa Mundial de la FIFA aspiró a encarnar ese mismo espíritu. Cada cuatro años éramos invitados a una fiesta global capaz de paralizar al planeta durante un mes.
El Mundial de Fútbol demostró una y otra vez su poder para tender puentes allí donde la diplomacia fracasaba.
Los abrazos colectivos sobre la grama de las canchas de fútbol, incluso entre naciones históricamente enfrentadas, demostraban que, dentro de los límites fijados por las rayas de cal, el fútbol opera bajo una premisa innegociable: Todos tenemos que jugar bajo las mismas reglas. Sin embargo, en el momento presente ese espíritu de concordia y unión universal se encuentra bajo un asedio sin precedentes.
El sueño original ha sido socavado por la alianza explícita entre los negocios multimillonarios, los vacíos éticos de la FIFA y la instrumentalización de la política por parte de las grandes potencias. El fútbol ha dejado de ser un refugio al margen de la geopolítica para convertirse, de hecho, en uno de sus escenarios.
La edición actual del torneo, iniciada el pasado 11 de junio, ha dejado en evidencia cómo las agendas políticas y los prejuicios raciales pueden fracturar el principio de la fraternidad deportiva.
La tradición del Mundial inclusivo y abierto al mundo se ha topado de frente con las feroces políticas migratorias y de seguridad nacional de la administración de Donald Trump en los Estados Unidos, el principal anfitrión de la cita de este 2026.
Lo que debió ser una celebración de la integración global se ha visto empañada por un sistema de exclusión selectiva que ha afectado directamente a atletas, oficiales y aficionados principalmente provenientes del sur global.
El caso más visible ha sido el de la eliminación del visado y posterior expulsion de los Estados Unidos del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, considerado el mejor colegiado de África.
A pesar de contar con toda la documentación necesaria, las autoridades estadounidenses le negaron la entrada a Miami, alegando «razones de seguridad», un eufemismo pensado para encubrir la persecución sistemática hacia ciertas naciones.
La delegación de Irán, por ejemplo, se vio forzada a alterar por completo su planificación logística, teniendo que concentrarse en territorio mexicano, a pesar que su grupo juega en los Estados Unidos, debido a las trabas y demoras deliberadas en las visas de su cuerpo técnico, bajo la narrativa oficial de Washington de prevenir supuestas infiltraciones.
Delegaciones de países como Uzbekistán y Sudáfrica han denunciado públicamente controles de seguridad desproporcionados, revisiones exhaustivas basadas en el perfilamiento racial y retrasos burocráticos que rompen la paridad con la que los equipos deberían competir en una justa internacional.
Cuando un gobierno anfitrión de un evento deportivo se abroga el derecho de decidir cuales árbitros pueden pitar, o bajo cuáles condiciones migratorias deben viajar ciertos equipos, la neutralidad del deporte muere y la FIFA abdica de su soberanía sobre el juego.
Esta peligrosa deriva nos obliga a reflexionar sobre el rumbo del entretenimiento de masas. El peligro de la persecución ideológica y política en el deporte radica en la intención de normalizar la discriminación en un espacio que se pretendía libre de las miserias del poder.
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El Mundial de Fútbol pertenece a los pueblos, a los niños que patean un balón de trapo o de cartón en una barriada, y a los aficionados que ahorran durante años para cantar el himno de su país en un estadio extranjero.
Si permitimos que el color de un pasaporte, la ideología de un gobernante de turno o los pactos corporativos dicten quién tiene derecho a participar en la fiesta, habremos destruido uno de los grandes mitos de unidad que le quedan a nuestra fragmentada humanidad, quizá el más importante.
El balón aún no se mancha, pero los tentáculos del poder representan la amenaza de asfixiar la magia del fútbol.
Samuel José Pérez Hermida es sociólogo. Profesor UCV. Jefe (E) del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología. [email protected]
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