La transparencia, por Aglaya Kinzbruner
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Hay un antiguo refrán español que conocíamos pero que reencontramos como un viejo amigo en un libro de Saramago, a quien siempre se puede releer con gusto, El evangelio según Jesucristo. El adagio reza así: «A las mujeres hablarles poco y oírlas menos».
Nosotros sugerimos añadir lo siguiente, aunque suene desalmado: «y si son viejas, verlas tampoco». No es que estemos en absoluto de acuerdo con lo anterior, pero es lo que ha venido sucediendo una vez que los mayores de edad se vuelven en realidad mayores. Además, también se vuelven transparentes. Pueden entonces ser los más grandes sabios y emitir las verdades más profundas.
Pero, ¿qué sucede? Nadie les hará caso porque no los ven. Ese es el mayor problema de volverse transparentes. El mismo sujeto a quien le sucede esto no se da cuenta de ese misterioso cambio de materia. Y entonces vienen los grandes problemas a la hora de afeitarse. Empezará entonces a ir donde el barbero o se dejará crecer la barba.
Dígame cuando este problema empieza a afectar a políticos o gente de gran influencia social o académica. Solamente la reina Elizabeth II de Inglaterra pudo sustraerse a este maleficio. Hay quien dice que esto se debía a su filosofía estoica de never complain, never explain (traducido al español, «¡no me jodas!») . Quien supo aprovechar al máximo esta actitud fue su esposo, el príncipe Felipe, quien, en vida, le puso los cuernos con toda la frecuencia que su frío temperamento le permitió.
Pero la cosa se pone peluda cuando un presidente de un país, digamos alguien como el expresidente Joe Biden, emitía alguna opinión. Todos preguntaban qué había dicho, nadie sabía en realidad qué; estaban entretenidos mirando el celular o a Kamala, quien siempre se está riendo. En EEUU llaman a su risa cackle, algo así como el cacareo de las gallinas. Ella se queja de esta burla y dice que es sexista. Piensa ella que riéndose así no va a llegar a la transparencia.
Así pensaba también un amigo que sobre todo emitía opiniones que nadie escuchaba. Como su familia no se había dado cuenta de que no había perdido la facultad de opinar y además era muy rico, lo recluyeron en una residencia de ancianos. Trató de protestar diciendo que ni muerto se quedaría en ese sitio, rodeado de hermosas montañas y muy requerido por su relativamente bajo costo.
Sin embargo, no logró irse porque una señora paciente del mismo lugar se enamoró locamente de él y lo embistió con toda su fuerza. Resulta que la señora había olvidado cómo se embiste a un hombre cuando se le tienen ganas, ya que tenía Alzheimer. O quizás era por culpa del Alzheimer que pensó que estaba enamorada.
Digamos que «miti miti», amor y Alzheimer, no se sabe cuál es peor. Pasa que unos familiares con culpa le habían regalado a la señora, para que pudiese trasladarse cómodamente, una silla de ruedas eléctrica y se la lanzó encima a nuestro amigo con todo el entusiasmo de su corazón herido por el flechazo de Cupido. Él murió muertecito, así parado como estaba, viendo las montañas, como mueren de pie los árboles de Alejandro Casona.
Y ahora viene una buena noticia, dulcis in fundo, relacionada con el otro significado de la palabra transparencia, o sea, la honestidad. Resulta que están llegando al país los tres reyes magos cargados de regalos. ¿Qué traen? Le preguntamos a nuestras fuentes que todo lo saben y dizque traen cemento, grava y arena.
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¿Para qué? Preguntamos. ¿Y no es que las grúas ya están ahí? Contestan. Desde cualquier sitio alto de Caracas, urbi et orbi, se pueden ver las grúas abandonadas. ¿Y no es un poco tarde? Preguntamos. «Nunca es tarde cuando la dicha es buena», nos dicen.
Imagen de portada creada con IA
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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