La transición no comienza con la épica, por Luis Ernesto Aparicio M.
En artículos anteriores he abordado de manera suficiente el tema de una posible transición en Venezuela: sus fases, sus tiempos y, por supuesto, la recurrente pregunta sobre si el país se encuentra o no a las puertas de una.
Sin embargo, he dejado deliberadamente algunos elementos fuera del análisis, esperando que el paso de los días permitiera separar la expectativa de la certeza, especialmente frente a la anunciada inmediatez que tanto se ha celebrado entre los venezolanos en el exterior.
En ese contexto, si llegara a abrirse una posibilidad real de iniciar un proceso de transición en Venezuela, sería imprescindible atender una serie de detalles que con frecuencia se subestiman. Detalles que van desde la conformación de un eventual gobierno transitorio hasta el propio inicio del proceso, con sus acuerdos y desacuerdos —siendo los primeros los más determinantes—.
Una transición no comienza con gestos simbólicos ni con proclamaciones, sino con la apertura de una negociación, donde la administración del conflicto y la construcción de entendimientos mínimos resultan centrales.
Por todo esto, considero pertinente detenerme ahora en los actores que, por definición, deben estar involucrados en cualquier proceso de transición política, no solo en Venezuela, sino en cualquier país. Y no se trata de minimizar el papel de la llamada «sociedad civil», que sin duda es relevante, sino de subrayar que estos procesos suelen ser conducidos por quienes conocen y administran la política y su diplomacia: los integrantes de un gobierno que está por salir y su contraparte opositora.
De estos actores se espera, idealmente, pericia en el arte de la política. Incluso bajo la sombra de la desconfianza que pueda recaer sobre ambas partes, las etapas más delicadas de una transición exigen interlocutores capaces de sostenerse en una mesa de negociación, e incluso de asumir la complejidad de un eventual ejecutivo mixto que funcione como una administración puente.
Ya conocemos el comportamiento de quienes han ejercido el poder durante más de dos décadas. También creemos conocer —aunque con matices— a quienes han ocupado el espacio opositor: algunos ya fuera de escena, otros en retirada, y una nueva oferta que intenta abrirse paso. Sobre estos últimos conviene hacer algunas precisiones.
Primero es importante puntualizar que la oposición venezolana luce un poco desaparecida y está desordenada. Su reactivación es indispensable para empujar cualquier transición, pero no en los términos actuales, puesto que una oposición hipermediática, confrontacional y construida desde la amenaza simbólica no solo resulta inviable en la fase previa a una transición, sino que termina ofreciendo al poder una excusa para cerrarse, reagruparse y justificarse, como ya ha ocurrido en el pasado.
Confundir protagonismo con eficacia política ha sido uno de los errores más persistentes. No toda visibilidad suma, ni toda frontalidad produce avances. Por el contrario, estos perfiles suelen convertirse en puntos de cierre para otros actores clave en las primeras etapas de un proceso transicional. No todo liderazgo es necesario en todas las fases, y de allí la importancia de identificar cuándo y para qué se requiere cada uno.
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Un perfil frontal y abiertamente repudiado por el chavismo difícilmente puede encabezar una transición. La razón es simple: la transición exige administración del conflicto, no su exacerbación. Un liderazgo percibido como amenaza existencial no abre grietas por donde entrar, no reduce costos de salida ni facilita lo que resulta indispensable en este tipo de procesos: la negociación.
Para cerrar, aun sin pretender erigirme en experto ni en referente político, me atrevo a sugerir que la oposición, ante la más mínima señal de una posible transición, debería resistir a la tentación de la épica y las promesas maximalistas.
Y para quienes no estén llamados a liderar fases específicas del proceso, el desafío pasa por algo menos vistoso pero más decisivo: reconstruir la confianza ciudadana, organizarse, articular territorio y prepararse para el momento electoral, que es, al final, donde se define el poder.
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Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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