La trampa del espejo: La democracia y el idioma del odio, por Samuel J. Pérez Hermida
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El pasado sábado 18 de abril del presente año, la oposición venezolana en el exilio organizó un importante acto público en la Plaza del Sol de Madrid, acto en el cual María Corina Machado dirigió unas palabras desde el balcón del Ayuntamiento de esa ciudad a las personas concentradas en dicha plaza.
En el marco de tal evento, el cantante venezolano Carlos Baute, invitado a ofrecer una actuación antes que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, le entregara la Medalla de Oro de la Comunidad a Machado, se sumó a una serie de consignas surgidas de la multitud, animando de hecho a los asistentes a continuar reproduciendo gritos racistas contra la presidenta encargada de Venezuela.
Lo ocurrido en Madrid refleja un problema profundo. La oposición venezolana no puede aspirar a un verdadero cambio democrático si reproduce las mismas prácticas de odio que le ha criticado al chavismo durante 27 años. Los insultos racistas contra Delcy Rodríguez no son simples expresiones de rechazo político; ellos pueden entenderse como la indeseable normalización de un lenguaje que deshumaniza, divide y perpetúa la lógica del enemigo interno que ha marcado la política venezolana durante casi tres décadas.
El chavismo ha utilizado sistemáticamente la estigmatización, la descalificación y la violencia simbólica para consolidar su hegemonía. De hecho, a pesar de la situación configurada luego de las acciones militares estadounidenses en Venezuela, importantes actores del oficialismo siguen actuando de ese modo con total impunidad, incluso a través de medios de comunicación del Estado.
Sin embargo, tales hechos no pueden servir de justificación cuando sectores opositores recurren a prácticas similares y a consignas racistas y clasistas, ya que al operar de tal forma están replicando la misma matriz de exclusión generada por el chavismo, aunque desde el otro lado del espectro político. En vez de construir una alternativa ética y democrática, caen en el espejo de lo que supuestamente combaten.
La democracia no debe ser reducida solo a la realización de elecciones. La verdadera democracia implica respeto, pluralismo y reconocimiento de la dignidad de todos, incluso de quienes piensan distinto. Reproducir el odio significa renunciar a esos valores y perpetuar el círculo vicioso de la confrontación que ha desgarrado a Venezuela durante demasiado tiempo y con muy graves consecuencias.
El verdadero cambio pasa por romper con esa lógica. No basta con sustituir un régimen autoritario, hay que transformar las prácticas políticas y culturales que lo sostienen. Eso exige que la oposición democrática se diferencie no solo en su discurso programático, sino también en su comportamiento cívico.
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Los sectores democráticos deben construir espacios de debate sin discriminación, promover la crítica sin deshumanización y demostrar que la política puede ser realmente un ejercicio de convivencia y tolerancia. En síntesis, la salida del autoritarismo no será posible si la alternativa repite sus vicios. El cambio real en Venezuela exige superar el odio como herramienta política y recuperar la ética democrática como fundamento de la vida pública.
Samuel J. Pérez Hermida es sociólogo. Profesor UCV. Jefe (E) del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología.
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