La trampa de la inercia inflacionaria en Venezuela, por Carlos Torrealba R.
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El peligro de la inflación inercial y persistentemente alta radica en su impacto psicológico: la sociedad la naturaliza y adapta su comportamiento a ella. De este modo, dinámicas económicas que serían intolerables en cualquier otro país del mundo se transforman en la norma cotidiana. Al final, hace falta vivir en una anomalía permanente para entender cómo un absurdo económico se convierte en normalidad diaria.
En la literatura económica, este comportamiento se traduce en dos conceptos clave: la memoria inflacionaria y el desanclaje de expectativas (pérdida de fe). Se trata de un proceso en el cual la inflación pasada dicta la futura, impulsada por la indexación inercial de los precios y la pérdida de confianza en el valor del dinero.
Ambos fenómenos, aunque operan en sintonía para perpetuar el ciclo, brotan de fuentes distintas. La memoria inflacionaria es, en esencia, un mecanismo de defensa ciudadana que se alimenta del pasado.
Nace de la indexación –formal o informal– de los contratos, donde alquileres, salarios y tarifas se fijan mirando de reojo el Índice de Precios del mes anterior, y de un aprendizaje adaptativo en el que la sociedad, tras años de crisis, automatiza el aumento de precios por mero hábito de supervivencia.
Por su parte, el desanclaje de expectativas se alimenta de la desconfianza en el futuro y tiene una raíz estrictamente institucional. Emerge cuando el Banco Central destruye su credibilidad ante el mercado al incumplir sistemáticamente sus metas, y se profundiza ante la dominancia fiscal; es decir, ese financiamiento monetario del déficit que advierte a los agentes económicos que mañana habrá más dinero emitiéndose sin respaldo.
Al perderse el mapa institucional, las expectativas flotan a la deriva y la sociedad adopta un ancla informal, mudando su referencia de valor hacia la cotización de la divisa.
El caso venezolano: anatomía de una anomalía
En Venezuela, este marco teórico se manifiesta de forma extrema y estructural. A pesar de los intentos de estabilización mediante la intervención cambiaria con reservas internacionales y una dolarización de facto que frenó los picos hiperinflacionarios históricos, la inercia sigue dictando la pauta macroeconómica.
De acuerdo con datos publicados por el Banco Central de Venezuela (BCV), la inflación mensual cerró en 10,6% en abril de 2026, acumulando un 89,9% en el primer cuatrimestre del año.
Esta dinámica mantiene al país con una de las tasas de inflación más altas del planeta, registrando una variación interanual del 611,9%. Detrás de estas cifras frías se esconden tres mecanismos que automatizan el «absurdo»:
Rezago cambiario y pérdida de poder de compra en divisas: El dólar desplomó al bolívar como unidad de cuenta principal. Sin embargo, debido al fenómeno del rezago cambiario, se ha generado un proceso sostenido de pérdida de poder adquisitivo de la divisa estadounidense en el mercado interno. Los precios en dólares suben constantemente para compensar los costos internos y la sobrevaluación de la moneda local, rompiendo la lógica elemental de la estabilidad cambiaria tradicional.
Destrucción de las funciones del dinero: El signo monetario nacional ha visto mermadas sus funciones esenciales de reserva de valor y unidad de cuenta. Esto genera una velocidad de circulación del dinero extrema; los agentes económicos se deshacen de los bolívares de forma inmediata, presionando la demanda de bienes y divisas y realimentando el impuesto inflacionario de manera constante.
Desanclaje total y especulación defensiva: Al no existir un programa económico de estabilización creíble que sirva de «ancla», las expectativas del mercado no se guían por las metas oficiales del BCV.
Los comerciantes y prestadores de servicios fijan sus tarifas de forma preventiva según el peor escenario del tipo de cambio paralelo, utilizando la «memoria inflacionaria» como un escudo indispensable para resguardar el costo de reposición de sus inventarios.
Lecciones globales: romper el retrovisor económico
La inercia y la memoria inflacionaria no son anomalías exclusivas del laboratorio venezolano; han sido el enemigo central de los planes de estabilización más célebres de la historia económica contemporánea.
La experiencia de América Latina y el Medio Oriente durante los años 80 y 90 demuestra que cuando la inflación se vuelve un hábito cultural, las herramientas monetarias tradicionales se quedan cortas si no logran quebrar la psicología del mercado.
El éxito del Plan Real en Brasil (1994), por ejemplo, radicó precisamente en que las autoridades entendieron que antes de cambiar la moneda física, debían inventar una unidad de cuenta virtual (la Unidad Real de Valor –URV–) para reentrenar las expectativas de la población y romper la indexación hacia el pasado.
En el Medio Oriente, el célebre Plan de Estabilización de Israel (1985) aportó otra lección fundamental: para quebrar la inercia no basta con emitir decretos; se requiere de legitimidad institucional. Israel desarmó una inflación del 500% mediante un histórico «pacto social» tripartito entre el Gobierno, la federación de sindicatos (Histadrut) y las cámaras empresariales.
Este acuerdo congeló simultáneamente el tipo de cambio, los salarios y los precios, logrando suspender por consenso las cláusulas de indexación automática que alimentaban la memoria inflacionaria.
Al combinar este desarme psicológico con una estricta disciplina fiscal y la autonomía real de su Banco Central, la inflación se desplomó al 20% en pocos meses sin destruir el aparato productivo.
Por el contrario, planes como el Austral en Argentina (1985) demostraron que los decretos y los congelamientos nominales fracasan en el mediano plazo si los agentes económicos detectan que las bases fiscales no son sostenibles, reactivando de inmediato la especulación defensiva para proteger sus inventarios.
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Agenda para el anclaje: medidas clave contra la inercia
El contraste de estos espejos internacionales deja una premisa clara: la estabilidad cambiaria superficial no basta para sanar una economía indexada.
Para apagar la memoria del colapso en Venezuela y quebrar el desanclaje de expectativas (pérdida de fe), es urgente transitar hacia un enfoque de política económica de fondo estructurado en cuatro pilares fundamentales:
Diseño de un Programa de Estabilización Integral: Se debe sustituir la intervención cambiaria espasmódica por un plan macroeconómico público, coherente y predecible. Esto exige disciplina fiscal estricta para erradicar definitivamente el financiamiento monetario del déficit, ya que sin bases fiscales sólidas, ninguna promesa de estabilidad es creíble para el mercado.
Desindexación coordinada de la economía: Tomando como referencia la experiencia brasileña, es necesario diseñar un mecanismo técnico de transición que limpie la memoria inflacionaria de los contratos, tarifas y salarios. Esto permite que los agentes económicos dejen de mirar la inflación del mes anterior como referencia obligada y comiencen a proyectar sus costos hacia el futuro.
Restauración de la autonomía institucional del BCV: Las expectativas solo se anclan cuando el ente emisor recupera su reputación y credibilidad. Esto pasa por prohibir por ley el financiamiento a empresas públicas, transparentar y puntualizar la publicación de las estadísticas macroeconómicas y devolverle al BCV su rol de árbitro monetario estricto.
Un pacto social por las expectativas: Siguiendo la gran lección de Israel, la especulación defensiva no se frena con controles coercitivos –que siempre exacerban la escasez–, sino con un acuerdo nacional entre el sector público, las cámaras empresariales y los sectores laborales.
Una tregua de coordinación donde la fijación de precios, tarifas y salarios se alinee voluntariamente bajo una premisa de inflación decreciente.
Conclusión
Vivir en Venezuela implica convivir con una distorsión donde la devaluación ya no es un evento macroeconómico aislado, sino un hábito de supervivencia.
El desanclaje es tanto psicológico como institucional: cuando una inflación interanual superior al 600% se asume con resignación operativa, la anomalía ha triunfado, convirtiéndose oficialmente en la normalidad de cada día. Desarmar este absurdo requerirá de técnica, pero sobre todo, de la voluntad política para reconstruir la confianza perdida.
Carlos Torrealba Rangel es economista y asesor inmobiliario
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