La tentación del salvador, por Luis Ernesto Aparicio M.
Soy de quienes sostienen que los sistemas de gobierno no dependen únicamente de una individualidad, aunque el caudillismo –tanto el de siglos pasados como el contemporáneo– haya intentado convencernos de lo contrario.
Es evidente que, alrededor del ejercicio del poder, muchas veces termina construyéndose la idea de que todo depende de una sola persona: el líder, el conductor, el salvador o la figura providencial. América Latina conoce muy bien esa tradición política. Sin embargo, la democracia, en esencia, funciona de manera distinta.
La democracia no es una figura individual, por importante o carismática que esta pueda resultar. No comienza ni termina en una persona. Es un sistema sustentado en instituciones, participación ciudadana, equilibrio de poderes y capacidad colectiva para sostener reglas comunes.
Por eso resulta llamativo observar cómo, frente a las crisis políticas contemporáneas, muchos análisis elaborados por expertos e intelectuales terminan reduciendo la posibilidad de recuperación democrática a la aparición de una figura determinada. Como si la democracia pudiera regresar únicamente de la mano de alguien específico.
Desde mi punto de vista, allí existe un riesgo profundo. Trance del cual son varios países latinoamericanos que lo conocen muy bien, como lo evidencia el caso Venezuela. Porque cuando una sociedad comienza a creer que la democracia depende exclusivamente de una persona, empieza también a sembrar las condiciones para debilitarla.
La razón es sencilla: se sustituye la fortaleza institucional por la dependencia emocional hacia un liderazgo. Y como ya hemos comentado, la historia política está llena de ejemplos donde quienes fueron vistos inicialmente como salvadores terminaron convirtiéndose en factores de concentración de poder.
El problema no es que existan liderazgos fuertes. Toda sociedad necesita referentes políticos capaces de conducir procesos complejos. El verdadero problema aparece cuando el liderazgo deja de ser un instrumento de la democracia y pasa a convertirse en la democracia misma.
Allí comienza el deterioro. Porque el ciudadano deja de defender instituciones y empieza a defender personas. El debate político deja de centrarse en proyectos de país y pasa a girar alrededor de lealtades individuales. La crítica se interpreta como traición y el disenso comienza a verse como un obstáculo.
Es justamente en ese terreno donde el autoritarismo encuentra condiciones favorables para crecer. Muchos de los liderazgos que inicialmente prometieron rescatar democracias terminaron erosionándolas desde dentro, apoyados precisamente en la idea de que solo ellos podían garantizar el orden, la estabilidad o la salvación nacional.
Y quizás allí radica una de las grandes lecciones que todavía sociedades como la venezolana necesitan comprender: ningún líder, por popular o necesario que parezca en determinado momento, puede sustituir el papel de las instituciones democráticas.
Las democracias sólidas no se construyen alrededor de figuras irreemplazables. Se construyen alrededor de ciudadanos capaces de defender reglas, límites y equilibrios incluso cuando quienes gobiernan son personas con las que simpatizan. Se construye desde planes bien definidos y equipos de trabajo confiables y capaces.
Porque al final, la verdadera fortaleza de una democracia no está en encontrar un Salvador. Está en lograr que nadie tenga suficiente poder como para convertirse en uno indispensable.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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