La solidaridad que nos sostiene, por Stalin González
Foto: El País
Hay dolores para los que el lenguaje no alcanza. Hay tragedias que desbordan cualquier intento de explicación y nos dejan frente al silencio, la impotencia y el abatimiento.
Los terremotos que estremecieron a Venezuela hace dos semanas dejaron hogares sumidos en el luto, familias marcadas por la ausencia y comunidades enteras intentando comprender una realidad que cambió en apenas un minuto. Bastó ese instante para que la naturaleza nos recordara cuán frágil puede ser la vida.
Los terremotos forman parte de una realidad que ha acompañado a la humanidad desde siempre. Nadie puede impedir el movimiento de las placas tectónicas. Lo que sí está en nuestras manos es prepararnos para reducir sus consecuencias.
Allí comienza el deber del Estado: en la planificación, la prevención, la supervisión de las construcciones y la capacidad de responder con eficacia cuando ocurre una emergencia. Cuando esa preparación no es suficiente, el sufrimiento se multiplica. Cada vida que pudo haberse protegido con mejores condiciones de prevención o una respuesta más efectiva nos obliga a reflexionar.
Cada tragedia deja lecciones que no pueden quedar sepultadas bajo los escombros. Honrar la memoria de quienes ya no están también significa convertir el dolor en decisiones que hagan más seguro el futuro de quienes vendrán.
Pero incluso cuando las instituciones no alcanzan, suele aparecer la mejor versión de un país.
En medio de esta tragedia, siento un profundo orgullo al ver la respuesta de los venezolanos. Los primeros en actuar fueron los ciudadanos de a pie: hombres y mujeres que dejaron de lado sus propias preocupaciones para remover escombros, preparar alimentos para quienes lo perdieron todo, organizar donaciones, coordinar labores de apoyo o simplemente ofrecer una palabra de consuelo.
Una vez más, quedó demostrado que la mayor fortaleza de Venezuela siempre ha estado en su gente.
Hoy la prioridad son los sobrevivientes. El camino hacia la recuperación será largo y exigente. Este desastre profundiza las heridas de un país que ya venía enfrentando años de dificultades, pero también nos recuerda por qué vale la pena seguir luchando.
Cada desafío reafirma nuestro compromiso de construir una Venezuela donde las familias puedan vivir con tranquilidad, seguridad y oportunidades.
Millones de venezolanos agradecemos profundamente a los pueblos del mundo que nos han acompañado en estas horas tan difíciles. Su solidaridad quedará para siempre en la memoria de nuestra nación. Así como hoy han estado junto a nosotros, tengan la certeza de que también podrán contar con Venezuela cuando la adversidad toque sus puertas.
A mis compatriotas quiero decirles que sé que ninguna palabra puede aliviar una pérdida. El dolor necesita tiempo, y habrá heridas que nunca desaparecerán por completo.
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Pero también sé que este pueblo ha demostrado, una y otra vez, una capacidad extraordinaria para levantarse. Esa fuerza nace de la solidaridad, de la empatía y de la convicción de que nadie debe enfrentar el sufrimiento en soledad.
Allí comienza la reconstrucción de un país, cuando, aun entre los escombros, decidimos extender la mano al otro y caminar juntos. Esa es la Venezuela que hoy vuelve a ponerse de pie. Y será también la Venezuela que, una vez más, encontrará el camino hacia un futuro mejor.
Stalin González es político, abogado y dirigente nacional del partido Un Nuevo Tiempo
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