La realidad post Maduro, por José Ángel Ocanto
La tarea no está hecha aún, aunque, por supuesto, la caída del tirano facilitará enormemente las cosas.
X: @joseaocanto
Una incredulidad teñida de viejos miedos y del trauma de tantos sueños truncos, y condicionada además por la devastadora lección que dejó en el subconsciente nacional la separación temporal del poder por parte de Hugo Chávez Frías, en abril de 2002, ha impregnado de prudente alivio la captura de Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores.
Este hecho, ocurrido la madrugada de este sábado por fuerzas especiales de los EEUU, ha generado un clima particular dentro del país. El retorno de Chávez en aquel entonces se atribuyó a torpes vacilaciones y errores políticos, una memoria que aún pesa en la psique colectiva.
No es que los venezolanos sean insensibles o que no estén realmente contentos frente a un acontecimiento que de tan esperado pareciera increíble. Tampoco se teme que Maduro, quien fue llevado preso a Nueva York en un carguero de guerra, pueda reeditar la hazaña de su finado mentor.
No. Lo que ocurre es que, con toda razón, en Venezuela persiste la razonable certeza de que más allá de Maduro, mero fantoche en un entramado mucho más amplio y cruzado de oscuros intereses supranacionales, llevar a feliz término la anhelada transición democrática habrá de tropezar con escollos tan delicados y complejos, que cualquier error pudiera prolongar aún más la pesadilla.
La tarea no está hecha aún, aunque, por supuesto, la caída del tirano facilitará enormemente las cosas. Esta salida por extracción, sin resistencia ni violencia generalizada, y antecedida por el silencio de sus aliados y obvias traiciones clave en su entorno, tendrá sus colaterales efectos en la región, especialmente en Cuba.
Ciertamente será un proceso largo, plagado de peligros y asechanzas. Eso exigirá mano firme, claridad de objetivos, transparencia y el rescate efectivo, tanto espiritual como material, de la ofendida dignidad de los venezolanos. Sobre todo, requerirá un inequívoco apego a su soberana voluntad, ya expresada en forma abrumadora y documentada en las urnas electorales.
El presidente Donald Trump ha dicho hoy que hombres de su administración, concretamente el secretario de Estado, Marco Rubio, y el de guerra, Pete Hegseth, llevarán las riendas de Venezuela hasta que se pueda hacer una transición «justa, segura y legal».
Dijo que Rubio conversó con la vicepresidenta Delcy Rodríguez y que ella le aseguró resignada algo que hasta ayer lucía impensable: «Vamos a hacer lo que quieran». En una palabra, clara y cruda, el vacío de poder en Venezuela será llenado, de facto, por una legación extranjera, liberadora, que ofrece devolvernos «la paz, la justicia, y las riquezas que nos fueron robadas».
Y eso pasa, fundamentalmente, por no repetir aquí las amargas experiencias de Irak y Afganistán, tras ocupaciones mal curadas. Está claro que solo una transición nacida en la expresión de los más arraigados sentimientos venezolanos sería la más fiable garantía de estabilidad y de un futuro promisor, tras la dolorosa desgracia que nos deja esta era post Maduro.
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José Ángel Ocanto es periodista y escritor
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