La política solo tiene sentido si sirve a los venezolanos, por Stalin González
Si aspiramos a reconstruir Venezuela para el beneficio de millones de ciudadanos que durante años hemos padecido tantas penurias, no podemos insistir en los errores que nos condujeron al colapso. La ausencia de debate real, el autoritarismo y la toma de decisiones a espaldas de la sociedad no produjeron estabilidad ni bienestar. Todo lo contrario.
La política existe para servir a la gente, para ofrecer soluciones concretas a los problemas cotidianos y para canalizar, mediante el intercambio de ideas y el respeto institucional, los consensos que un país plural necesita. Sin deliberación, sin contrapesos y sin respeto al otro, no hay posibilidad de progreso. Sin institucionalidad no vamos a avanzar a ningún lado.
Esa deuda con el debate quedó nuevamente en evidencia esta semana en la Asamblea Nacional (AN). A las 10:28 a.m. llegaron a los diputados los tres proyectos de ley que serían debatidos ese mismo día, incluyendo el proyecto para la reforma parcial de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, la cual fue aprobada en primera discusión.
En esas condiciones, ¿sobre qué se espera que se discuta con seriedad? Limitar el acceso oportuno a la información y reducir los tiempos de deliberación impide cumplir cabalmente el rol parlamentario y vacía de contenido una discusión que debería ser central para el futuro del país.
Mientras tanto, en millones de hogares la espera continúa. En las calles, en los barrios y en las familias golpeadas por la crisis, la gente sigue aguardando propuestas serias que permitan salir de la miseria acumulada tras más de veinte años de desidia. En la calle hay hambre, incertidumbre y precariedad.
El cansancio es evidente: el venezolano está desconectado de la política por promesas inconclusas y decisiones que no se traducen en mejoras reales de su calidad de vida. El país exige respuestas. Es indispensable que la acción se traduzca en sacar a Venezuela del retroceso más profundo de su historia moderna.
Tras casi una década de caída sostenida de la producción nacional, es momento de asumir responsabilidades. El desplome de los barriles de petróleo significó también el deterioro de las condiciones de vida. Venezuela no falló por su geografía ni por carecer de recursos; fallaron quienes administraron esos recursos.
Esta reforma debe asumirse como parte de una transformación más profunda del modelo político y de desarrollo del país, donde abrirse al mundo no signifique repetir prácticas opacas ni decisiones tomadas a espaldas de la sociedad. El debate central es claro: el petróleo es de los venezolanos.
Entonces, ¿qué debemos hacer? Garantizar una gobernanza energética moderna, transparente y responsable, que separe lo político de lo técnico, fortalezca a Pdvsa y permita alianzas estratégicas con reglas claras y control institucional. La experiencia regional demuestra que es posible atraer inversión y tecnología sin ceder soberanía, siempre que exista seguridad jurídica y supervisión de la AN y las instituciones correspondientes.
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No podemos darnos el lujo de repetir errores. Es momento para comprender que este debate no se mide en cuántos barriles se produzcan al día. Lo imprescindible es que esa renta llegue a la gente y cómo hacer sostenible la capacidad productiva del país.
Si el dinero del petróleo no se traduce en hospitales dotados, escuelas dignas y salarios que permitan vivir con dignidad, el modelo volverá a fracasar. Hacerlo realidad implica fortalecer la institucionalidad, acabar con el clientelismo y garantizar que el petróleo esté, de una vez por todas, al servicio del desarrollo nacional. Sanar la política es condición indispensable para que lo económico funcione.
Stalin González es político, abogado y dirigente nacional del partido Un Nuevo Tiempo
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