La política del cuentagotas, por Aglaya Kinzbruner
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Ahora que se ha instalado la tutela o así nos han informado, tenemos unas cuantas preguntas que dan vueltas en nuestra pobre cabecita. Adonde, en primer lugar debemos informarnos sobre las nuevas políticas como aquella mencionada más arriba, sobre, por ejemplo, el pago de los bonos. ¿Al 0800 bono? Porque nunca se sabe cuándo, cuánto y cómo se va a pagar.
Es por demás humillante, desesperante y mezquino en demasía mantener a una persona que ha trabajado toda su vida sin saber con cuánto cuenta en realidad y además deforma la personalidad convirtiendo al sujeto en limosnero y dependiente.
Imagínense a alguien que necesita un préstamo y va a un banco a solicitarlo. Seguramente le preguntarán por sus entradas. La respuesta sería casi siempre – mire tengo sueldo mínimo y un bono ocasional – ¿Y con esto quiere comprarse un automóvil? Eso no le da ni siquiera para una patineta – consulta terminada. El siguiente – dirá a continuación el empleado bancario.
De los empleados bancarios sin corazón pasamos a la tutela en sí. Los huérfanos, por ejemplo, necesitan tutela. Sin embargo, queremos evidenciar aquí que hay dos tipos de huérfanos, los que desgraciadamente han perdido ambos padres antes de llegar a la mayoría de edad y los otros, prácticamente abandonados, que son los hijos de la pareja donde ambos juegan bridge. Estos últimos no tienen derecho legal de tutela.
Y así nos encontramos los venezolanos que aunque tengamos tutela, no tenemos libertad ni suficientes medios ni un buen trabajo, ni ná, ni ná.
No sabemos qué diría de esta expresión el gran Noam Chomsky, más que pensaba que las expresiones idiomáticas eran algo así como unidades lexicales fosilizadas. El inventor de la gramática generativa, era un rebelde, se llamaba a sí mismo un anarcosindicalista. Manifestó, después de una breve estadía en Venezuela, que ésta era un desastre. Obvio microbio. Pero eso fue años más tarde.
¿Por qué? Todo empezó cuando llegó a Venezuela en la época de Hugo Chávez, posiblemente invitado, y entre los dos nació una hermosa amistad que finalizó más tarde de forma abrupta cuando Chávez mandó poner presa la jueza Lourdes Afiuni. Resulta que ella había liberado a Eligio Cedeño porque ya llevaba preso más de dos años sin proceso, sin juicio, bajo la ley del «me-da-la-real-gana».
En una entrevista a The Guardian en el 2011, que se hizo viral, Noam Chomsky, el admirado profesor de Lingüística del MIT, el propulsor de «innatismo», declaró que en Venezuela ya no había justicia ni democracia. Ni justicia, ni democracia y quizás tampoco mucho sentido común.
Porque teniendo Venezuela unas playas tan hermosas, no se entiende por qué no hayan querido explotar el paisaje con excelentes instalaciones turísticas como las de República Dominicana o Curaçao. Prefieren salir del país y gastar su dinero afuera.
Quizás las nuevas generaciones representadas por jóvenes que estudiaron en colegios bilingües, que los hay muchos y muy buenos como la Washington Academy, el Jefferson, la Academia Merici, el Simón Bolívar, para nombrar sólo unos cuantos, sean más abiertos a invertir en su propio país.
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Pero mientras uno se entretiene con fantasías optimistas, la realidad demuestra como siempre el problema que representa soñar despierto. Leímos hace poco que el Secretario de Estado Marco Rubio se molestó mucho porque le transmitió al Congreso que el Helicoide había sido cerrado con portón y candado y los prisioneros liberados. Así lo habían informado. Más tarde se enteró que los prisioneros fueron sacados y distribuidos en las cárceles restantes en el país dejándolo en el ridículo más espantoso.
¿Es que no sabía que ellos viven en el extraño mundo de Subuso, ese cómic antiguo? ¿Dónde la verdad es mentira y la mentira verdad? ¿Cómo la arañita Itsy Bitsy que sube siempre por el tubo de bajada? ¿Se habrá dado cuenta ahora que el chavismo es una enfermedad incurable?
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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