La naturaleza no conspira, por Luis Ernesto Aparicio M.
Aunque no soy especialista en epidemiología ni en ciencias ambientales, resulta difícil ignorar la frecuencia con la que, en las primeras décadas del siglo XXI, han comenzado a aparecer enfermedades provenientes de animales, conocidas como zoonosis.
Basta observar los debates científicos actuales para entender que no se trata de hechos aislados, sino de fenómenos que guardan relación con la manera en que los seres humanos hemos transformado nuestro entorno natural.
No hay duda de que la ciencia ha permitido aumentar considerablemente la esperanza de vida.
La humanidad pasó de promedios que rondaban los 30 o 40 años en siglos anteriores, a superar en muchos países los 70 y 80 años durante el siglo XX y lo que va del XXI va en aumento.
Sin embargo, ese mismo desarrollo que hizo posible prolongar la vida también impulsó una expansión humana sin precedentes sobre ecosistemas que antes permanecían relativamente intactos.
La necesidad de vivienda, alimentos, energía y recursos llevó a extender ciudades, abrir carreteras, talar bosques, desviar ríos y ocupar espacios que durante siglos habían servido de hábitat para innumerables especies silvestres.
Con ello, aumentó también el contacto entre humanos y animales portadores de virus y bacterias con los que antes existía una interacción mucho más limitada.
Desde ese entonces, comienza una de las grandes advertencias de la ciencia contemporánea: mientras más se reducen los ecosistemas naturales, mayores son las probabilidades de que enfermedades animales encuentren vías de transmisión hacia los seres humanos.
El fenómeno no es nuevo. La humanidad ha convivido históricamente con enfermedades zoonóticas –aquellas que pasan de animales a seres humanos– y han acompañado al ser humano prácticamente desde que comenzamos a domesticar animales y a modificar ecosistemas.
Pero el ritmo actual de expansión urbana, deforestación y alteración climática ha multiplicado las condiciones para que estos saltos entre especies ocurran con mayor frecuencia.
Virus asociados a aves, murciélagos, roedores y otros animales han pasado a formar parte de las grandes preocupaciones sanitarias globales.
El caso del covid-19 mostró hasta qué punto un brote infeccioso puede alterar simultáneamente la economía, la política, la movilidad humana y la vida cotidiana de prácticamente todo el planeta.
Hoy, con los casos de los contagiados con el Hantavirus y Ébola, la discusión científica alrededor de estos fenómenos apunta cada vez más hacia una relación entre deterioro ambiental, pérdida de biodiversidad y expansión de enfermedades infecciosas.
Cuando los hábitats naturales son destruidos o alterados, muchas especies se ven obligadas a desplazarse y acercarse a zonas pobladas por humanos, aumentando las posibilidades de transmisión de patógenos.
Y como para variar, a esto se suma el cambio climático. Las alteraciones de temperatura, lluvias y ecosistemas también modifican el comportamiento de especies transmisoras de enfermedades, ampliando sus áreas de presencia y afectando regiones donde antes ciertos virus o bacterias no existían.
Por eso resulta preocupante que, frente a discusiones tan delicadas, se encuentren en auge agrupaciones políticas que van sembrando teorías de conspiración que intentan desacreditar el consenso científico sobre el cambio climático o minimizar el impacto de la actividad humana sobre el ambiente.
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Debemos advertir a todos los que se sientan atraídos por este tipo de tendencia política que, negar o calificar de teorías inventadas a estos procesos no elimina sus consecuencias.
Por el contrario, dificulta la posibilidad de tomar decisiones racionales para reducir riesgos futuros.
Combatir futuras pandemias no dependerá únicamente de vacunas o tratamientos médicos.
También exigirá comprender que la salud humana está profundamente conectada con la estabilidad de los ecosistemas y con la manera en que decidamos relacionarnos con la naturaleza en las próximas décadas.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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