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La mano peluda, por Aglaya Kinzbruner



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La mano peluda
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Aglaya Kinzbruner | @kinzbruner | marzo 20, 2026

X: @kinzbruner


La mano peluda nació en México a fines del siglo XIX. No era entonces lo que es hoy. La explicación se la podemos dejar a los entendidos de la semántica diacrónica, difícil asignatura. Empezó entonces como tantos sucesos que al faltar el conocimiento exacto son leyendas antes de ser historia.

Vivía por aquel tiempo un prestamista de apellido Villa, no sabemos el nombre, debía saberlo su madre pero es algo tarde para preguntarle. Este señor, dicen, era muy malo. En épocas de gran pobreza exigía unos intereses altísimos y, aunque al final le pagaban, dejaba a la gente más pobre que nunca.

Es complicado para nosotros explicar realmente lo de la pobreza porque estamos en Latinoamérica y diremos que así es como se encuentra la mayoría. No estamos en Suiza donde es pobre todo aquel cuya entrada es 2.500 Fr. al mes o menos. Si es mucho menos entonces será un suizo muerto porque los mendigos no están permitidos.

Volviendo a la mano peluda ella apareció después que el prestamista murió. ¿Por qué? preguntarán. La razón es simple. Él tenía corriendo unos préstamos cuando la Parca se lo llevó. Pero la maldad es algo inexplicable y prácticamente inmortal.

La mayoría de los muertos se quedan tranquilitos ahí donde están en un cementerio, una urna, una ánfora, quién sabe. Villa con el poco aliento que tenía mandó una mano para que fuese a cobrar lo que todavía se le debía.

Como era totalmente calvo como bola de billar, arrejuntó los pocos vellos que tenía dispersos en su triste figura, perdonen el plagio insolente, y los dispuso en la mano para quitarle visibilidad. Y así viajó la mano por todo México asustando a la gente, ni hablar de los niños, para cobrar peaje, como dicen aquellos que no creen que se pueda pasar de un mundo a otro y menos con solo una mano.

Se convirtió luego en tremendo programa radial regentado por Rubén García Castillo cuyo tema principal eran los sucesos de terror y cuando no los paranormales. Hay que ser de verdad miserables para encontrarle placer en asustar unos pobres niños.

En España no se quedaron atrás. Allá asustaban con el Coco. Le cantaban a los niños, «Duérmete niño, duérmete ya, que viene el Coco, y te comerá». Llegaron a Venezuela, el Coco y la Mano Peluda. Pero esta última cambió oficio, ya no quiso atormentar niños chiquitos ni cobrar lo que se adeudara. Se multiplicó y casi podemos afirmar que está en todas partes.

En una protesta a la cual asistimos hace poco, protestas hay por doquier, donde se ponderó la poca eficiencia de Hidrocapital, todos tenían algo que contar con respecto a la mano peluda. Uno dijo que tenía que pagarle una suma extravagante en dólares a un empleado de esta eficiente compañía para que abriese una llave (seguro perjudicando a otros) para que le llegara algo de agua a su edificio.

*Lea también: Minería 2026: ¿nuevas reglas para el mismo juego?, por Omar Ávila

Otro dijo que tenía «ubicado» a un chofer de una compañía de cisternas para que se llegara a su vivienda. La misma historia, pago en dólares, un refresco y un sándwich bien resuelto. Si en el pozo de La Tahona, adonde llegaban esperanzados ciudadanos de la zona con sus botellones vacíos de 5 litros le daban el agua de gratiñán. ¡Ahora cobran!

Al preguntarle a un empleado de Hidrocapital por qué no llegaba el agua dijo que eso se debía a «fluctuaciones» eléctricas que se daban siempre los sábados. Entonces, ¿Corpoelec está en andropausia? Eso de las fluctuaciones es sospechoso. Nada más descorazonador que una bajada inesperada de la libido.

Sin embargo, como el recuento va de menor a mayor, ya dijimos que no tenemos agua, pero sí luz fluctuante, transporte poco y malo, comida carísima, pensiones y jubilaciones haciendo agua, en fin, no se preocupen porque lo que abundan son las ¡manos peludas!

Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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