La lucha por un salario digno, por Stalin González
El trabajo es, en su esencia más pura, el derecho de todo individuo a transformar su esfuerzo en bienestar y su dedicación en un porvenir sólido. No se trata simplemente de una transacción de horas por sustento, es el andamiaje sobre el cual se construye la autorrealización y la paz familiar.
Es imperativo recordar que las garantías que hoy defendemos no son concesiones del azar, sino las reivindicaciones que se alcanzaron gracias a años de lucha. Son conquistas sociales esculpidas por la voluntad inquebrantable de quienes nos precedieron. El primero de mayo, Día Internacional del Trabajador, simboliza precisamente esa lucha que trasciende la efeméride para convertirse en un recordatorio: el trabajo debe ser siempre fuente de progreso social y jamás un grillete de servidumbre o miseria.
En la actualidad, esa premisa se desvanece ante una crisis que no solo es económica, sino profundamente humana. Desde las esferas del poder anuncian aumentos «responsables» que apenas rozan la superficie de la necesidad, la realidad en los hogares es de una precariedad lacerante.
El trabajador venezolano no vive, transita una arquitectura de la escasez y está cada vez más empobrecido frente a una inflación voraz que lo devora todo, el agotamiento de tener múltiples empleos y el abismo insalvable entre el salario y la canasta básica. Lo que otrora fue un camino de progreso se ha convertido, tras más de una década de erosión, en una descarnada lucha por sobrevivir.
La cotidianidad del venezolano es una épica de sacrificio. El venezolano se levanta cada madrugada para enfrentar un sistema de transporte público ineficiente y se prolonga en jornadas extenuantes en uno o varios empleos precarizados que no logran llenar la nevera ni eliminar el hambre en sus hogares, en los que también lidian con fallas constantes en los servicios básicos. El venezolano vive en una zozobra constante.
Sin embargo, en medio de este asedio constante al espíritu, el venezolano se niega a agachar la cabeza, la resignación no le domina. Aquí hay un pueblo que se niega a claudicar y que alza la voz exigiendo respeto. Los trabajadores toman las calles para exigir reivindicaciones, para reclamar salarios que permitan una vida digna. La organización social es una forma de resistencia ante la miseria. La dignidad del trabajador no se negocia.
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El desafío para la dirigencia democrática del país es articular el descontento y transformarlo en una fuerza política regeneradora. Solo recuperando la confianza en la política como el arte de lo posible y la herramienta para la justicia, podremos devolverle al trabajo su significado original.
La esperanza no es un ejercicio de espera pasiva, sino la persistencia de quienes seguimos demandando un cambio estructural y real. Debemos recuperar el valor del trabajo, la garantía de derechos laborales y la construcción de un modelo donde el trabajo sea el garante de una vida plena y la base de un país en libertad.
Stalin González es político, abogado y dirigente nacional del partido Un Nuevo Tiempo
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