La inmensidad del universo, por Marcial Fonseca
Hay que empezar por lo más cotidiano, lo más familiar: nuestro hogar, la tierra y nuestro recorrido en ella, la vida; pero hay que estar consciente de una gran verdad, nuestro planeta es un punto perdido en el vacío existencial con el mayor privilegio posible, estar habitada inteligentemente por nosotros.
Ciertamente, el ser humano tenía todo para posicionarse en la cima animal; bípedo, un cerebro cuyo tamaño le proveía de una gran capacidad de análisis; y el poseer los dos miembros superiores pentadigitales e innecesarios para la locomoción, pero sí necesarios para el balance, le daba la gran ventaja de que estas realizaban lo que su cerebro pensara; además de que una mano es capaz de cincuenta y ocho movimientos diferentes
En un periodo corto, apenas unos pocos milenios, el mono desnudo, como así lo bautizó Desmond, ya conocía todo lo que había en la tierra; y luego se dedicó a analizar el espacio exterior que nos rodeaba.
Lo cercano a él fue cosa fácil, luego, ya entrado el siglo XIX, se percató de lo solos que estábamos.
En la cercanía, los planetas del sistema solar eran una divertida compañía y aquí arriba y cerquita, la luna era nuestra solitaria acompañante, pero allá lejos había un espacio inmenso y una oscuridad total; y esa nocturna inmensidad mareaba.
Aún hoy no sabemos qué hay allá a lo lejos, la información más cercana a la que podemos acceder está a casi tres millones de año–luz.
Lo más aterrador de esta distancia es el vacío que representa y no se vislumbra ninguna razón. Ignoramos el porqué de tanto espacio. Veamos algunas cifras.
El sol está a ciento cinematografía millones de kilómetros; la tierra cabe un millón trescientas mil veces en el sol; y para fines prácticos, el sol es una estrella pequeña, aun así, pesa casi setecientas cincuenta veces más que la suma de todos los planetas del sistema solar.
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Pareciera que con los números no vamos a llegar a ninguna parte para conseguirle sentido a este maremágnum espacial y existencial.
Y por donde andemos, llegaremos a una sola conclusión: existe un Dios y estamos en sus manos y en su bondad, que es infinita.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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