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La importancia del cuidado ambiental en América Latina, por María Belén López



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La importancia del cuidado ambiental en América Latina
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Opinión TalCual | febrero 20, 2026

X: @Latinoamerica21


El cuidado ambiental es una práctica política y colectiva, realizada sobre todo por mujeres, que entrelaza la reproducción de la vida con la protección de un territorio degradado. Este concepto permite visibilizar respuestas que incorporan al ambiente como una dimensión fundamental de los cuidados, históricamente invisibilizada y no remunerada. Su relevancia es clave para comprender el papel de las mujeres latinoamericanas frente a la crisis climática y en ámbitos como la salud.

Crisis, salud y cuidados en Latinoamérica

La irrupción del covid-19 dejó en evidencia que atender las problemáticas de salud requiere abarcar una multiplicidad de factores. En el 2020 no nos encontrábamos ante una pandemia, sino más bien ante una sindemia. Según las antropólogas Merrill Singer y Bárbara Rylko-Bauer, la sindemia define la sinergia entre el virus, otras afecciones de salud y padecimientos sociales en un cóctel que repercutió con mayor fuerza en las realidades de grupos sociales vulnerados.

En simultáneo, como ha sido documentado por la Cepal, quienes absorbieron la mayor carga de dedicación a las necesidades de cuidado, fueron las mujeres. En las grandes ciudades, esta sobrecarga operó de manera más cruda para quienes vivían en situaciones de marginación urbana.

En América Latina, los cuidados recaen desproporcionadamente sobre los hogares y, específicamente, sobre las mujeres, quienes dedican el triple de tiempo que los varones a estas tareas. El mapa de la economía del cuidado, se caracteriza por una alta informalidad laboral y marcadas desigualdades interseccionales que se agravan al cruzarse con factores de etnia, edad y nivel socioeconómico, afectando especialmente a mujeres rurales y pobres que carecen de recursos para tercerizar estas tareas.

Además de ser quienes trabajan en labores de cuidado, al volver a sus casas aumenta el tiempo y dinero que deben invertir en el acompañamiento de personas con afecciones de salud de sus familias y sus barrios. En materia de prevención todo se vuelve cuesta arriba ante escenarios donde la alimentación, el tiempo disponible para destinar a los controles médicos y los recursos con los que cuentan son escasos.

Esta crisis de los cuidados se agrava en contextos de marginación urbana y degradación ambiental, donde la falta de infraestructura básica (como agua corriente o saneamiento) hace que este trabajo sea todavía más pesado y riesgoso para el accionar y los cuerpos de las cuidadoras.

En los grandes conglomerados latinoamericanos urbanos, la exclusión económica ha consolidado un modelo estructural que la epidemiología crítica caracteriza como “malsano”, ya que restringe el derecho a la salud de los sectores segregados. Los riesgos ecológicos, como la contaminación hídrica, los basurales crónicos y la infraestructura deficiente, se distribuyen de manera desigual en las ciudades, generando múltiples formas de injusticia socioambiental.

Bajo esta lógica, el entorno degradado no es un simple escenario físico; la crisis ambiental se encarna en los “cuerpos-territorios” de las poblaciones segregadas, moldeando sus procesos de salud, enfermedad y muerte. Así, las amenazas del entorno son parte de una violencia estructural que define quiénes están más expuestos a enfermarse y bajo qué condiciones deben sostener la vida.

Un ejemplo significativo de injustica ambiental es el Área Reconquista (AR) en el Gran Buenos Aires, en Argentina. Se trata de un territorio marcado por la cercanía al complejo basural Ceamse Norte III y la cuenca contaminada del Río Reconquista que evidencia cómo la segregación urbana confina a los sectores vulnerables a entornos degradados. Allí, muchas familias construyeron sus hogares sobre suelos de humedal a los que lograron acceder, rellenando con escombros y basura para elevar sus terrenos y evitar inundaciones, una tarea difícil frente a la intensificación de las lluvias que trae el cambio climático, la insuficiente recolección de basura de los zanjones y la memoria del río.

La población convive con la emanación de gases –como el gas metano- y olores fuertes del basural, como también el humo de la quema de cables en basurales crónicos del barrio, lo que provoca afecciones concretas: problemas respiratorios crónicos como la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), diarreas por el agua contaminada y lesiones dermatológicas graves en las infancias.

Ante estos escenarios, las mujeres son quienes se encuentran más expuestas. Al permanecer más tiempo en los barrios, su contacto con los basurales crónicos y los contaminantes es mayor que el de los varones. En su rol de cuidadoras, son las primeras en detectar los riesgos ambientales a través de las afecciones de salud de quienes cuidan.

Es desde estas actividades de cuidado que las mujeres no solo reconocen y accionan sobre los impactos del ambiente en las personas y sus territorios, sino que también ocupa un lugar clave frente a las crisis climáticas actuales.

El cuidado ambiental: un trabajo clave, pero aún invisibilizado

El trabajo como cuidadoras de mujeres de sectores vulnerados de forma múltiple como los del Área de Reconquista, no se limita a las paredes de su hogar, ni en la crianza de sus propios hijos: implica un accionar colectivo que sostiene el bienestar de todo el barrio. Desde espacios de cuidado comunitario y mesas vecinales se involucran en el sostenimiento de ollas populares, apoyo escolar y contención ante la violencia, saneamiento de calles, plazas y arroyos, campañas de descacharre, reciclado de residuos, mantenimiento de huertas y gestión para la ampliación de redes de servicios básicos, entre otras tareas.

En estos escenarios es clara la relevancia del cuidado ambiental, no como un cuidado destinado de forma aislada al entorno sino como una práctica política y colectiva que entrelaza la reproducción de la vida con la protección de un territorio degradado. Este concepto permite visibilizar respuestas que, operando bajo lógicas domésticas y comunitarias, incorporan al ambiente como una dimensión fundamental de los cuidados que suele permanecer invisibilizada y sin remuneración.

*Lea también: Ayuda selectiva en tiempos de crisis climática, por Isabella Alcaniz

Al ampliar el cuidado más allá del ámbito doméstico, se reconoce que el bienestar en contextos de segregación depende de un agenciamiento situado que articula a las personas y los territorios, lo que explica tanto el conocimiento de las mujeres sobre la crisis climática como su papel central en la activación de iniciativas colectivas ante la ausencia o insuficiencia de políticas públicas.

Estas tareas exigen reconocimiento y profesionalización de su labor, con salarios dignos y derechos. Además, las voces de estos colectivos de mujeres demandan un diálogo de saberes que valide su experticia situada en la gestión de un territorio degradado.

Ante este cuidado ambiental, ellas demuestran que el bienestar no es un fenómeno aislado de las condiciones del territorio. Ignorar este vínculo solo profundiza las injusticias socioambientales y obstaculiza una salida real a las crisis de los cuidados, ya que, no existe sostenibilidad de la vida posible fuera de un ambiente sano y digno de habitar.


María Belén López es doctora en antropología social por la Unsam. Es co-coordinadora del Programa de Investigación “Migrantas en Reconquista” (Idaes-Unsam) y co-coordina el grupo de Epistemología y Pedagogía en la red internacional The Global (De)Centre.

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TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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