La españolita de Tetuán, por Gustavo J. Villasmil Prieto
7X: @Gvillasmil99
«Blanca y andalusí, Tetuán se levanta
Con olor a hierbabuena y mar en el aire,
Donde su exilio en el recuerdo canta
Y la memoria nazarí es su donaire»
Alfredo Villaverde, Tetuán (2025)
Escribir estas líneas es el encargo más difícil que haya recibido en mucho tiempo. Tú, que tantas veces nos ayudaste a encontrar la palabra precisa, el adjetivo justo y la coma necesaria, me dejas hoy solo ante la página en blanco.
«Hola, soy Josefa y hago libros de Medicina». Así te presentaste cuando nos conocimos, hace tantos años. Haber nacido en Tetuán —la «Paloma Blanca del Norte»— en tiempos del protectorado español en Marruecos, fue para ti mucho más que un azar del registro civil; allí nació también esa mirada cálida tuya que derramabas sobre el mundo y sus cosas, como cuando de niña correteabas libre por los callejones de la vieja medina.
Hiciste del amor a la lengua española tu oficio, ejercido con la devoción de quien la sabía un tesoro que navegó mares y recorrió siglos antes de llegar a nosotros. «Mire, doctor —me decías—, en Argentina se dice ‘internación’ y no ‘hospitalización’. Debe equilibrar el idioma para provecho de sus lectores».
Porque para ti, editar era mucho más que corregir errores: era salvar el alma de un texto. Arquitecta invisible con la paciencia del artesano y el rigor del académico. Eso eras. No buscabas protagonismos; tu mayor triunfo era que el lector nunca notara tu mano y que la obra fluyera con esa armonía que solo tú sabías imprimirle.
«¡Pero bueno, doctor!», protestabas con el lápiz rojo en la mano mientras te enfrentabas a la primera versión de un texto, «¿es que usted quiere escribir a lo García Márquez?: ¡aquí hay que poner unos acápites!». Tu honestidad era así; jamás cortante, siempre luminosa. Cuando decías que un párrafo «no funcionaba», no lo hacías desde la autoridad, sino desde el cariño de quien quiere ver brillar la obra del amigo.
Fuiste noble; noble en el sentido machadiano de la palabra. La lealtad para ti no estaba escrita en el papel de un contrato editorial, sino en el afecto por el autor de cada obra. Mi tristeza hoy es profunda, pero también agradecida, afortunado como fui de haber caminado a tu lado, de haber compartido cafés que se convertían en lecciones de vida y de haber confiado mis modestos papeles de profesor a tu juicio siempre certero.
De tus manos salieron las páginas de mi Medicina interna para odontólogos (2020), la obra que bien sabes me salvó la vida. Como también salieron, en 2017, las de Manejo integral del paciente politraumatizado, del destacado compatriota y amigo doctor Pablo Ottolino Lavarte, profesor asociado de Cirugía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que es hoy texto de referencia iberoamericana en la materia.
¡Y es que, desde Caracas hasta la Patagonia, jamás nadie se salvó del lápiz rojo de Josefa Belmonte, editora de libros médicos! Te vas, Josefa, pero te quedas en cada libro de medicina hecho en Venezuela que pasó por tus manos y en la gratitud de todos los que tuvimos el privilegio de llamarnos tus amigos.
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Has dejado de ser «la españolita de Tetuán» para convertirte en recuerdo eterno, en luz que seguirá guiándonos cada vez que en Venezuela nos sentemos a escribir libros médicos para España e Iberoamérica, incluso en medio del incendio cotidiano en el que nos toca vivir. Así nos lo inculcaste cuando nos decías «esto está realmente muy bueno» al recibir nuestros borradores para darnos ánimo: «¡ni en Madrid lo habrían escrito mejor!».
¡Hasta siempre, amiga buena! ¡Ve con Dios, hada madrina de nuestros libros! Gracias por tu rigor, gracias por tu bondad y, sobre todo, gracias por habernos permitido ser parte de tu historia de bien. Nunca pudimos tomarnos un café en la calle Larios, allá en la Málaga que amabas, como tampoco sentarnos a orillas del mar a imaginar cómo se vería, del otro lado, la costa de Marruecos.
Hoy tus amigos nos unimos en oración por el eterno descanso de tu alma buena. Donde estés, espero encuentres estantes llenos de libros que nunca se terminen y rincones luminosos como los de tu infancia allá, en una Tetuán eterna, sin dolor y sin sufrimiento, como la de aquel tiempo feliz cuando correteabas libre por los callejones de la vieja medina.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
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