La dignidad humana debe ser prioridad, por Stalin González
En nuestra cultura, la del pueblo venezolano, la navidad siempre fue sinónimo de encuentro: hallacas sobre la mesa, risas que se mezclaban con gaitas, mesas largas llenas de primos, vecinos, amigos. Una época donde la luz más cálida provenía del cariño compartido. Para muchos de nosotros, algunos de los recuerdos más felices están ligados a diciembre. Era el tiempo en que todo parecía tener sentido.
Pero con el paso de los años, esa alegría se esfumó, dando paso a la nostalgia, a una tristeza silenciosa que recorre hogares enteros y que se acentúa, especialmente, cuando llegan estas fechas.
Hoy, navidad ya no es lo que era. Se ha convertido en una época de añoranza, de sillas vacías y videollamadas por teléfono. Acnur estima que cerca de 8 millones de venezolanos han emigrado, casi un tercio de nuestra población, cargando su vida en una maleta y su país en el corazón. Se fueron porque aquí no encontraron futuro, porque la pobreza, el miedo y la falta de oportunidades aplastaron sus sueños.
¿Qué otra opción queda cuando el hambre gana? Y quienes nos quedamos también sufrimos: madres y padres con el pecho quebrado, abuelos que esperan llamadas que a veces no llegan, niños y niñas que crecieron viendo a su familia a través de una pantalla. Somos una nación partida entre fronteras visibles e invisibles. Una herida de 26 años y una profundidad que se acrecienta.
A esta herida humana se suma el peso de decisiones políticas que terminan afectando, precisamente, a quienes menos pueden soportarlo. El cierre del espacio aéreo venezolano, en fechas donde la reunificación familiar debería ser prioridad, es un golpe emocional para miles que soñaban con volver —aunque fuera por unos días— a abrazar a los suyos.
Parece que, desde las altas esferas, se piensa en estrategias, cifras y poder, pero no en la gente. Venezuela y sus ciudadanos se han convertido en piezas de un tablero geopolítico donde la humanidad queda relegada. Nos han deshumanizado por completo, todo por las ansias de poder. Ni dentro ni fuera, sentimos un Estado o una comunidad internacional que piense primero en el bienestar del venezolano. Estamos, en cierto modo, huérfanos en el mundo.
Las conversaciones con la gente son testimonio vivo de esta realidad. En cada palabra se esconde una historia: el salario que no alcanza ni para alimentar a los hijos, los hospitales sin insumos, la luz que se va todos los días, el agua que no llega, la incertidumbre frente al mañana, la ausencia de un liderazgo que inspire y proponga salidas reales.
La dignidad se ha vuelto una aspiración básica, y, aun así, sentimos que nos la niegan. Los venezolanos no pedimos lujos, pedimos vivir sin un nudo constante en la garganta. Pedimos paz, raíces, pertenencia. Pedimos hogar.
Tal vez por eso, tantos nos sentimos como en aquella canción entrañable del maestro Simón Díaz: «Si mi querencia es el monte y la flor de araguaney, cómo no quieres que tenga, cómo no quieres que tenga, tantas ganas de volver». Porque quienes se fueron viven con el corazón extraviado en tierras ajenas, y quienes nos quedamos sentimos que el país está oculto bajo el peso de la crisis.
Por eso, hablar de soluciones requiere un enfoque diferente: políticas que no agreguen dolor, decisiones que no multipliquen la separación. Si de verdad se busca una salida a la crisis venezolana, esta debe partir de un principio simple pero moralmente ineludible: no producir más sufrimiento al venezolano común.
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Lo humano debe volver a ser la prioridad. No somos números, no somos estadísticas, no somos una masa anónima destinada a resignarse. Así, quizás por amor, quizás por el guáramo que nos caracteriza, seguimos creyendo y trabajando por una Venezuela que pueda levantarse. Una Venezuela que vuelva a abrir sus puertas, a celebrar diciembre sin dolor, a permitir que sus hijos regresen sin miedo. Una Venezuela que camine hacia el futuro, con sus familias completas y su dignidad recuperada.
Stalin González es político, abogado y dirigente nacional del partido Un Nuevo Tiempo
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