La democracia en retroceso, por Luis Ernesto Aparicio M.
Con solo revisar el resumen ejecutivo del informe sobre la democracia correspondiente a 2026, elaborado por el centro internacional de investigación con sede en la University of Gothenburg, conocido como V-Dem Institute, es posible comprender con mayor claridad el deterioro que viene experimentando la democracia en el mundo y, al mismo tiempo, la urgencia de encender las alertas antes de que ese retroceso termine por normalizarse.
Según el instituto, al cierre de 2025 el mundo ya contaba con más autocracias que democracias, mientras casi tres cuartas partes de la población mundial vivían bajo regímenes autoritarios. Se trata de una señal inequívoca de que la democracia liberal ha dejado de ser la experiencia política predominante de nuestro tiempo.
Para quienes crecimos bajo sistemas democráticos, el dato resulta particularmente inquietante. El informe señala que actualmente existen 92 autocracias frente a 87 democracias. Por primera vez en décadas, el número de regímenes autoritarios supera al de sistemas democráticos.
Cerca de seis mil millones de personas viven hoy en países donde se restringen libertades políticas, libertad de expresión, independencia judicial, elecciones competitivas y derechos civiles. Sin embargo, lo más preocupante del informe no es únicamente la cantidad de autocracias.
Lo verdaderamente alarmante es que casi todos los pilares esenciales de la vida democrática muestran retrocesos simultáneos. La libertad de expresión se debilita, la represión aumenta y prácticas que parecían relegadas al pasado, como la tortura contra opositores, reaparecen como instrumentos de control político.
Durante años se pensó que el autoritarismo era una desviación localizada en países con instituciones frágiles. Venezuela, Nicaragua o Bolivia parecían ejemplos de una anomalía regional. Sin embargo, los datos de V-Dem muestran algo más profundo: el deterioro democrático ya no es una excepción geográfica, sino una tendencia global que comienza a alcanzar incluso a sociedades que durante décadas parecieron políticamente inmunes.
En el fondo, lo que el informe advierte es que ya no estamos frente a crisis democráticas aisladas, sino ante una transformación más amplia: un desgaste democrático que comienza a extenderse incluso allí donde durante mucho tiempo se creyó que la democracia era suficientemente sólida como para resistir cualquier embate.
Lo que demuestra este estudio es que estamos entrando en una etapa en la que ciertos consensos que parecían firmes comienzan a fracturarse, poniendo en riesgo libertades que hasta hace poco parecían garantizadas. Incluso la Unión Europea, durante años vista como un espacio de estabilidad institucional, ya no parece completamente inmune a esa deriva.
También conviene destacar otro aspecto central del informe: muchas autocracias están dejando atrás los viejos golpes de Estado, aquellos marcados por el ruido de sables y tanques frente a los palacios presidenciales, tan conocidos en la historia latinoamericana.
Hoy el deterioro democrático suele producirse por erosión gradual. El sistema no cae de golpe; se erosiona lentamente. En lugar de clausurar la democracia en un solo día, se la debilita por etapas: se presiona a la prensa, se condiciona a la justicia, se desnaturalizan las elecciones y se acostumbra a la sociedad a pequeñas renuncias sucesivas hasta que un día la democracia sigue existiendo en el nombre, pero ya no en su esencia.
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Ese quizás sea el dato más inquietante de nuestro tiempo: que el autoritarismo contemporáneo ya no necesita irrumpir con estridencia para imponerse. Le basta con avanzar en silencio. Y frente a eso, la respuesta no puede ser la resignación.
Si hoy tenemos en blanco y negro la evidencia de lo que está ocurriendo, entonces la responsabilidad de quienes todavía creen en la democracia consiste en sostener lo que queda de ella para intentar recuperarla y fortalecerla.
No será una tarea sencilla, pero allí debería estar concentrado el esfuerzo de todo liderazgo político responsable: construir consensos entre demócratas, moderados, sectores de izquierda y de derecha que entiendan que, antes que sus diferencias, está la necesidad de preservar la libertad.
Porque en algunos momentos de la historia, defender la democracia ya no consiste en perfeccionarla, sino simplemente en impedir que desaparezca.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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