La democracia absorbida, por Alexis Alzuru
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Las democracies contemporáneas no mueren cuando desaparecen las elecciones. Mueren cuando las elecciones absorben progresivamente todo lo demás.
El problema no es la ausencia del voto. El problema es su hipertrofia.
Durante décadas, Occidente asumió que las elecciones eran el mecanismo más eficiente de defensa democrática. Se suponía que el elector identificaría a tiempo a quienes despreciaban las normas, hostigaban las instituciones o mostraban evidente fascinación por el poder personal.
La experiencia reciente demuestra lo contrario. El voto no filtra necesariamente a los depredadores de la democracia. A veces los legitima.
La mayoría de los estadounidenses votó nuevamente por Donald Trump aun cuando su trayectoria pública mantenía activadas suficientes líneas rojas sobre su relación con la moral y las normas democráticas.
Lo verdaderamente relevante no es Trump. Lo relevante es lo que su relección revela: el agotamiento de una premisa liberal. La creencia de que el procedimiento electoral bastaba, por sí mismo, para proteger a la democracia de sus enemigos.
El ecosistema digital terminó de erosionar aquella vieja premisa. Las plataformas no organizan deliberación. Organizan emociones. No fortalecen ciudadanía. Fortalecen tribalismos. No premian prudencia. Premian odio.
En ese entorno, las señales de alarma pierden eficacia y el racionamiento político se vuelve cada vez más vulnerable a la manipulación emocional.
Pero el fenómeno más preocupante ocurre después.
La democracia comienza a reducirse al acto de votar. Poco a poco, lo electoral absorbe los demás componentes que sostenían la arquitectura democrática: los contrapesos institucionales, la autonomía judicial, la deliberación pública, los límites legales, e, incluso, la posibilidad de compartir una realidad mínimamente común.
La democracia liberal nunca exigió unanimidad ideológica. Lo que exige es algo más modesto y mucho más difícil: instituciones confiables, reglas compartidas y un horizonte básico de realidad común que garantice discrepar y la disputa sin destruir el sistema política.
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Cuando esas condiciones se debilitan o desaparecen, el voto deja de ser un instrumento de equilibrio democrático y se transforma en una fuente de legitimidad superior frente al resto de las instituciones.
Ese es el punto de inflexión.
El presidente deja de ser un poder entre poderes. Comienza a presentarse como la encarnación directa de la voluntad popular. El parlamento, los tribunales, la prensa o los organismos de control dejan de ser contrapesos legítimos y pasan a ser obstáculos para el mandato otorgado por las urnas.
La paradoja es brutal. Cuanto más se reduce la democracia al ritual electoral, más se empobrecen las condiciones que la hacen posible.
Las democracies del siglo XXI ya no corren el riesgo de morir sin elecciones. Corren el riesgo de morir porque el exceso de ellas termina hipertrofiando el poder presidencial.
Alexis Alzuru Aponte es Doctor en Ciencias Políticas. Magíster y Licenciado en Filosofía. Profesor jubilado de UCV.
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