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La cortesía se fue de viaje, por Tulio Ramírez



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La cortesía se fue de viaje
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Tulio Ramírez | @tulioramirezc | octubre 6, 2025

X: @tulioramirezc


Tuve la suerte de crecer en una época donde la cortesía no era un adorno para impresionar, ni para levantar chamas o dáselas de mucho. La cortesía formaba parte de la cotidianidad. No era monopolio exclusivo de gente «estudiada, de apellidos, viajada y con roce social», como se les escuchaba a las doñas encopetadas de ese entonces, era rasgo natural de nuestra venezolanidad.

Las buenas maneras se cultivaban en la casa a través del aprendizaje vicario o modelaje de sus mayores, por supuesto, de vez en cuando este aprendizaje debía reforzarse con acciones pedagógicas como cholazos que daban en el blanco con tanta puntería como los actuales drones y, por supuesto, los siempre oportunos pellizcos que dejaban marca por semanas.

Bastaba una mirada «puyúa» de la mamá, para saber que se estaba actuando con desapego a las normas y buenos modales. El «a ver mijo, ¿cómo es que se dice?», ameritaba un rápido «gracias», para evitar males mayores a posteriori. Para la siguiente ocasión, el «gracias» con toda seguridad iba por delante, para evitar que se repitiera la dosis de refuerzo pedagógico arriba señalada. Así, se iba aprendiendo a ser cortés.

Recuerdo que, por allá por los 60, iba con mi padre en un autobús de esos que llamaban «recoge locos», los que tenían la ruta Chacaíto-Magallanes de Catia. Resulta que, a la altura del Mercado Guaicaipuro, al final de la avenida Andrés Bello, se montó una viejita que, además de caminar encorvada, llevaba dos sacos de yute repletos del mercado para la semana.

Mi viejo, como siempre tan cortés, se levantó para cederle su asiento. Pero además de ese noble gesto, cargó los sacos durante todo el trayecto. Al llegar a la parada de la Plaza Pérez Bonalde, la anciana se bajó agradecida y, al despedirse, se dirigió a mí en los siguientes términos, «eres afortunado, si te comportas como tu papá, siempre te será muy fácil conseguir novia». Desgraciadamente en eso se peló, pero fue muy refrescante el mensaje.

A partir de ese episodio, viejita que veía con bolsas de mercado, viejita que ayudaba. Hasta me atreví a rechazar propinas más de una vez. Me bastaba con el «gracias» y el «mira que muchacho tan amable». Si acaso lo de las novias se concretaba, era por añadidura. Por este puñado de cruces, juro que no lo hacía tentando hacer realidad la profecía de la viejita del autobús.

Hoy pareciera que la cortesía se fue de viaje y no me refiero solo al comportamiento de los muchachos, también al de los adultos. Es posible que la vida que estamos llevando ahora nos está impulsando al «sálvese quien pueda y no me importa lo que te pase». Así, de una sociedad cordial, amable, solidaria y alegre, hemos pasado a ser hostiles, egocéntricos y descorteces. Para muestra, algunos botones.

El saludo matutino se ha convertido en una prueba de personalidad. En un ascensor, decir «buenos días» es visto con recelo. La gente te mira como si le estuvieras pidiendo dinero. Todos fijan la mirada en el tablero que marca los pisos para evitar saludar.

Fíjense que, en los casos de sobrepeso en el ascensor, nadie sale de manera voluntaria. Solo cuando alguien grita «esta vaina se va a trancar», es cuando el más temeroso abandona su trinchera, refunfuñando porque el último que entró y causo el desbarajuste, se hizo el loco.

Otro caso. El «por favor» era el aceite que engrasaba la maquinaria social. Antes, si querías que alguien te pasara el agua, decías: «Disculpa, ¿podrías ser tan amable de pasarme la jarra de agua, por favor?». Era un ritual que honraba la buena educación. Ahora, solo lanzas al aire una orden disfrazada de pregunta y sin destinatario específico para evitar el «por favor» y «las gracias». Solo gritas «¿y el agua?», esperando que un voluntario, que no miraras a la cara, te la sirva.

Ni hablar de nuestro comportamiento como conductores. Desde hace mucho tiempo el tránsito ha sido un caos, pero existían reglas no escritas que se cumplían pacíficamente. Por ejemplo, en un cuello de botella donde se estrechaban dos vías en una sola, la solución no verbalizada era el paso de uno por fila.

Era algo ordenado, espontáneo y sin necesidad de un fiscal de tránsito que dirigiera el paso. Hoy, si te descuidas, se te cuelan 3 o 4 vehículos cuyos conductores se te enciman con actitud amenazante, esperando tu reacción para lanzarte el carro.

Otro asunto es cuando te atreves a piropear a una dama diciéndole que está bella. La elogiada, acostumbrada a la falta de caballerosidad, pensará que el piropeador tiene intención de merendársela y te puede demandar por acoso. Lo cumbre es que, si eres cortés y ella percibe que no hay segundas intenciones, sospechará entonces que se te moja la canoa. De tal manera que, con cualquiera de las dos percepciones, salimos nosotros, los corteses, trasquilados.

*Lea también: Cómo identificar a un chismoso, por Reuben Morales

Mis queridos lectores, no tengan miedo. Nunca la cortesía fue signo de debilidad. Siempre se ha usado para convivir sin matarnos. Perderla no nos hace más modernos ni más Slay; por el contrario, nos convierte en una versión malhumorada y maleducada de nosotros mismos. Si alguien te cede el paso, te abre una puerta o te dice «gracias», no llames a la policía. Quizás, simplemente, quieren ser amable contigo.

 

Tulio Ramírez es abogado, sociólogo y Doctor en Educación. Director del Doctorado en Educación UCAB. Profesor en UCAB, UCV y UPEL.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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