La Constitución como ruta industrial, por Jhonny Magdaleno
Los trabajadores carabobeños seguimos de pie, con la frente en alto y la memoria intacta. Somos los mismos que antes, durante y después de la histórica jornada del 28 de julio cumplimos de manera inquebrantable con nuestra patria.
Si cuidamos con celo cada centro electoral y defendimos cada acta, no lo hicimos por un simple apego al ejercicio del voto; lo hicimos porque entendemos cabalmente que sin un cambio político real no existe futuro posible para nuestras familias, ni viabilidad para nuestras fábricas. Participamos activamente porque tenemos la profunda convicción de que la democracia es la única herramienta capaz de encender, de una vez por todas, las chimeneas apagadas de Valencia.
Sin embargo, para reconstruir el mañana, primero estamos obligados a reconocer con crudeza la magnitud del daño infligido a nuestra clase obrera. Carabobo, el estado que con orgullo llegó a ser llamado la «Detroit de Venezuela» por su pujanza indomable, se ha convertido hoy en un doloroso testimonio de persianas abajo.
Las cifras del desmantelamiento productivo hablan por sí solas: en enero de 1999 la región vibraba con aproximadamente 5.000 industrias y fábricas activas que daban sustento a más de 500.000 trabajadores entre empleos directos e indirectos. A la vuelta de más de dos décadas, el panorama es desolador. Hoy apenas sobreviven unas 600 empresas de todo tamaño, sosteniendo a duras penas entre 50.000 y 70.000 empleos directos. Detrás de este frío balance se esconde el drama humano de más de 400.000 puestos de trabajo destruidos.
Esta catástrofe no discrimina y mantiene heridas abiertas en los sectores más estratégicos de nuestra economía. El golpe más bajo lo recibió el sector automotriz, cuya pérdida de capacidad de ensamblaje roza el 100%, transformando las plantas que una vez movilizaron al país en galpones vacíos.
El sector cauchero corre con una suerte similar; factorías emblemáticas que calzaban el transporte nacional operan a una fracción mínima o cayeron en transiciones opacas que sembraron incertidumbre, abriendo las puertas para que el mercado sea inundado por neumáticos importados de China. Al mismo tiempo, el sector farmacéutico y químico ha tenido que mutilar sus nóminas a la mitad, asfixiado por la competencia desleal de productos importados terminados que sepultan la manufactura hecha en casa.
Incluso el debate salarial actual encierra una trampa de falsa ilusión. En enero de 1999, impulsado por robustos contratos colectivos metalmecánicos y automotrices, el salario promedio de un trabajador industrial oscilaba entre los 450 y 600 dólares mensuales en bolívares de la época.
Aunque el ingreso manufacturero privado promedio aparente rondar los 350 a 500 dólares, el poder de compra real es drásticamente menor debido a la feroz inflación en divisas que devora la economía interna. El dinero rinde menos y las necesidades básicas pesan más.
¡Esto tiene que cambiar radicalmente! Nuestra propuesta como clase trabajadora no persigue milagros ni prebendas; exigimos la restitución de los estándares de vida que nos fueron arrebatados, y el único camino transitable para lograrlo es el estricto respeto a la Constitución.
La Carta Magna es la única garantía real para que retorne la confianza jurídica, regrese la inversión privada a gran escala y el Parque Industrial de Carabobo vuelva a ser el motor de reconstrucción nacional. Pedimos simplemente ley, orden y el derecho consagrado a trabajar de manera productiva.
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Para nosotros, reactivar la economía no se limita a poner en marcha una máquina o aceitar un engranaje; se trata, en esencia, de rescatar la dignidad del trabajador. Exigimos bienestar formal y salarios dignos que liberen a la familia carabobeña de la humillante disyuntiva de elegir entre comprar comida o calzar a sus hijos.
Tenemos la fuerza, el conocimiento y la voluntad para levantar el parque automotriz y recuperar nuestras empresas. Vamos a demostrarle a Venezuela entera que Carabobo sigue siendo el corazón industrial de la nación.
¡Por el regreso definitivo de nuestra industria!
¡Por el respeto irrestricto a la Constitución!
¡Que viva la clase trabajadora de Carabobo!
Jhonny Magdaleno es secretario general de Fetracarabobo
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