La ciudadanía tiene que recuperar su protagonismo, por Gonzalo González
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La circunstancia de que los sucesos del 3 de enero pasado no generaron un alzamiento militar acompañado de masivas movilizaciones populares contra el régimen ha marcado el devenir que se está viviendo en Venezuela. Ciertamente, ha comenzado una nueva situación que podríamos caracterizar como el comienzo de un incipiente poschavismo.
En este escenario, los Estados Unidos (EEUU) tienen una influencia determinante en el presente y el futuro que pueda emerger y cristalizar. Esa influencia se ha visto potenciada por las ausencias arriba glosadas y es menester por realismo y pragmatismo adaptarse a ella y tratar de alinearla hacia los intereses nacionales: la vigencia efectiva de la Constitución y la superación de la emergencia humanitaria.
El Gobierno de EEUU decidió que lo más conveniente, para evitar un vacío de poder que propiciara ingobernabilidad y caos, era que Maduro fuese sustituido por un interinato presidido por su vicepresidenta. Con el mandato expreso de desmontar al régimen chavista y crear las bases para una transición hacia la normalización del país.
Incluso, han establecido un proceso de tres etapas para la materialización de esos objetivos. Y expresado con claridad que la inobservancia de ese mandato por parte del interinato supone para quienes están a cargo del mismo una situación similar a la de Maduro y Cilia.
Como consecuencia de lo anterior, el destino del país está en manos de EEUU y de un gobierno chavista tutelado por el imperio. Por ironías de la vida, estos feroces antiimperialistas han devenido en instrumentos —o títeres, para usar su discurso— del imperialismo.
No me vengan con el cuento de la resiliencia y capacidad de sobrevivencia y adaptación del chavismo a circunstancias adversas. Su situación actual no es la misma de sus crisis anteriores (2002, 2015, 2024).
El proyecto chavista de dominación luce amortizado porque su régimen carece de legitimidad de origen y gestión, es rechazado por una enorme mayoría social y es incapaz de enfrentarse con éxito a los EEUU —un enemigo que se buscaron por dogmatismo, torpeza y errores de cálculo—.
Sin embargo, lo anterior no descarta que traten de aprovechar la situación de encontrarse todavía al frente del Estado para maniobrar en función de prolongar su continuismo satisfaciendo la visión transaccional de la administración Trump. Sobre todo en el terreno de la economía —en particular en lo que se refiere al petróleo y otros commodities—, así como de apostar a que el tiempo y otros compromisos y retos de EEUU ocupen su atención rebajando la importancia del caso venezolano.
La sociedad venezolana, decidida partidaria del cambio político, como lo demostró la votación del 28 de julio de 2024 y lo ratifican recientes mediciones de opinión, no puede ni debe resignar su futuro a la voluntad de EEUU y del chavismo.
Es necesario que la ciudadanía en su conjunto (sectores políticos, sociedad civil organizada y organizaciones sociales) retome progresivamente el protagonismo que fue decisivo en los años 2023 y 2024 para ganar la elección presidencial. En esta ocasión, para presionar de todas las formas posibles para lograr el cambio político.
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Hay que persuadir al Gobierno, al Congreso, a las empresas y a la opinión pública de EEUU de que solo la conversión del Estado venezolano en uno democrático garantiza que deje de ser forajido y proporcione garantías institucionales sostenibles para invertir con seguridad en su economía.
A lo interno deben empezar a movilizarse exigiendo: que se cumplan los plazos del interinato, la liberación plena de todos los presos políticos, el desmontaje del aparato de represión que sustenta el terrorismo de Estado y la derogación de toda la legislación sobrevenida que anula las libertades y garantías del estado de derecho, con avances firmes hacia la reposición de los derechos humanos establecidos en la Constitución.
Gonzalo González es politólogo. Fue diputado al Congreso Nacional.
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