La casa de Morel, por Marcial Fonseca
Como consecuencia del reciente terremoto en Venezuela, un avanzado estudiante universitario de Letras anduvo moviéndose entre los escombros en la parte norte de El Ávila como si estuviera buscando seres humanos vivos para rescatarlos; pero en verdad lo que quería era ubicar una casa solitaria para quedarse con ella.
Estuvo dos días seguidos en ese macán; de hecho, una estación de televisión insinuó que debía ser condecorado por su loable labor. Y tuvo suerte; consiguió una vivienda con apariencia de antigua, pero muy bien construida y equipada, y que la pátina del tiempo indicaba que tenía años abandonada.
Rápidamente se percató de que la casa fue la inspiración de la noveleta La invención de Morel; inspeccionándola, consiguió el receptor y proyector usados por el protagonista, y no pudo aguantar y puso su mano derecha debajo de la luz, la sacó y colocó la izquierda; por alguna razón, las manos fueron replicadas con tres dedos menos; aunque los otros eran muy activos, se podría decir que hasta juguetones. Claramente la máquina no copiaba bien.
Al estudiante se le ocurrió una idea, y en aras de ella, empezó por entrenar a las manos; y eran muy rápidas aprendiendo cualquier actividad en que eran instruidas.
Luego se buscó unos maletines de médico y las enseñó a que metieran en ellos libros, cosas pequeñas como arepas, latas de comida; luego de pocos días, ya estaban bien enseñadas.
Esperó el viernes, ya que venía un fin de semana largo por ser el lunes Día de la Raza, para dar el golpe que tenía semanas rumiándolo. Era asaltar un banco.
Una vez dentro de este, puso las manos a trabajar, y él vigilaba el tiempo, a la vez que los maletines iban siendo llenados de billetes.
Apenas el miércoles, ya que el martes fue de sorpresa ante el desorden con que consiguieron la caja fuerte, fue revelado el robo y todos quedaron sorprendido por la harta cantidad de dinero desaparecida.
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Los detectives estaban sorprendidos por lo inmaculado de la escena del crimen; les llamó la atención la cantidad de huellas dactilares en los mesones, rejillas, picaportes y que contrastaba con las que había en el suelo: solo las de un par de zapatos. Algo no cuadraba.
Más tarde, los de Dactilografía dieron con algo muy inusual: las huellas dactilares, muy claras, eran todas iguales; es decir las de una mano era igual a las de otra mano cualquiera, con lo que los pesquisas infirieron que habían usados guantes, pero no entendían cuál era el propósito de que todos los guantes dejaran las mismas huellas, o profundizando, por qué hacerles huellas.
Buscando tranquilidad, el estudiante regresó a la casa de Morel; cansado como estaba, llegó durmiendo. Pasada la una de la madrugada, dos manos que estaban extraviadas en la residencia se acercaron a él y lo estrangularon. Nunca lo consiguieron.
Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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