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La brutalidad como consigna, por Leandro Area Pereira



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La brutalidad como consigna
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Leandro Area Pereira | @leandroarea | julio 13, 2021

Twitter: @leandroarea


La sociedad venezolana se asoma secuestrada a través de los barrotes de la realidad impuesta por el poder. El mundo se ha acostumbrado a mirarnos así. Maniatados de manos, pies y pensamientos, vamos dejando de existir a merced de nuestros quejosos pesares náufragos.

Da vergüenza escribirlo. Es verdad, pero ya se ha hecho costumbre afirmar que después de tanta lucha por libertad, justicia, salud, educación, actividad productiva o empatía con nuestros semejantes, nos hemos convertido en fantasmas inservibles que pueblan el desván ocupado por otros trastos fracasados.

Pensar, actuar, comunicarnos o cambiar de lugar, son ejercicios peligrosos propensos al peor de los destierros. Ni qué decir de la indiferencia o el descreimiento que suelen ser a veces caminos aprendidos, exilios interiores, en el adestramiento cotidiano de la frustración colectiva.

Vivimos en el aturdimiento de tiempos impuestos por la ignominia. En ello fantaseamos estados de normalidad, a sabiendas a veces de nuestro autoengaño, que se distraen entre lo memorioso de ingrávidos recuerdos personales de perfumado pasado, u otros caminos políticos que por complacientes no hacen sino convalidar el destino presente.

*Lea también. Vamos bien encaminados, por Manuel Figueroa Veliz

La realidad, otra vez ese muro, se impone como catedral muda y sorda sin santos esquineros a los que prender vela en busca de esperanza.

No queda duda de que la brutalidad se ha impuesto como ejercicio social y constante; la brutalidad como fórmula; cual imposición cultural; expresión soberbia de nuestra destrucción; paradigma adquirido por las palabras, los gestos, los sentidos; obra y maniobra para hacer posible e imponer la condición de esclavo/amo, el goce del premio a cambio de la sumisión o el juicio implacable del castigo frente a la desobediencia. La risotada indemne de la humillación.

Lo que practicamos en la vida real no es ejercicio de deberes y derechos sino expresión de una permanente insatisfacción provocada y calculada de angustia, miedo, oscuridad; ejecutado plan desde amplias oficinas acondicionadas a tal fin.

Lo que estamos viviendo es el desplante, el desdén de la brutalidad como forma de percibir y entender al otro; como cartilla para que aprendas que estás a merced de los que mandan, que ya no se sabe ni quienes, y que así se exhiben sin pudor ni matices pues se sienten seguros en un mundo de impunidades compartidas entre cófrades, compadres y compinches.

En esa realidad es donde pensar es un peligroso lujo y guarecerse una necesidad impostergable. No hay frontera segura, pues el miedo ha construido territorio por doquier.

Estamos pues en presencia de selva que nos traga. Y esa brutalidad va creciendo, exhibida o agazapada, rápida o lenta, a raudales o a cuentagotas, en ciudades y campos, en fronteras y centros, en escuelas y parques, que ya no hay resquicio por donde no se reproduzca su veneno. Si seguimos así dejaremos de existir hasta como vergüenza. Seremos polvo irremediable, olvido ni siquiera.

Cómo contarle esta debacle a los que vienen; cómo explicar que no fuimos nosotros, que esto pasó y no construimos un válido camino, apropiado, aunque fuera, para salir de esta maraña. Cómo no decirnos estas cosas para tratar de curarnos juntos en voz alta, porque coreando a don Quijote les recuerdo que por sobre todo, «…no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida».

Leandro Area Pereira es escritor, profesor y diplomático.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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