Justicia, por Fernando Rodríguez
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La justicia sintetiza de tal manera los valores morales y políticos de la especie que ha dado lugar desde el inicio del tiempo humano a innúmeros tratados, que seguirán proliferando sin cese, a instituciones y leyes que la encarnan, a eruditos del más alto nivel y a oficios complementarios para su ejecución. Sintetiza la moral y la libertad. Sin ella la sociedad sería aquella guerra de todos contra todos, el caos, de que nos habló Hobbes. Pero no vamos a extraviarnos en semejante tema inagotable, de diversas formas todos sabemos lo suficiente de ella.
Lo suficiente como para caer en cuenta que ella brilla por su ausencia en lo que debatimos hoy para supuestamente iniciar nuestro difícil ascenso a la democracia, a ese estadio social que nos hurtó una banda de forajidos desde hace ya mucho, demasiado tiempo, décadas.
Se habla de libertades, de pensamiento, de expresión, de reunión y manifestación, de instituciones y mecanismos para expresar la voluntad soberana… pero no se habla de hacer justicia a aquellos que han violentado las leyes y normas fundamentales que atañen a los derechos más esenciales de este país a la deriva, todavía sin norte.
Tomemos para concretar el diálogo que se inicia estos días, entre el fantasma de una Asamblea extinta fácticamente y el de otra decretada fraudulenta por el mismo convocante y director de orquesta, Estados Unidos. Curiosa pelea de sombras. Pero en todo caso forcejeo ideológico que indica una igualdad de roles, sin la cual sería un sinsentido.
Igualdad entre los que han masacrado este país por casi tres décadas y quienes representan, más mal que bien, la sociedad agredida y martirizada. Ambos gozan del mismo tono de voz y derecho a voto y se supone que se trata de llegar a juntar opiniones, a acordar, en pro de la paz y la armonía societarias. Lo que no suena mal, pero sin duda algo falta. La justicia, justamente.
No es posible que aquellos que tumbaron el producto bruto en 80 puntos, más simplemente nos arruinaron. Mi salario de profesor universitario de toda una vida refleja esa proporción y así la de todos los venezolanos que vivían de su trabajo, la ruina.
O que nueve millones de venezolanos se fueron del país a buscar qué comer, uno de los éxodos mayores de la humana especie. Y otros muchos, miles, fueron hechos presos y torturados o asesinados por disentir. Y hubo una sola palabra, en los medios y hasta en las calles. Y se burló la soberanía, expresada en el voto, la última vez sin ningún recato.
Y se robaron varios centenares de miles de millones de dólares, quizás como nunca en el subcontinente. Paremos, usted lo sabe, usted lo padeció y lo padece, usted vivió esa obra histórica.
Ahora bien, nada se oye –¿usted oye?– sobre justicia a los criminales. Muchos de ellos ya juzgados y condenados por el gran titiritero que hoy nos manipula sin vergüenza, sinvergüenza. Por la cabeza del ministro del Interior, Cabello, se ofrecen 25 millones de dólares y 15 por la del de Agricultura, antes de Defensa, Padrino, 15.
Pero no, no es tema de la conversa. No es tema del amo que teme que se irriten y perturben lo que importa, la sumisión que permite los negocios grandes.
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La ley, que hemos de cumplir, es la virtud socializada. La moral que, incluso, permite el diálogo entre iguales, la sociabilidad. En su nombre yo reclamo mi sueldo, mi miseria. Usted reclama su hijo baleado o encarcelado. La familia el padre peregrino, lejano. Su hija que murió de mengua en un hospital astroso. El mozo apenas lee y trafica coca.
Pero eso no lo paga el que esconde millones y millones. No lo pagará nadie si no reclamamos eso… justicia, ni un poco más. Solo justicia.
No somos ingenuos, en todas las transiciones puede ser tal el desarreglo, el sacudón, que suelen escapar para siempre cantidad de malandros y su botín. Y eso cuando se les busca y acosa. Qué ha de ser cuando un tío de la misma calaña, y de un poder sin límites, les cede el poder de transición, los alaba y camela, y los hace sus compañeros de negocios.
Tal parece lo que nos toca vivir en Venezuela supuestamente liberada, supuestamente camino de la democracia. La patria mía y la suya.
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