Injusticias históricas, por Aglaya Kinsbruner
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Una de las calles más angostas del mundo se encuentra en París. Se llama la Rue du chat qui peche, la calle del gato que pesca y tiene un ancho aproximado de unos 1,80 mts. ¿A qué se debe tan extraño nombre? Los únicos datos que tenemos al respecto son como de leyenda, una leyenda en realidad muy antigua que nos refiere al siglo XVI.
Había una vez, un alquimista que compartía vivienda con un gato negro al cual quería mucho. Ese gato negro tenía una extraña costumbre. Se dirigía todas las noches al Río Sena a pescar. No sabemos si al alquimista, distraído con sus probetas y filtros mágicos, no le alcanzaba el tiempo para prepararle una buena comida pero lo del gato era pescar en el río de noche con un método muy sencillo. Metía las paticas en el agua, una por vez y así mismo sacaba un pez, convertido al momento en pescado, y se lo comía en el lugar sin sacar piel ni espinitas.
Unos estudiantes que paseaban por el Sena de noche lo vieron, observaron y pensaron que era el diablo. Lo mataron y dejaron en la misma ribera del río. Los vecinos lo echaron de menos, le tenían cariño, pero nadie pensó en darle cristiana sepultura. Y ¡menos mal no lo hicieron! Porque al rato reapareció el alquimista que se encontraba desaparecido y luego el gato frotándose cariñosamente contra él en la ventana. Así pasaron a la historia en el nombre de una calle.
Eso de pasar a la historia a veces conlleva a todo un rosario de mentiras. Como le sucedió dos siglos más tarde a la pobre María Antonieta de Austria. Cuentan que cuando hubo una terrible hambruna en Francia, había sublevaciones por doquier. Ella, extrañada por las revoluciones visibles, más las invisibles, preguntó qué le pasaba a la gente. «No tienen pan» le dijeron. «Qu’ils mangent de la brioche» «Pues que coman brioche» dicen que dijo. Eso cayó muy mal, pero ¿Cómo podía ella entender algo así?» Estaba acostumbrada a desayunar con su típico Kipferl y al no encontrar nada parecido en Francia mandó a traer de Austria su chef favorito. Los chefs locales no quisieron aprender de él, hubo trabas lingüísticas, los franceses siempre se resisten a otros idiomas, además el kipferl tenía muy poca mantequilla para su gusto y de estas trabas y otras nació el croissant.
Pedimos perdón por la digresión motivada sin duda por la gula porque ambos son muy sabrosos, el kipferl y el croissant. Con respecto a lo que pudo decir o no María Antonieta hay que tomar en cuenta que no era querida en Francia como no lo eran los austríacos en general. Y además lo que uno dice, parece mentira, siempre pasa por el filtro de lo que quiere oír quien escucha.
Sin embargo, aquí nos vemos obligados a pausar porque según los historiógrafos ella nunca dijo tal cosa. Se basan en el hecho que esa frase apareció años antes, cuando María Antonieta era una niña todavía, en las Confesiones de Jean Jacques Rousseau. La historiografía, debemos explicar, es una importante disciplina que se encarga de elaborar doctos textos sobre cosas que nunca pasaron o sucedieron de una forma donde la duda prevalece sobre la realidad.
Por ejemplo, ¿qué diría un historiógrafo sobre nuestra situación actual? ¿Hay sublevaciones, manifestaciones a diario, protestas en todo el país? No, por supuesto que no. Periodista que lo menciona, fotógrafo que publica videos donde se demuestran, cronista que lo cuente, terminan como el gato negro. Y los humanos, hombres, mujeres y escribidores, ninguno de ellos tiene siete vidas.
Es más, según los anglosajones los gatos tienen nueve. ¡Tristemente no somos gatos!
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Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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