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Independencia y democracia: mitos pulverizados, por A.R. Lombardi Boscán



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Independencia y democracia: mitos pulverizados
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A.R. Lombardi Boscán | @lombardiboscan | enero 23, 2026

X: @LOMBARDIBOSCAN


Si se siembran tormentas, recoges furias.

El 3 de enero, luego de los bombazos, la soberanía, invocada una y otra vez por el poder patriótico, quedó mancillada. La operación quirúrgica desmanteló la operación patria con su nacimiento en 1811.

De repente, el discurso grandilocuente, con los libertadores recorriendo América como unos maratonistas incansables, se derrumbó en un santiamén. Las bombas cierran un ciclo y desnudan la infamia.

Las nuevas generaciones que nacieron con la hegemonía bolivariana ignoran que la sociedad venezolana, casi de manera unánime, celebró la muerte. Los golpes de Estado de 1992 fueron asumidos como actos purificadores de una sociedad democrática senil sin haber siquiera llegado a la mayoría de edad.

El desencanto de la población aplaudió a los aventureros. Bolívar y los tiranos liberales renacieron bajo la aspiración de poner orden en el desorden. Los militares salían en todas las encuestas con la más alta credibilidad en comparación con el repudio a los dos partidos políticos dominantes en ese entonces: AD y Copei. El patriotismo sin patriotas era un dictamen de los nuevos héroes con sus boinas rojas.

La mayoría creyó en una segunda Independencia. Como si de verdad la independencia en 1811 nos hubiese traído un bienestar social sostenido en el tiempo. De repente, y gracias a los hados de la fortuna, el petróleo nos sacó de la miseria y el pasado fue recubierto de brillo.

La marca Bolívar se impuso desde el lustre épico y marcial. Moral y luces nunca fueron nuestras primeras necesidades. Los civiles eran vistos como débiles pastores de la anarquía. Quien empuñó el machete o los fusiles imponía su propia ley y el orden de los cementerios.

La nueva identidad venezolana (1842), luego del repudio contra la Madre Patria, se convirtió en un fervor colectivo atizado por los caudillos en el siglo XIX y por los partidos democráticos en el siglo XX. La insinceridad fue doctrina. La creencia republicana fue desordenada y con resultados desconcertantes; sirvió como telaraña de un gran disimulo. Nuestra incapacidad para la vida moderna nos hacía avanzar y retroceder.

Destellos de alegría junto a la perenne marcialidad patriótica que servía para blanquear el robo de la hacienda pública y los arrebatos abusivos de la tribu dominante. La «matrix», con partitura nacionalista, fue de consumo masivo. Una simbología de glorias pasadas que no se correspondía con la modestia de los logros en el presente. El autoengaño fue nuestra antiterapia psiquiátrica.

El olimpo de los héroes evitaba la degradación a villanos y traidores. La historia se hizo una convención del Estado y una sombra de la realidad. En esta sinfonía desafinada, las glorias guerreras fueron magnificadas. A los militares, como custodios solemnes del arca fundacional, poco les importó su analfabetismo republicano.

Con el 23 de enero de 1958, hubo una revolución política: la Democracia. Ahí se vislumbra que la Independencia podría convertirse en una realidad histórica tangible y no los simulacros de constituciones violentadas. Que se cediera el poder cada cinco años fue saludable y traumático a la vez. La huella caudillista y militar nunca fue domesticada.

El único partido real que ha tenido Venezuela ha sido el militar. Bolívar mismo lo fundó para ganar una guerra cruel y en la paz nunca supo comportarse delegando el poder a los civiles. Ya hoy, en este 2026, referirnos a la Independencia bajo los auspicios de una tutela extranjera es una paradoja molesta e insultante. Y hablar de Democracia, un idioma chino.

El venezolano aprendió a normalizar el maltrato social y su fatiga histórica es más que evidente. Los que pudieron huir del «holodomor criollo», ocho millones de penitentes, son la prueba del cinismo de una élite rapaz. Se respira una resignación tranquila.

La sospecha de que algo bueno puede suceder sacude a los despojos humanos en que intentaron convertirnos, aunque los indicios de un mapa con sus rutas se muestran ilegibles. Hoy, la Democracia es una exquisitez para una sociedad golpeada por los supuestos defensores de la Independencia y el honor patriótico. Muchos no ven mal a este embrión de una Panamá más grande.

Así sería el descalabro criollo que la narrativa épica quedó por los subsuelos; que las luchas por la libertad fueron más bien un comodín ideológico. Confiamos que una nueva clase política civil, educada y bajo la filosofía de la meritocracia, sea capaz de rescatar el actual naufragio de la simbología nacional. El reencuentro de una salvación de pronósticos reservados.

Independencia y Democracia quedaron en un limbo, desnudas y sin dolientes. La promesa de la mentira se hizo eterna. Se habla mucho de transición y poco de reconstrucción. Y los cimientos, desde hace mucho tiempo, cedieron. De los errores no se puede aprender nada cuando esos errores se niegan.

La guerra civil que fue la Independencia nunca resolvió la conflictividad social cuajada por la desigualdad. Sobre la violencia se desplegó la plegaria patriótica; la encubrió y perdonó. Hoy fue desmantelada sin apenas resistencia.

*Lea también: El peso de la historia en el futuro de Venezuela, por Rafael A. Sanabria M.

Pocos estamos conscientes de la paliza histórica en que nos metieron los Libertadores y sus guerras, y de cómo sus cachorros en el presente siguen siendo adictos a ese funesto plan de torcer la realidad y crear otra paralela.

«La bota no ha sido el guardián de la república, sino su carcelero».

Ángel Rafael Lombardi Boscán es Historiador, profesor de la Universidad del Zulia. Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ. Premio Nacional de Historia. Representante de los Profesores ante el Consejo Universitario de LUZ

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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