Ese falso antagonismo que ves, por Luis Ernesto Aparicio M.
Aunque los autoritarios se publicitan como enemigos irreconciliables, la realidad muestra que funcionan como un bloque. No importa la ideología que digan defender: cuando se trata de mantener el poder, la distancia doctrinaria se vuelve irrelevante y prevalece un instinto compartido de supervivencia.
Es una complicidad falsa, casi siempre subestimada, que opera dentro y fuera de sus fronteras. Y es esta conchupancia, tan pragmática como estratégica, la que está reconfigurando el mapa político global a una velocidad que las democracias parecen incapaces de comprender.
Los ejemplos son numerosos. Allí están Putin y Erdogan: antes rivales en Siria, aliados en energía, socios en controles migratorios, competidores en el Cáucaso y cómplices silenciosos en la erosión del pluralismo. Cada uno denuncia al otro cuando conviene, pero ambos replican tácticas de captura institucional, restricción de prensa y manipulación del sistema electoral. Lo mismo ocurre con Rusia y China, supuestos rivales civilizacionales que en realidad han tejido un cordón sanitario mutuo para evitar que las condenas internacionales por violaciones de derechos humanos lleguen a tener consecuencias reales.
En América Latina, el espejo está más cerca. Hugo Chávez inauguró un modelo que, años después, sería emulado —con matices, pero con el mismo espíritu— por Daniel Ortega, Evo Morales, Nicolás Maduro y, desde otro extremo ideológico, Nayib Bukele. Uno podría pensar que un presidente que se autodefine como de centroderecha, admirador de Silicon Valley y enemigo del «socialismo del siglo XXI», difícilmente copiaría mecanismos de control nacidos de la revolución bolivariana.
Pese a todo, la realidad muestra otra cosa: la captura del poder judicial, la reinterpretación constitucional para facilitar la reelección, el uso del aparato de seguridad como herramienta política y la fusión entre propaganda y gobernabilidad son estrategias compartidas. Entonces, la ideología cambia pero el manual es el mismo.
Y ese manual, conviene decirlo, es profundamente transnacional. Mientras las democracias se enredan en debates internos sobre temas identitarios, fiscales o de representación, los autoritarios perfeccionan el mimetismo. Cada innovación represiva inaugura un nuevo capítulo que otros leerán con atención.
La maquinaria de vigilancia digital china, por ejemplo, ya ha sido exportada a decenas de países. La narrativa rusa de «enemigos externos» ha sido replicada con precisión por gobiernos que necesitan vender la idea de resistencia permanente para justificar abusos internos. Y la capacidad de financiar campañas desinformativas se ha convertido en un servicio disponible para cualquier régimen que lo pague.
La complicidad entre autoritarios no se limita a la imitación. A menudo se protege de manera abierta. Rusia y China bloquean resoluciones contra Venezuela en foros multilaterales. Bukele recibe elogios de líderes conservadores que, mientras condenan regímenes socialistas, callan ante la concentración de poder en El Salvador porque su «mano dura» encaja con sus narrativas. En sentido inverso, líderes que se autodenominan progresistas guardan silencio ante la represión de Ortega o el deterioro institucional en Venezuela porque comparten enemigos y resentimientos históricos.
Lo más interesante —y más peligroso— es la capacidad de simular enfrentamientos. Putin acusa a Occidente de intervencionismo mientras necesita ese enemigo para mantener cohesionada a su población. El conflicto, real o fingido, es parte del combustible del autoritarismo: les permite disfrazar la disciplina interna como acto de patriotismo.
El resultado de esta red flexible y oportunista es claro: el autoritarismo ya no es un fenómeno aislado, sino un ecosistema. De allí la urgencia de ver el panorama completo. No estamos ante autoritarios sueltos, sino ante una comunidad global con intereses comunes, tácticas compartidas y aprendizajes colectivos. Y si la democracia liberal no entiende esta dinámica —si continúa observando cada caso de deterioro institucional como un accidente local—, seguirá reaccionando tarde y a destiempo.
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En el fondo, los autoritarios han comprendido algo que las democracias aún se resisten a aceptar: el poder se protege en bloque. Aunque simulen enemistades, operan como un frente común. Y mientras eso siga ocurriendo, cualquier país que pretenda defender su institucionalidad lo hará aislado, débil y a merced de una red que no descansa y que ya aprendió a sobrevivir mucho más allá de las fronteras ideológicas.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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