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Épica Civil de Juan José Fernández, por Rafael A. Sanabria M.



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Épica Civil de Juan José Fernández
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Rafael A. Sanabria M. | mayo 28, 2026

Correo: [email protected]


Existe una épica silenciosa en los orígenes del deporte moderno que la espectacularidad contemporánea, con su estridencia mercantil y su devoción al espectáculo de masas, parece haber olvidado. Es la épica del cuerpo como primer y único territorio de conquista; el boxeo no como un intercambio de violencia atávica, sino como una coreografía de la resistencia humana.

Adentrarse en la memoria de Juan José «Jota Jota» Fernández es, precisamente, ejecutar un acto de arqueología cultural. Nos obliga a mirar hacia esa Venezuela seminal de principios del siglo XX, un país predominantemente rural que despertaba al vértigo de la modernidad, para descubrir cómo un hombre nacido el 4 de diciembre de 1916 en las tierras de El Consejo, en el estado Aragua, e hijo de la abnegada Antonia Fernández, transformó el rigor, la hidalguía y el aire de su geografía natal en una indomable disciplina del espíritu.

Fernández perteneció a una estirpe en extinción: la de los pioneros de la llamada «Épica de Oro» del pugilismo venezolano. Cuando debutó en 1937, tras haber dejado los valles aragüeños y el cobijo materno para probar suerte en la capital, el cuadrilátero no era simplemente un escenario deportivo, sino un espejo social.

En los tablones del mítico Nuevo Circo de Caracas, hombres como «Jota Jota», Enrique Chaffardet o Simón Chávez no solo disputaban un título; escenificaban las tensiones, los anhelos y la catarsis de una sociedad que buscaba su propia identidad urbana. Aquellos combates, que paralizaban a la nación entera, poseían la gravedad dramática de la tragedia griega.

La prensa de la época retrataba el magnetismo del púgil aragüeño con una prosa que lindaba en lo literario, reconociendo en él a un titán que llevaba el nombre de su lar nativo como un estandarte de honor:

«El entusiasmo delirante que despierta ‘Jota Jota’ Fernández en nuestro primer centro deportivo no es obra del azar. Hay en el muchacho de El Consejo una gallardía pundonorosa, una técnica que se impone y un corazón que no conoce el desfallecimiento sobre la lona del Nuevo Circo». – Crónica periodística de Caracas, septiembre de 1944.

Decir que Fernández ostentó una efectividad de nocaut del 50% en sus combates profesionales es un dato formal de la estadística; comprender que se coronó Campeón de Peso Ligero en 1940 es un hito histórico. Sin embargo, el verdadero valor intelectual de su figura radica en la geometría de su madurez.

El pugilismo suele devorar a sus propios hijos; la literatura y el arte de la época están saturados de la clásica caída crepuscular del ídolo roto. La prensa especializada del continente ya advertía, a finales de esa década, el amargo destino que acechaba a quienes no sabían bajarse a tiempo del ensogado:

«El boxeo es una profesión exigente. Necesita de conocimientos, elasticidad, juventud y reservas. Cuando uno de estos factores suele fallar, se comienza el camino del descenso… Jota Jota Fernández, boxeador venezolano… se encuentra todavía por los cuadriláteros de diversos lugares cercanos a su país natal». – América Deportiva, 16 de agosto de 1948.

*Lea  también: El oficio de los papeles: jurungar el tiempo, por Rafael A. Sanabria M.

Aquel diagnóstico, lejos de ser una esquela anticipada, terminó por agigantar la leyenda civil de Fernández. El hijo de El Consejo subvirtió el trágico determinismo del atleta envejecido.

Su retirada final en 1951, tras la batalla contra Cyril «Easy Boy» Francis, no fue un acto de claudicación, sino la respuesta consciente, digna y lúcida a esa misma advertencia que el tiempo le lanzaba. Saber cuándo bajar del proscenio requiere una inteligencia superior a la necesaria para ganar un campeonato. Al priorizar su salud y su porvenir, Fernández demostró que el boxeo había sido un vehículo de dignificación, no una pira de autodestrucción.

La segunda mitad de su existencia es quizás su lección más profunda y universal, un testimonio de cómo los valores de rectitud arraigados desde su cuna y su crianza aragüeña se mantuvieron intactos en la gran urbe. Fernández no regresó físicamente a su pueblo natal; se quedó en Caracas, la ciudad que adoptó como su hogar definitivo y donde ejecutó una modélica transición hacia la vida civil.

El éxito en sus actividades comerciales privadas en la capital y su estatus posterior como faro de consulta para cronistas e historiadores evidencian que la disciplina del ring puede traducirse en orden ético y solidez ciudadana. No permitió que el pasado secuestrara su presente; no habitó la metrópoli como una vieja gloria nostálgica y decadente, sino como un caballero respetado.

Más allá del frío rigor de los calendarios o de las distancias geográficas que separaron su madurez caraqueña de sus raíces provincianas, el valor de su tránsito vital permanece intacto. Hoy, la figura de Juan José «Jota Jota» Fernández se yergue desde la memoria colectiva hacia el Olimpo de la civilidad venezolana.

Su legado nos confronta y nos reconcilia con una verdad fundamental: la verdadera victoria no reside en la contundencia de los golpes asestados, sino en la impecable elegancia con la que se cuelgan los guantes para vivir con la frente en alto, honrando siempre, desde cualquier latitud, el origen y la dignidad de su estirpe.

 

Rafael Antonio Sanabria Martínez es profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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