Entre primos te veas, por Marcial Fonseca
En la Barquisimeto de los sesenta, él no se perdía una práctica de su primo Cisquito F., más ahora que ya se había hecho público que sería el candidato que acompañaría a la selección venezolana en los Juegos Olímpicos de Roma, en la categoría de boxeo, peso pluma.
Lamentablemente, al final se negó a asistir a la competencia romana simplemente porque tenía miedo a los aviones; y a pesar de que fue decisión suya, lo afectó notablemente. Sin embargo, continuó en su posición como amateur y, de hecho, fue el único que derrotó a Antonio Gómez antes de que este diera su salto al profesional, donde hizo una brillante carrera.
Sus prácticas las hacía cerca de la avenida Vargas, y Cisquito logró reclutar a su primo Drito F. Y como en ellos eran naturales sus dotes boxísticas, el primero tenía mucho tiempo libre, se dedicó a hacer amistades en los alrededores del estadio Olímpico; inclusive, se hizo miembro de la pandilla del Olimpo, hasta culminar en la jefatura de ella.
El primer jefe había introducido la costumbre de usar alias para los que ejercían el mando para evitar que las autoridades los ubicaran.
Mientras tanto, el pariente prefirió moverse por los lados de la carretera que conducía a El Eneal y, al principio de la vía, o sea, Patepalo, logró crear una banda por los alrededores del Hotel Nueva Segovia.
Luego de dos años de operaciones, ya competía en nombradía con la del Olimpo, aunque a él no le llamaba la atención buscar una pelea con alguien cuyo nombre no le sonaba. Sin embargo, los subalternos en cada grupo soliviantaban a ambos jefes para que dirimieran el primer lugar como gamberros, nombre con el que se identificaban desde que oyeron un tango de Carlos Gardel.
Y tanto fue el agua al río, que los jefes de sendos grupos designaron representantes de confianza para que acordaran un encuentro. Las conversaciones se tomaron una semana y fijaron la fecha en la que dos subalternos, uno de cada lado, decidirían qué hacer.
Llegó el día, 11:00 p.m., alrededores del estadio Olímpico. Ambas comunidades iban con una representación de diez personas. Una de ellas preguntó al aire:
–Aquí estamos, ¿quién habla por ustedes?
–Coño, esa es la voz de Cisquito, ¿no?
–Claro que sí, y la tuya es la de Drito.
–Primo, yo pensé que estaba por Caracas, venga un abrazo, no joda –respondió el otro.
Terminaron todos tomando cervezas.
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Marcial Fonseca es ingeniero y escritor
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