En el bejuco estaba el veneno, por Alexander Cambero
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Una barba hirsuta como de profeta bíblico llamó poderosamente su atención. Sus ágiles piernas de nueve años siguieron al monje hasta las afueras del Monasterio de Santa María de Valbuena, en la ribera del Duero en Valladolid.
Su atuendo terroso con un cinturón blanco daba cierta solemnidad a un personaje taciturno que mostraba con dignidad sus votos de pobreza. Aquel fraile de la orden de los capuchinos entró a su claustro devolviéndole al niño una mirada de bondad que transformaría su vida.
Apenas hacía unas décadas que el papa Clemente VII, de la influyente casa florentina de los Médici, había aprobado una orden que buscaba seguir la doctrina de Francisco de Asís, y más cuando, según ellos, los franciscanos habían perdido la idea original, teniendo como gran inconveniente la reforma protestante de Martín Lutero, que era una chispa encendida a punto de pulverizar al bosque.
El Santo Padre, con la bula Religionis Zelus, los empoderó para que asumieran el rescate y fueran al encuentro de los más débiles, haciendo que su doctrina volviera a esas raíces ecuménicas. Ese fue el concepto que esgrimían aquellos hombres en la búsqueda de los pasos desdeñados.
Aquel chaval se dedicó a seguirlos hasta las montañas cuando hacían sus peregrinaciones; le conmovían sus vidas inmoladas que exteriorizaban con evidente integridad y en profundo silencio. Recogían en las huertas para alimentarse de manera modesta. Una existencia dedicada al Señor, pero llevando el extremo sacrificio como cruz.
Un buen día, Miguel se convirtió en uno de ellos. Fray Bertolini de La Sierra y Ontiveros se encargó de su formación durante nueve años. Un domingo 5 de abril de 1538 fue ordenado como hermano de su congregación, pasando a llamarse fray Miguel de Madrid.
Su crecimiento espiritual se hizo notar enseguida. Horas y horas en el claustro estudiando las Escrituras; había renunciado a la vida exterior para interiorizarse en los asuntos del espíritu.
Su mentor conversó con él sobre la posibilidad de viajar hasta América para evangelizar a pueblos aborígenes en abierta rebeldía contra quienes lograron imponer otra visión. En mula llegó al puerto de Palos, el mismo que utilizó Cristóbal Colón en su magistral periplo para viajar hasta el Nuevo Mundo.
Una pequeña maleta con un escapulario y algunos enseres era el equipaje de fray Miguel de Madrid; su fe parecía hacerle honor a su apellido de procedencia árabe que significa «lugar de abundantes corrientes de agua». Ahora el océano impredecible sería el apóstol de la travesía sobre el limbo de su propio destino.
Cuatro meses en una embarcación corriendo numerosos riesgos frente al ímpetu de las olas y la proximidad de piratas franceses que merodeaban como tiburones hambrientos; se multiplicaban las oraciones que alimentaban al espíritu mientras escaseaba el agua y la comida.
Llegaron a La Guaira en un atardecer soleado bajo la visión de una comunidad austera como no habían visto jamás. Atravesaron una ruta un poco nerviosos, pensando en algún ataque de los nativos. Cuatro días en Santiago de León de Caracas para emprender su viaje hasta El Tocuyo.
Les asombraba la exuberancia de aquellos paisajes ignotos llenos de virginidad y pureza, un mundo completamente distinto que se ofrecía sin rubor. Era como si la inocencia se hubiese transformado en aquellos parajes de ensueño.
A la ciudad de El Tocuyo, arribaron con la emoción de lo desconocido, pernoctando en el convento de Santo Domingo, constituido por los hermanos dominicos en 1556, es decir, once años después de la fundación de la población. Era un lugar donde se formaban sacerdotes, servía de escuela y tenía un espacio para viajeros.
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Fray Miguel de Madrid fue directamente a la capilla para orar. Le acompañaron fray Diego de Marchena y fray Agustín Villabañes, como una suerte de entrañables heraldos de la fe. Meses de adaptación y compromiso que se hicieron años.
Los rumores del alzamiento de aborígenes gayones en el valle de Duaca fueron el origen de una cruzada. Aquella comunidad que fue fundada por el entonces gobernador y capitán general de la provincia de Venezuela Francisco de la Hoz Berrios y Oruña, el 24 de junio de 1620, había quedado en desbandada.
Una pequeña iglesia semi destruida era de las pocas cosas que se mantenían. Fue comisionado para que lograse pacificar y refundar al pueblo. Se planificó durante semanas la expedición hasta que un hecho dio un giro inesperado que le costaría la vida.
Se enteró de que dos aborígenes serían colgados por sediciosos. Un tribunal los había condenado a la horca. Al dar cuenta de que era un matrimonio, abogó por ellos, planteándole a quienes impartían justicia que se los llevaría a Duaca.
Las autoridades aceptaron, advirtiéndole lo peligroso que era; el religioso aceptó la recomendación, pero insistió en llevárselos. Al llegar a Duaca se encargó de pacificar a los indios.
El 24 de junio de 1671, refunda a la población introduciéndola en el santoral romano con el nombre de San Juan Bautista de Duaca; aquella comunidad le gustó tanto que se quedó. Viajaba con asiduidad hasta El Tocuyo, pero su raíz se instaló allí.
Los dos aborígenes que había salvado atendían su casa. La mujer le cocinaba, se esmeraba en atenderlo; era alguien con mucha astucia para manejar la situación.
De manera subrepticia fue ganándose su confianza hasta que comenzó a envenenarlo con los zumos de un bejuco del cual conocía sus mortíferas propiedades. Paulatinamente fue sufriendo padecimientos estomacales hasta que murió en 1679.
Su cuerpo fue enterrado en una columna en la pequeña iglesia que consiguió en ruinas. Su tumba está hoy en el hermoso templo duaqueño como testigo mudo de una historia singular.
Alexander Cambero es periodista, locutor, presentador, poeta y escritor.
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