El voto en soledad, por Luis Ernesto Aparicio M.
La obsesión de los autócratas por desmontar lo que queda de la democracia liberal es tan evidente como persistente. Allí donde este sistema sobrevive —aunque sea con dificultad— se convierte en objetivo inmediato de quienes buscan sustituirlo por esquemas de control absoluto.
Sin embargo, la democracia ha demostrado una capacidad de resistencia notable. Aún debilitada, continúa presente, sostenida por quienes siguen creyendo en sus principios. Esa persistencia la convierte en una incomodidad permanente para el poder autoritario: una espina bajo la piel, que no termina de desaparecer.
Precisamente por eso, y porque intentan guardar las apariencias para continuar socavándola, los autócratas no suelen destruirla de forma frontal. Prefieren algo más eficaz: vaciarla desde dentro. Intervienen instituciones, erosionan contrapesos y transforman los mecanismos diseñados para limitar el poder en herramientas para concentrarlo.
Las experiencias de países como Venezuela o Nicaragua lo han demostrado con claridad. El control de los sistemas legislativos y judiciales, la subordinación de los poderes públicos y la colonización de las instituciones son parte de una estrategia sostenida para eliminar cualquier forma de equilibrio democrático.
Después de todo esto, sigue el voto. A diferencia de lo que muchos podrían suponer, el autoritarismo no elimina las elecciones. Las mantiene, las convoca y las utiliza. Se apoya en una idea profundamente arraigada entre muchos ciudadanos confundidos que piensan que, donde hay elecciones, hay democracia.
Pero esa equivalencia es falsa. Un sistema en el que los medios están silenciados, los periodistas perseguidos, la información controlada y las reglas electorales manipuladas no garantiza libertad de elección. Si además se rediseñan circunscripciones y se alteran condiciones de competencia, el resultado deja de reflejar la voluntad real de los ciudadanos.
En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿qué significa votar? Para muchos, la respuesta ha sido el escepticismo o la abstención. Y ese es, precisamente, uno de los resultados que el autoritarismo busca inducir. Porque cuando el ciudadano deja de creer en el voto, el poder deja de ser cuestionado.
Por eso, quienes aún creen en la democracia enfrentan un desafío complejo: defender el voto sin idealizarlo. Entender que sigue siendo necesario, pero que por sí solo no es suficiente. La democracia no es únicamente el acto de votar. Es una arquitectura institucional que garantiza que ese voto tenga sentido.
Cuando esa estructura se debilita o desaparece, el voto queda aislado: sigue siendo importante, pero pierde eficacia. Aun así, renunciar a él no es una opción. Las urnas continúan siendo, incluso en condiciones adversas, uno de los pocos instrumentos disponibles para quienes no controlan el poder. Por eso son manipuladas, pero también por eso siguen siendo relevantes.
El desafío está en comprender esa dualidad: el voto sirve, pero no basta. Es necesario, pero no suficiente. Y quizás, en esa tensión, se encuentre el punto de partida para reconstruir lo que el autoritarismo ha intentado vaciar.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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