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El último día, por Alexander Cambero



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El último día
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Opinión TalCual | diciembre 13, 2025

X: @alecambero


En el último día de mi vida, me serví un buen café. El informe médico hacía constar que al paciente Jack Fernsby, con residencia en la calle New Hall Lane, número ocho de Birmingham, le quedaban horas de vida. Esperé a la muerte sin sobresaltos ni congojas, con la firme sentencia rebosante de solidez; era ridículo ponerse triste cuando todo estaba consumado. Tuve muchos años sufriendo agrios tormentos, que despedirme con los mismos delirios simbolizaba colocar sollozos en el destino de un incurable.

El aromático humeaba, mientras la memoria descubría episodios casi borrados de ella; los recuerdos tienen la gran ventaja de ser fotografías con vida. Los colores son tan hermosos que pocas veces nos muestran algún rasgo de contrariedad. La mente respondía a las órdenes de un general, que comandaba un ejército de encuentros con la felicidad, tan disímil al cuerpo martirizado por una cruel enfermedad; flotaban las remembranzas, atropellándose, como en la búsqueda de ser el primero en la lista que ocultará la esperada sepultura.

Tantos instantes que componen una vida que comenzar por alguno se hace complicado. Los dolorosos siempre están ahí, irrumpiendo con el sabor amargo de la pena, el escozor de lágrimas acumuladas, sueños truncados y expectativas seducidas por el caos; solo sustentan al gran monstruo interior que se alimenta de reiteradas frustraciones.

Son la mirada perdida en el techo convertido en oscuro destino de las miradas de angustia. Esa franja donde rebotan las visiones se mantiene como el cerrojo de una cárcel espiritual, donde yace el hombre sometido al desiderátum de los mil demonios.

Los horrores se multiplican cuando sabes que se aproxima la hora, que tu cuerpo es un amasijo de huesos fruncidos que sufren, ya no resisten las altas dosis de quimio que hacen que la sangre sea hosca como la vileza de los hombres; expelerla muestra la muerte de alguien que arrastra su mal como cadenas que lleva en sus tobillos un condenado. Solo quien tiene este dictamen comprenderá lo que vive un sentenciado; las palabras de esperanza retumban huecas, no calzan algún abrevadero que lleve agua a los labios del sediento; es el desierto indomable con su infinidad de ventiscas que se alzan como murallas impenetrables. Caminos de arena sin dirección fija, un sol ardiente que abraza hasta llenar a la carne de sangre negra, como la que emano sobre las sábanas del moribundo.

El cuadro que exhibo es patético. El atractivo hombre que fui se marchó por el despeñadero al encuentro con un cáncer que no tuvo consideración. Como pude, he colocado mi cabeza sobre la almohada tibia para recordar momentos que atesoro. Casi balbuceando le pedí a una enfermera que abriera las cortinas para ver la vida que se escapaba. Quería disfrutar del solaz esplendor de mi ciudad. Al apagarse la historia, ya el destino tendría para mí el olvido.

El café se hundió en el hastío hasta enfriarse sin penetrar los labios agrietados como la tierra reseca. La muerte se paseaba oronda como una vieja comediante de teatro barato. Ya no cabían las magulladuras en el esquelético cuerpo. Los dolores multiplicados como una procesión de látigos y coronas de espinas.

Cierro los ojos y los mismos no caen pulverizados; quieren que los últimos instantes tengan el fogonazo cruel del designio irreparable. Los pájaros negros revolotean como mariposas luctuosas. Un lacerante dolor en las vértebras hace que sigamos vomitando el viscoso líquido del desgarro de los abismos. El recipiente está rebosado de la sangre medida en costo de vida. Olor a carapacho hediondo mientras en la sala contigua aguarda el ataúd que me llevará al camposanto de Santa María.

Un sacerdote se asoma sigilosamente en el cuarto donde estoy aislado. Espera la mansa entrega del último aliento para proceder con los ritos religiosos. Se acerca para hacerme la señal de la cruz. Mis manos apenas sostienen una estampa de San Patricio, que colocó una joven enfermera búlgara. Unas rosas blancas en la mesa de noche con una biblia antigua seguramente acostumbrada a servir de refugio a los desahuciados.

Ya las voces son confusiones, entre diálogos ininteligibles que inútilmente trato de comprender. Es tan grande la debilidad que no sé dónde terminaré rindiéndome ante la muerte. Cada minuto con vida es un milagro que recojo del cesto que queda. Cada segundo es ir muriendo por pequeñas estampas.

Para los médicos es increíble que siga resistiendo ante semejante cuadro. Sin embargo, sigo entre los vivos, a pesar de la precariedad que presento. El pecho se agita y creo que es el final que trae los clavos de Cristo. La carne impávida escucha al cruel carcelero que trae consigo la sentencia de muerte.

Cuando me hundí en el colchón, sentí que aún continuaba vivo. Hice un esfuerzo sobrehumano, que simplemente fue arrimarme un poco hasta el centro de la cama. Una crisis de tos con ahogos prolongados. La enfermera búlgara de nombre Irina Vlaskova me incorporó hasta que logró estabilizarme.

*Lea también: Si solo ves la discapacidad no estás mirando, por Marlene Fernández del Granado

Viajé en sus ojos hasta el pasado cuando conocí mujeres tan hermosas como ella. Le gustaba susurrarme hermosas palabras que yo confundía con amor. Quería ser adorado por ella en el último deseo de un desesperado. ¿Qué sabor tendrán esos labios, maldito cáncer? Exclamaba, en reclamo, para con la enfermedad que me arrancaba la vida. ¿Quién será en realidad? Me preguntaba, mientras ella cumplía con su deber; yo la imaginaba entre mis brazos. Un desencadenante que, como un cirineo, cargaba una cruz difícil de llevar; las reiteradas crisis las apagaba Irina con su esmero.

Cuán complicadas son las últimas horas. Estaba harto de estos padecimientos tan severos, mi cuerpo agujereado por tantas transfusiones y tratamientos que resultaron infructuosos. Para quien espera terminar sus lazos con la vida, mantenerse en el péndulo de una salida es peor.

Tenía once meses de haber sido diagnosticado. Nunca olvidaré el rostro del médico al observar las pruebas; cuando solicitó una nueva serie de exámenes para descartar el avance de la enfermedad, comprendí que era un hombre muerto. Fue entonces cuando comencé a vivir a través de los recuerdos. No busqué aferrarme a Dios; me quedaba con lo experimentado en cuarenta y dos años de vida. Haber recorrido Europa para descubrirla en las entrañas significaba un ejercicio de libertad plena. Transitar los floridos campos vinícolas franceses, con sus huertas de alegres comensales; llenaron un espacio inolvidable en la memoria que no vulneraba el cáncer.

 

Alexander Cambero es periodista, locutor, presentador, poeta y escritor.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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