El síndrome K, por Aglaya Kinzbruner
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En el mes de septiembre de 1943, el coronel Herbert Kappler, jefe de las SS (Sturmstaffel), la crema y nata del ejército alemán, sentado en su escritorio de la Sede Principal de las SS en la Vía Tasso en Roma, tuvo una idea que en ese momento le pareció genial.
Se puso en contacto con las autoridades competentes y les dijo que les daba 36 horas a los judíos de Roma, del gueto, de Trastevere y de toda la ciudad de producir y entregarle 50 kg de oro. En caso contrario se los llevaría todos para Auschwitz. «¡Qué idea tan buena!» – pensó. Luego se puso a lustrarse las botas de polvo imaginario.
El Vaticano que se entera de todo, no sería el Vaticano, empezó donando 15 kg. Pero, ¿36 horas? ¿Cómo conseguir tanta plata, más bien tanto oro en un país donde lo que más había era hambre pura y dura?
Una vez que Italia se pasó del lado de los Aliados, los alemanes, llenos de rencor, peinaron toda la comarca rodeando Roma y no hubo árbol, viñedo, huerto que pasaran desapercibidos. Kartoffeln, kartoffeln, papas, pedían y el delicioso vino romano de los Castelli.
Mientras tanto en el gueto empezaron a recoger zarcillos, collares, brazaletes, aros de servilletas, todos de oro para fundirlos. Pero todavía la meta de los 50 kg estaba lejos.
Entonces el pueblo de Roma empezó a recoger, monedas antiguas, cubiertos de oro, bandejas y fundieron todo. Finalmente así se llegó a los 50 kg que se entregaron al coronel en 10 cajas. Él firmó recibo por solo 9. ¿Qué pasó con la número diez?
¿Cumplió con su palabra el coronel? Como podía suponerse, no. El 16 de octubre de 1943 entró al gueto y se llevó para ser deportados a 1.024 judíos romanos de un total de una comunidad de unos 12.000.
Paticas, ¿para qué las quiero? Esa misma tarde conventos e iglesias abrieron sus puertas y así se salvaron 4.500. Más de cien también, mediante una estratagema totalmente genial diseñada e ideada por tres médicos italianos, Giovanni Borromeo, Adriano Ossicini y Vittorio Emanuele Sacerdoti.
Y así llegamos poco a poco al Síndrome K. Cerquita del gueto con la mera distancia de un puente, enclavado en la Isla Tiberina, se encontraba un hospital muy grande el Fatebenefratelli dirigido por la Orden Hospitalaria de los Hermanos de San Juan de Dios.
Los que pudieron llegar hasta el hospital fueron acogidos por los frailes que enseguida los llevaron a una enorme sala donde fueron vestidos de blanco y acostados en camillas, una al lado de otra. Hasta ahí llegaron las SS buscando judíos pero fueron espantados por médicos y enfermeras.
«No entren, no entren – gritaron – tenemos una sala con una espantosa enfermedad neurodegenerativa e infecciosa, el síndrome de K, de terrible olor y grandísima mortandad, se pega hasta respirando». Los soldados se fueron corriendo, una cosa es morir por la patria y otra morir solo y apestando.
No sabemos en qué se inspiraron los médicos con eso de la K, pudo ser el bacilo de Koch o la K de Kesselring, pero funcionó. Cuando en Roma se supo que quedaban todavía unos cuantos judíos, el pueblo entero corrió para el gueto y se llevaron todos los que quedaban, mujeres, niños, ancianos, jóvenes, para su casa. Al fin, no quedó nadie. ¡Tremenda sorpresa se llevó el coronel Kappler al día siguiente!
De ese convivir entre salvados y salvadores, nacieron muchos matrimonios, algunos de los cuales se llegaron a Venezuela en los años 50 y fundaron bancos, compañías de seguros, otras publicitarias y entre una spaghettata, y otra contaron sus aventuras. ¿Quién se iba a imaginar entonces que algún día el pillaje volvería a sus vidas y la de sus hijos, en diferentes contextos y circunstancias?
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PD: El gueto romano fue establecido por el Papa Paulo IV en el 1555. Sus muros fueron derribados por el ejército italiano en el 1870 cuando la unificación italiana y los judíos obtuvieron su ciudadanía italiana con todos sus derechos. Hoy en día es un barrio (Rione Sant’Angelo) vibrante lleno de placas históricas conmemorativas y restaurantes deliciosos de cultura judeo-romana.
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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