Alí Babá y la reconciliación, por Aglaya Kinzbruner
X: @kinzbruner
El siglo dieciocho fue prolífico en orientalistas, algunos como Antoine Galland que nos introdujeron a cuentos maravillosos provenientes de la China, India, Persia y el Medio Oriente.
Un ejemplo de estos cuentos se ve representado en Las Mil y Una Noches que, en un principio eran leyendas para adultos que se contaban a la luz de la luna para refrescarse de largos viajes.
Porque, ça va sans dire, siendo estos cuentos para adultos al ser traducidos, y eliminados ciertos detalles eróticos y de violencia, se volvieron fábulas para niños. Traduttore/Traditore, como dicen.
Sin embargo, según una regla cuyo nombre no recordamos claramente, todo largo proceso que nos lleva de una propuesta literaria a otra, puede ser desandado mediante el añadido de los detalles arriba mencionados y Voila, aterrizamos de repente, en el cuento de Alí Baba y los 40 Ladrones.
Alí Babá era un leñador y un día, terminado su día de arduo trabajo, decidió refrescarse a la sombra de un árbol. Éste proporcionaba una hermosa vista hacia el valle y una gran roca.
El ruido de unos cascos de caballos hizo que Alí Babá se reguardara un poco más en la sombra del árbol, desde el cual vio cómo 40 ladrones se detenían frente a la roca.
El que parecía el jefe dijo «Abrete Sésamo» y una puerta escondida dentro de la roca se abrió y ellos entraron.
Una vez descargada la mercancía que llevaban, salieron no sin antes decir «Ciérrate Sésamo».
Alí Babá, una vez idos los ladrones, usó las palabras mágicas, entró a la cueva, cargó sobre su caballo o quizás un asno, unos cuantos sacos de oro y de joyas, no confundir con las joyas de Zapatero que forman parte de otro cuento, uno más contemporáneo quizás.
Al salir volvió a decir las palabras mágicas y se fue para su casa, hecho un hombre rico que, como vimos antes, tan fácil no es ser rico y bueno, pero a veces parece que sí.
Su hermano Kasim escuchó atento la aventura de su hermano y fue a la cueva para hacer la diligencia.
Pero, al parecer no la hizo completa, no pudo recordar el nombre de la semilla, los ladrones volvieron, lo encontraron y lo hicieron picadillo.
Sin embargo, el jefe de los ladrones no se contentó con eso y decidió encontrar a Alí Babá. Una vez supo donde vivía marcó su casa con tiza.
Ahora resulta que Alí Babá estaba casado, eso dice el cuento, y tenía una esclava llamada Morgiana que era muy astuta.
Aquí una pequeña digresión. Si Alí Babá era un hombre casado, ¿para qué introducir el personaje de la esclava astuta? ¿Formaba ella parte de los elementos eróticos, violentos o simplemente misteriosos?
Cierto es que Morgiana marcó todas las casas del pueblo con tiza.
Pero el jefe de ladrones, más diligente que Patrick Jane protagonista de la serie El Mentalista que ahora se puede ver en Streaming, creación del guionista y escritor talentoso Bruno Heller, quien hizo millones con el Mentalista y ganó premios con la serie Roma, el talento no siempre anda de la mano del dinero, volvió a encontrar la casa en cuestión y, por la noche, colocó en la entrada 40 ánforas que contenían a los ladrones a su mando.
Pero ya Morgiana los había visto y tenía que hacer algo ya que ella por razones no bien explicadas ejercía la tutela de la casa.
No más empezó a despuntar el sol se puso a hervir aceite y lo echó en las ánforas dejando a los ladrones literalmente fritos.
Un poco largo el preámbulo, pero llegamos así al primero de Agosto justamente cuando de acuerdo a nuestras últimas lecturas en X va a empezar la Transición dentro del marco de la Reconciliación.
*Lea también: La casa de Morel, por Marcial Fonseca
Con respecto a esta última, muy claro lo dijo el irrepetible y genial Edward A. Murphy (1918 – 1990), ingeniero aeroespacial norteamericano cuyas leyes parecen tener especial conexión con la realidad venezolana:
Si algo puede salir mal, saldrá mal
Todo toma siempre más tiempo de lo que tú esperas
Si una tostada se cae al suelo, ¡siempre lo hará del lado de la mantequilla!
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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