El show de Bad Bunny: ¿Suficiente mensaje para tan poco espectáculo?, por Daniel Morales
El pasado domingo 8 de febrero, el mundo del deporte y el entretenimiento se detuvo para la edición 60 del Super Bowl. En el emparrillado, los Seattle Seahawks lograron imponerse ante los New England Patriots, pero la verdadera batalla de opiniones comenzó cuando las luces se encendieron para el show de medio tiempo.
El protagonista fue el puertorriqueño Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, cuya actuación generó una fractura inmediata en la audiencia global. Para analizar lo sucedido, es necesario separar el evento en dos dimensiones: el trasfondo social y la ejecución del espectáculo.
En los últimos años, el Super Bowl ha dejado de ser únicamente un evento deportivo para transformarse en una poderosa tribuna política. Lo que vimos con Bad Bunny no fue muy distinto a lo ocurrido en 2025 con Kendrick Lamar, quien desafió el status quo de la administración Trump al tocar fibras sensibles sobre el racismo y los abusos policiales.
En esta ocasión, Benito utilizó su plataforma para abordar la crisis migratoria en Estados Unidos. Su mensaje fue una interpelación directa: «Los latinos sostenemos gran parte de tu economía. Ahora, ¿por qué me persigues?».
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Esta crítica al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) se vio respaldada por una escenografía cargada de simbolismo: desde campesinos y electricistas hasta estrellas de la televisión, todos representando el motor hispano que mueve a la nación.
Este gesto fue recibido con profunda emoción por la comunidad latina; incluso figuras del deporte fueron captadas conmovidas ante la fuerza del mensaje. Sin embargo, en el país de las barras y las estrellas, esta politización del entretenimiento sigue siendo un terreno minado.
El espectáculo: una ejecución que quedó a deber
Si bien el mensaje fue contundente, la calidad del show como pieza de entretenimiento masivo dejó mucho que desear. Para un evento que nos tiene acostumbrados a estándares de producción casi sobrehumanos, los 15 minutos del boricua se sintieron planos.
Los números respaldan esta percepción. Aunque el espectáculo capturó la atención de 128,2 millones de espectadores —una cifra sólida para el mercado estadounidense—, no logró entrar en el podio histórico.
Según la NBC, Bad Bunny quedó lejos de alcanzar el tercer puesto que aún ostenta Usher, y muy por debajo de los dos gigantes de la lista: Michael Jackson (1993) y Kendrick Lamar (2025), quien sigue manteniendo el sitial de honor.
Desconexión en el Levi’s Stadium
Uno de los puntos más críticos fue la evidente desconexión entre el artista y el público presente. En un recinto como el Levi’s Stadium, con capacidad para más de 72.000 personas, las imágenes y videos mostraron una realidad cruda: se estima que solo entre 1% y 2% de los asistentes disfrutaron realmente la presentación.
Estamos hablando de menos de 2.000 fanáticos vibrando en un estadio lleno. Esto pone de manifiesto una brecha cultural importante: a pesar de la globalización de Bad Bunny, el fútbol americano sigue siendo un deporte profundamente arraigado en la cultura anglosajona tradicional.
A diferencia del fútbol, el baloncesto o el béisbol, que gozan de una práctica global, el Super Bowl sigue teniendo un núcleo de aficionados que, al parecer, no termina de conectar con los ritmos urbanos del Caribe, calificando la aparición del boricua, en términos técnicos y de energía, como un desastre.
Daniel Morales es estudiante de Comunicación Social-UCV y redactor de este medio.
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