El rescate de los valores ocultos, por Saúl Jiménez Beiza
X: @sauljimenezbei1 | Instagram: @sajidb47
En días pasados, visité un centro de salud alternativa que combina la medicina natural, la agricultura orgánica y la conservación del medio ambiente con una profunda formación espiritual.
Más allá de las terapias, lo que verdaderamente capturó mi atención fue su personal: un equipo de jóvenes, de entre 17 y 23 años, que irradian una mística de trabajo, organización y amabilidad poco común. Estos jóvenes no están allí por azar. Reciben una formación técnica de dos años bajo tutela médica, con un programa acreditado por una institución internacional y el cobijo de una congregación religiosa.
Sin embargo, detrás de su impecable atención, se esconden historias de vida que merecen ser escuchadas para entender el potencial de nuestra sociedad. Suelo conversar con quienes me atienden; me interesa conocer su entorno, sus familias y sus orígenes.
En ese intercambio, conocí a un joven cuya historia es el retrato de la redención. A pesar de haber culminado su formación técnica, aún no puede recibir su título por no haber terminado el bachillerato.
Para lograrlo, estudia a distancia y recorre más de 200 kilómetros cada trimestre para entregar trabajos y presentar exámenes. Al indagar en su pasado, la honestidad fue su respuesta: «Fui una persona desordenada, no escuchaba a mis padres y vivía en la vagancia».
Esa rebeldía lo llevó a abandonar los estudios y a perder el sentido de la vida. Hoy, tres años después de haber sido contactado por otros jóvenes de la congregación, su realidad es otra.
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Se siente orgulloso de su conocimiento, sirve al prójimo con excelencia y ha logrado reconstruir los puentes con su familia.
Este testimonio me lleva a una conclusión urgente: en Venezuela existen demasiados valores ocultos que debemos descubrir y poner al servicio del bien.
La labor de las organizaciones de la sociedad civil es, en un país que se siente «en ascuas», una luz fundamental. Estas instituciones generan educación, profesionalismo y esperanza donde antes solo había desmotivación o abandono.
Logran entusiasmar a una juventud que muchos daban por perdida, integrándolos de nuevo a la ruta del progreso.
No obstante, este esfuerzo no debería ser heroico ni aislado. Es imperativo que existan políticas de Estado que protejan, promuevan e incentiven a estas organizaciones.
La sociedad civil organizada puede aportar al desarrollo económico, social y asistencial del país con un costo mínimo y una mística inigualable.
Resaltar el trabajo de quienes rescatan al ser humano es, hoy más que nunca, una acción en positivo que Venezuela no puede permitirse ignorar.
Saúl Jiménez es presidente de la asociación civil Casa del Nuevo Pueblo-Carabobo/CESAP.
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