El quid, por Aglaya Kinzbruner
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Es un hecho cierto y probado que en tiempos antiguos en Medio Oriente, la antigua Grecia y otros lares, era costumbre horrible e insensata lapidar a las mujeres adúlteras... Cuando esa inicua costumbre llegó a Roma tuvo como cierto descanso. No fue porque los antiguos romanos hubiesen sido una «perita en dulce».
Eran unos señores que solían sobresalir en la disciplina de la ingeniería heredada de los etruscos. Fueron ingenieros etruscos quienes construyeron la Cloaca Máxima y seriamente trataron de establecer un sistema de justicia que funcionara mediante los cónsules, los praetor y otros adalides de la justicia..
Pero llegados al adulterio, tremendo pecado, se pusieron a pensar: ¿con quiénes cometían adulterio las infelices culpables?. Si la mayor parte de los hombres adultos estaban casados, ¿no cometían ellos también adulterio? Y así, entre un sí y un no, se fue enfriando la idea de la lapidación.
Al fin y al cabo, cuando las huestes romanas llegaron a Roma y necesitaron de unas mujeres, ¿no raptaron a las sabinas que vivían en feliz connubio con sus esposos?. Así empezaron los primeros matrimonios «compartidos»..
Habiendo resuelto este primer problema, surge otro. Siempre es así. Se acaba un problema y viene otro. Uno no sabe si el segundo siempre estuvo ahí y no se notaba por culpa del primero, o si la secuencia de los problemas es una ley inflexible de la naturaleza..
Este asunto tan complicado nos recuerda a un historiador romano que no era romano sino por asimilación; de hecho era judío: Flavio Josefo (36–101). Este señor era tan interesante que parecía que siempre estaba protegido por la Providencia. No decimos Divina Providencia porque no sabemos si en verdad era divina y uno nunca debe dar por cierto algo que no sabe.
Dicen que estuvo en una cueva en Jotapata, Galilea, durante la primera guerra judeo-romana (66-73 d.C.) donde él y otros 40 rebeldes se refugiaron tras la caída de la ciudad. Decidieron efectuar un suicidio colectivo —mejor muertos que esclavos— que quizás él manipuló matemáticamente para ser el último sobreviviente.
Se colocaron todos en un círculo y cada uno sucesivamente ejecutaba al siguiente. Eso pasó a llamarse el «problema de Josefo». El resultado dio a Josefo como único sobreviviente. Entonces, se entregó a los romanos.
Lo pasaron a la presencia del general Vespasiano y, al verlo, predijo que algún día sería emperador de Roma. Vespasiano no estaba en la cola de posibles candidatos para emperador y esta revelación resultó turbadora en extremo. Se llevó a Josefo con él a Roma donde le dio casa, le buscó una esposa y le puso una pensión vitalicia.
Flavio Josefo, además de historiador, consejero y adivino privado, le fungió también de traductor ya que dominaba el hebreo antiguo, el arameo, el griego y el latín. Escribió más de 20 volúmenes de historia y una autobiografía.
Fue el único historiador de la época que escribió sobre Jesús, y además con cierta admiración. En el libro 18 de las Antigüedades, en el capítulo 3, Josefo escribió: «Fue un hombre sabio si se puede llamar hombre. Pues realizó hazañas sorprendentes y fue maestro de quienes aceptan la verdad con gusto»..
Ya vimos cómo todos los caminos llevan a Roma, pero para nosotros todos los caminos llevan a Caracas y al momento que vivimos. Y aquí viene el quid de la cuestión: ¿Qué esperan para soltar a todos los prisioneros?.
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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