El país demediado, por Aglaya Kinzbruner
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Debemos admitir, siempre hay algo que admitir, si no miren a un señor llamado el Pollo, siendo más bien gallo que pollo, que está admitiendo cosas ciertas e inciertas, absurdas y probables. El término demediado lo pedimos prestado a Ítalo Calvino, prolífico escritor y autor de una de nuestras novelas preferidas, El Vizconde Demediado. Esta novela fantástica trata de grandes problemas filosóficos como el porqué del bien y del mal y cómo el pueblo puede llegar a despreciar por no poder asimilarlo tanto a uno como a otro. Pero no nos desviemos del tema.
En el siglo XVII el vizconde Medardo de Terralba marcha con su escudero Curzio por la llanura de Bohemia para alcanzar el ejército cristiano enredado en una guerra contra los turcos, con la suerte de que en el primer día de batalla un soldado turco lo derriba del caballo. El vizconde, siempre poco realista, decide seguir luchando a pie cuando un cañonazo turco lo parte en dos. Dividido en dos, se parte en un lado bueno, Buono, y otro malo, Gramo. Los cirujanos militares salvan a Gramo suturándolo a la mitad. Ya medio reconstruido vuelve a Terralba. A Buono lo recogen unos ermitaños que lo cuidan hasta su recuperación. Buono luego de mucho caminar vuelve a casa.
Ahora hay dos vizcondes en Terralba. Gramo, el malo, vive en el castillo y Buono en el bosque. Resulta entonces que el malo es demasiado malvado y el pueblo lo desconoce, y Buono es demasiado bueno con la consecuencia de que el pueblo tampoco lo acepta porque desconfía de él. Los dos se enamoran de Paloma, una campesina que prefiere a Buono, pero acepta casarse con Gramo porque así la obligan los padres. Buono llega primero a la boda y se casa con ella porque Gramo se apersona demasiado tarde. Entonces se da un duelo terrible porque ninguno quiere perder el amor de Paloma.
En el duelo quedan mal heridos los dos y tiene que venir un cirujano para salvarlos. No hay otra manera de hacerlo que unir las dos mitades, así queda un solo vizconde que vive una larga y feliz vida con Paloma.
Pero el país demediado no es de tan fácil recomposición porque las dos mitades no son iguales: una parte es el 70% de la población, buena, quizás demasiado blanda, y la otra es el 30%, quizás demasiado mala. Ya que el desiderátum es que todos sean felices, sería que, al igual que en el caso de los dos vizcondes, viniera un médico, el médico Trelawney en la novela, y cosiera las dos partes para formar una unidad. Siendo esto imposible, se ofreció para solucionar este caso nada menos que el Tío Sam en el genio y figura del capitán Cañonazo del Norte. Este señor tenía las ideas muy claras y concretas.
Sin embargo, se presentó un problema parecido a la muy nombrada carrera entre Aquiles y la tortuga, creada por Zenón de Eléa, discípulo de Parménides, quien no creía en el movimiento. ¿Cómo inventa un señor una carrera cuando no cree en el movimiento? Resulta que Aquiles, hijo de Tetis, narciso como todos los dioses y semidioses, le dio a la tortuga una cierta ventaja para que cuando él llegara al sitio donde ella estaba, ya ella había partido para el destino final. Cada paso que daba (no sabemos la equivalencia entre pasos de cuatro patas y los de dos), era la mitad de la distancia entre el nuevo inicio y la meta. Lógicamente ganó la tortuga por defecto.
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Este fue el problema más difícil para el capitán Cañonazo, quien habiendo cerrado aeropuertos, puertos y demás puntos de llegada y salida ya desde el verano se encontró con que los malos no querían salir y los buenos de afuera no podían llegar. Por eso sus hazañas pasaron a llamarse ¡»Operación Tortuga»!
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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