El ombligo de Adán, por Aglaya Kinzbruner
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Es de conocimiento público y notorio que Adán, no habiendo nacido de mujer alguna, en fin no habiendo sido parido, no debiera tener ombligo. Sin embargo, una vez que me encontraba admirando el techo de la Capilla Sixtina, en el Vaticano, contemplando la escena de la Creación de Miguel Ángel, donde los dedos de Dios casi se entrelazan con los de Adán, escuché la voz de un niño reclamándole a su mamá:
—¿Por qué mami le pintaron un ombligo a Adán cuando él no debía tener uno, habiendo sido creado y no parido?
Nunca olvidaré el rostro de la madre muerta de la pena que enseguida mandó a callar el niño. Sin embargo, el niño, como sucede a menudo, no había dicho sino la verdad. Pero resulta que la verdad, precioso diamante, tiene como este, muchas aristas. Poco se ha hablado, por ejemplo, que los escritores presentan dos aristas interesantes, una es el narrador externo y otra el narrador interno.
El externo presenta su cara, su experiencia, su currículum, su apariencia en tiempo presente que puede ser arreglada o algo caótica. El externo hace vida pública, da charlas, autografía libros, propios y ajenos, en fin, es visible. El interno es justamente lo contrario, es invisible. Se sienta tranquilo a escribir en el computador y el teclado se mueve solito.
¿Y los pintores? Con ellos pasa exactamente lo mismo. Y ahora que se acerca la Semana Santa es interesante observar como hay cierta causalidad en la vida de un gran pintor, Rafael Sanzio porque él nació un Viernes Santo del año 1483 y murió 37 años más tarde otro Viernes Santo pero de 1520. Por algo lo llamaban divino. Los querubines pintados por él son los más pícaros y dulces en la historia de la pintura. Sus vírgenes hicieron historia.
La Madonna di Foligno que se encuentra en el Vaticano tiene una historia extraña y memorable. La mandó a hacer Sigismundo de’ Conti, secretario papal, en agradecimiento a un milagro. Parece que un rayo cayó sobre su casa o también pudo ser un tiro porque Foligno fue asediada, pero a su casa no le pasó nada, ni un rasguño ni una fisura. Sin embargo la historia más hermosa y conmovedora es la de la Madonna Sixtina llamada así por san Sixto.
Se encuentra en el cuadro mirando quizás a un público desconocido, que a finales de la Segunda Guerra Mundial se encontraba en un museo de Dresde (Dresden, Alemania), la Gemäldegalerie Alte Meister. El curador del museo y algunos empleados viendo los incesantes bombardeos, (los famosos carpet bombings) decidieron sacar los cuadros más hermosos y esconderlos en una cantera fuera de la ciudad. Dresde fue casi completamente destruida.
Unos soldados soviéticos, ya casi al final, paseando hacia las afueras de la ciudad vieron algo extraño sobresalir de la cantera. ¡Encontraron los cuadros! Entre los más bellos estaba la Madonna Sixtina de Rafael y la Dama de blanco de Tiziano. Llamaron a un experto en arte soviético, Leonid Rabinovich, quien enseguida los reconoció. A partir de este reconocimiento, los cuadros partieron para Moscú, en particular al Museo Pushkin.
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Pasaron así diez años en los cuales sólo la cúpula reinante tuvo el gozo privado de estas maravillas. Pero como todo cambia sobrevino la decisión que había que devolver esos cuadros. Entonces se organizaron y en pocos días se dio la apertura de esa ala del museo y hubo una total aceptación para todo público. Cómo el pueblo ruso es muy sensible al arte, pasaron ordenadamente por esas salas en unos días más de ¡un millón de personas!
Leonid Rabinovich, justamente quien había descubierto la Madonna Sixtina, dijo totalmente emocionado, después de subir las escaleras de mármol del museo: «Me acerqué a ella con un sentimiento de impaciencia que me tocaba el corazón, como se va a visitar a un ser querido ¡después de una larga separación!».
¿Era un ángel Rafael para ser capaz de desatar emociones tan profundas? En el museo de Villa Borghese en Roma hay un retrato del gran amor de su vida, La Fornarina. ¡Seguramente, ella tendría la respuesta!
Aglaya Kinzbruner es narradora y cronista venezolana.
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