El lado oscuro de Gianni Infantino, por Jesús Elorza
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Cuando el 27 de mayo de 2015 el lujoso hotel Baur au Lac de Zúrich fue escenario de las detenciones que hicieron saltar por los aires la cúpula de la FIFA, el mundo del fútbol creyó asistir al fin de una era. Joseph Blatter, el ajedrecista político que basó su permanencia en la compra de lealtades, se vio forzado a dimitir. Su delfín, Michel Platini, cayó con él. La organización quedó expuesta y sin legitimidad. Fue en ese preciso instante de cenizas institucionales donde emergió la figura de Gianni Infantino.
El entonces secretario general de la UEFA se presentó con el traje de un reformista. Habló de transparencia, límites de mandatos y ética. Pero tras la fachada del burócrata moderno, Infantino comprendió de inmediato la lección más antigua del «Blatterismo»: en los pasillos de la FIFA, la retórica convence, pero el dinero compra la sumisión.
«El dinero de la FIFA es vuestro dinero», proclamó ante el Congreso, prometiendo un aumento drástico en las distribuciones financieras a las federaciones locales. No inauguraba una nueva era; continuaba un sistema donde el desarrollo del fútbol es el argumento perfecto para asegurar votos y perpetuarse en el cargo.
Sombras domésticas y control interno
La gestión de Infantino se ensució rápido. Su nombre apareció en los Papeles de Panamá debido a contratos de televisión firmados en su etapa en la UEFA.
Ya en la presidencia, en 2016, el Comité de Ética de la FIFA lo investigó por el uso discrecional de aviones privados financiados por países aspirantes a organizar el Mundial, gastos personales desproporcionados facturados directamente a la FIFA y el nombramiento sospechoso de altos cargos.
Aunque estas acusaciones fueron archivadas, el patrón de neutralización de la disidencia interna se consolidó. En 2017, Cornel Borbély, jefe del Comité de Ética, fue apartado de su cargo cuando comenzó a indagar si Infantino había maniobrado políticamente para imponer al controvertido Ahmad en la Confederación Africana de Fútbol.
El episodio más turbio ocurrió en 2020, cuando la justicia suiza abrió una investigación penal por reuniones secretas y no registradas entre Infantino y el Fiscal General de Suiza, Michael Lauber. Aunque el caso se cerró en 2023 sin cargos criminales, la señal fue contundente: el reformista prefería los pactos en la sombra.
El fútbol al servicio de la autocracia
El verdadero giro de Infantino ocurrió cuando trasladó su tablero de operaciones a la geopolítica de los Estados autoritarios. El Mundial de Rusia 2018 fue el bautismo de fuego de una estrategia clara: alinearse con el poder estatal y complacer al autócrata de turno.
Infantino tendió una cortina de humo sobre el régimen de Vladimir Putin, ignorando las violaciones de derechos humanos a cambio de la Orden de la Amistad de la Federación Rusa en 2019. El fútbol se convirtió en la herramienta perfecta de lavado deportivo (sportswashing).
Este libreto alcanzó niveles paroxísticos en el Mundial de Qatar 2022. Ante el clamor internacional por la explotación de miles de trabajadores migrantes, Infantino acusó a Europa de «hipocresía» occidental y se declaró ciegamente alineado con el emirato.
El triunfo definitivo de este modelo llegará con el Mundial de Arabia Saudita 2034. En una maniobra de ingeniería burocrática, la FIFA eliminó cualquier proceso de licitación competitivo y entregó el torneo en bandeja de plata al Reino saudí, normalizando un régimen autocrático a cambio de contratos milmillonarios.
Un estudio del periodista Anders Dehn para la revista Josimar desveló que Infantino posa casi el triple de veces junto a líderes autoritarios que al lado de mandatarios democráticos. Esta fascinación explica su sumisa relación con Donald Trump de cara al Mundial de 2026. Infantino ha elogiado al magnate sin pudor, usando gorras políticas y actuando como un cortesano político.
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Regreso a la Torre Trump
Hay círculos que se cierran con una irónica macabra. La gran investigación del FBI que en 2015 desmanteló la vieja FIFA comenzó gracias a los informes de Chuck Blazer, el corrupto secretario general de la Concacaf que guardaba sus secretos en la Torre Trump de Nueva York.
En julio de 2025, bajo el mandato de Infantino, la FIFA inauguró oficialmente sus nuevas y flamantes oficinas neoyorquinas precisamente allí, en la Torre Trump. Tras una década de promesas de regeneración, la FIFA ha regresado físicamente al kilómetro cero del escándalo.
El viaje de diez años no transformó a la institución; solo perfeccionó sus mecanismos. Gianni Infantino apagó el fuego de 2015 no para limpiar la casa, sino para reconstruir sobre sus cenizas un imperio más hermético, inmune a la fiscalización y profundamente cómodo en los salones del poder autocrático. La «Nueva FIFA» resultó ser, al final del día, la versión más sofisticada y peligrosa de la vieja.





