El humanismo frente a la instrumentalización política, por Samuel J. Pérez Hermida
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En los últimos años, el mundo ha sido testigo de un retroceso democrático marcado por el auge de gobiernos autoritarios y personalismos políticos. Este fenómeno, que se extiende por todos los puntos cardinales, sin dejar por fuera a América Latina, está erosionando los valores de la convivencia y el pluralismo, mientras las referencias ideológicas históricamente tradicionales, izquierda, centro y derecha, se desdibujan en escenarios cada vez más pragmáticos y polarizados.
En este contexto, los recientes terremotos ocurridos en Venezuela y Colombia han puesto en evidencia no solo la fragilidad de las sociedades humanas frente a la naturaleza, sino también la miseria ética de ciertos actores políticos que buscan capitalizar el dolor humano para favorecer sus particulares intereses.
Resulta particularmente indignante observar a algunos actores del chavismo sobreviviente en Venezuela intentando comparar ambas tragedias con el único propósito de deslegitimar al nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella. Como socialdemócrata, debo decir que no me simpatiza el señor de la Espriella, muy por el contrario, en mi opinión él encarna una seria amenaza para nuestra región, dado que parece reproducir y representar modelos autoritarios como el de Trump o Bukele.
Sin embargo, desde el punto de vista del humanismo, el comportamiento político asumido por el chavismo ante los sismos en Colombia y Venezuela me parece simplemente miserable, porque convierte la desgracia en un instrumento de propaganda, despojando a las víctimas de su dignidad y reduciendo su sufrimiento a un argumento acomodaticio.
La ética humanista exige que, ante la catástrofe, la prioridad sea la solidaridad, la empatía y la acción efectiva para salvar vidas y reconstruir comunidades. Utilizar la tragedia como arma política es, en cambio, una traición a esos principios.
La comparación entre las respuestas estatales en ambos países refuerza sin duda esta crítica. En Colombia, la atención a la emergencia fue rápida y efectiva, con despliegue inmediato de recursos y coordinación institucional entre los distintos niveles gubernamentales. En Venezuela, por el contrario, la respuesta fue lenta, fragmentada y marcada por la precariedad de un Estado prácticamente devenido en fallido por años de corrupción y autoritarismo.
Pretender equiparar ambas realidades no solo es falaz, sino que evidentemente trata de invisibilizar la responsabilidad de quienes han gobernado Venezuela durante casi tres décadas, profundizando las condiciones de vulnerabilidad que hoy agravan el impacto de cualquier desastre natural en nuestro país.
Desde una perspectiva ética, el humanismo nos recuerda que la política debe estar al servicio de la vida y la dignidad humana. Cuando un actor político utiliza la tragedia para atacar a sus adversarios, está negando esa premisa fundamental. La instrumentalización del dolor colectivo degrada el debate público y erosiona la confianza ciudadana, porque transmite la idea de que el sufrimiento humano es negociable, intercambiable y manipulable según las conveniencias del poder. Esa lógica, profundamente inhumana, es incompatible con cualquier proyecto político que aspire a la justicia y a la democracia.
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El verdadero desafío que enfrentan nuestras sociedades no es solo abordar la devastación causada por los terremotos, sino reconstruir la ética pública. La solidaridad no debe ser selectiva ni estar condicionada por la ideología, debe ser universal y desinteresada.
La tragedia, en su crudeza, nos recuerda que todos somos vulnerables y que la política, si quiere ser legítima, debe responder con humanidad. Quienes convierten el dolor en arma política se colocan fuera de ese horizonte ético y revelan, en última instancia, la miseria moral de su proyecto.
Samuel José Pérez Hermida es sociólogo. Profesor UCV. Jefe (E) del Departamento de Análisis Histórico Social de la Escuela de Sociología.
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