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El Gatopardo en Caracas: cambiarlo todo para que nada cambie, por Alejandro Oropeza G.



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El Gatopardo en Caracas: cambiarlo todo para que nada cambie
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Alejandro Oropeza G. | @oropezag | abril 18, 2026

X: @oropezag


“Todo esto no debería durar; sin embargo, durará siempre.”

G. T. di Lampedusa: El Gatopardo. 1958.

Hay frases literarias que, por su capacidad de síntesis y también de ironía, sobreviven a los siglos con una vigencia incómoda. Una de ellas, es la pronunciada por Tancredi en El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que parece hoy escrita con tinta venezolana: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.»

En nuestra Tierra de Gracia pareciera que muchas cosas han cambiado… mas no necesariamente como muchos imaginaban o quizás, para ser sinceros, como deberían cambiar. La salida —más bien extracción quirúrgica— de Nicolás Maduro a inicios de 2026 fue presentada y asumida por tirios y troyanos como un gran punto de inflexión histórico. Una especie de «reset» político que abría puertas para el inicio de la transición, algo así como una alborada democrática después de una larga noche tropical y bananera.

Sin embargo, apenas disipado el humo, no mucho ciertamente, la realidad comenzó a parecerse sospechosamente a lo que ya conocíamos. A un poco más de 3 meses, el poder lo administra Delcy Rodríguez, con un estilo más sobrio —menos boina roja, más blazer tecnocrático… ningún baile en tarima— y con reformas/propuestas económicas que hablan el idioma maldito de los mercados.

Pero, como es harto evidente, la estructura de control político permanece esencialmente intacta, con las instituciones debilitadas o bien inexistentes, centenares de presos políticos aún tras las rejas y otros iniciando sus calvarios, lo que define una apertura más estética que sustantiva. Ello, a pesar del tutelaje imperial infinitamente denigrado. Es decir: cambió la escenografía, pero la obra sigue siendo la misma y, cabe destacar, con los mismos actores.

El fenómeno no es nuevo en las realidades políticas. Se le podría llamar “adaptación autoritaria”, algo así como una mutación del poder que se reinventa a partir de sí mismo para sobrevivir sin ceder en lo esencial: su ejercicio. Algunos analistas lo han descrito con precisión al afirmar que la desaparición del líder no implica la desaparición del sistema; eso ya lo hemos experimentado en nuestra realidad con la muerte de Hugo Chávez.

Las élites se reacomodan, se sustituyen parcialmente, redistribuyen cuotas, actualizan y adaptan el discurso… y continúan. En términos más criollos: se cambió el chofer, pero el autobús sigue en la misma ruta… y con los mismos frenos. Mientras tanto, el país asiste a una coreografía política curiosa.

Se anuncian leyes para atraer inversión extranjera, se pseudo-reestructuran ministerios, se rotan los jerarcas revolucionarios en los diversos roles: tu ahora para acá y tú para allá (no importa si no sabes de eso, eso no es relevante); también se habla de reconciliación nacional, pero simultáneamente persisten mecanismos de control, represión y violencia selectiva y limitación de libertades. Una especie de «apertura con cautela» o de apertura pero con cuidadito, donde todo parece moverse, pero nada termina de desplazarse en la realidad.

Aquí es donde El Gatopardo deja de ser literatura y se convierte en manual operativo. Porque lo verdaderamente notable no es que no haya cambios, sino que los anunciados parecen diseñados precisamente para evitarlos. Modernizar sin democratizar. Reformar sin transformar. Ajustar sin ceder.

Incluso la narrativa ha mutado, claro, la palabra aguanta todo: ya no se habla tanto de revolución con todas sus aristas, recovecos y vericuetos ideológicos, sino de estabilidad; no de confrontación, sino de gobernabilidad; no de socialismo edificante e igualitario, sino de inversión. Pero el poder —ese núcleo duro que define quién decide, cómo decide y bajo qué reglas— sigue cuidadosamente resguardado.

La gran paradoja venezolana de 2026 es, entonces, profundamente gatopardiana: el evento más disruptivo en años —la captura de Maduro— no ha producido, al menos hasta ahora, una ruptura proporcional en el sistema/régimen político. Más bien ha abierto un proceso de recomposición interna donde el cambio funciona como estrategia de continuidad.

¿Hay posibilidades de una transición real? Sin duda. La historia no está escrita. Pero también es cierto que las transiciones no ocurren ni por inercia ni por estética. Requieren desmontar estructuras, no solo cambiar nombres; alterar incentivos y realidades, no solo discursos.

Mientras tanto, el realismo mágico político criollo, parece ensayar una versión muy particular del cambio: uno que se anuncia con entusiasmo, se ejecuta con cuidado y… se administra con prudente inmovilidad.

En este entorno difuso, es necesario decirlo, la oposición democrática ejerce un sorprendente y sospechoso silencio (con muy escasas excepciones que no dan continuidad operativa ni estratégica), no articula narrativas que expongan la crítica agenda social insatisfecha; no teje con otros actores movilizados acciones para la reocupación y dinamización del espacio público, el cual es ámbito para el ejercicio democrático, la emergencia de liderazgos frescos y la negociación de renovados acuerdos para construir futuros posibles diversos.

*Lea también: Liderazgo y la hora loca, por Richard Casanova

Es así que la ciudadanía no posee un referente confiable, articulado y decidido que exija con seriedad una ruta transicional efectiva y la atención de las problemáticas públicas dentro y fuera del país. Es decir, la ciudadanía no sabe para donde mirar buscando guía y liderazgos, porque no hay para donde mirar.

Como diría Tancredi —probablemente con acento maracucho—: mis panas… tranquilos, que todo está cambiando. Precisamente para que todo siga igual.

Alejandro Oropeza G.: Residenciado en L’Aquila, Italia, es Director de la organización  italiana, Voce Civica Strategica – VCS. CEO del Observatorio de la Diáspora Venezolana – ODV. Madrid-España/Miami, Washington DC-USA/Lima, Perú; y,  Dtor. Académico del Center for Democracy and Citizenship Studies – CEDES. USA. Email: [email protected] 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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