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El fin de «la Cuba castrista», por Fernando Mires



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Diaz Canel Cuba
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Fernando Mires | @FernandoMiresOI | diciembre 8, 2020

Twitter: @FernandoMiresOl


Para Luis Manuel Otero Alcántara, líder del recién aparecido Movimiento San Isidro (MSI), el fin del “diálogo” no fue una sorpresa, solo “una reacción avisada” (sic).

Luis los conoce, sabía a lo que se enfrenta: un gobierno sin capacidad de diálogo con sus ciudadanos que, si dialoga, lo hace como maniobra de guerra destinada a distraer al enemigo. Así ocurrió después de las casi cinco horas del infructífero diálogo que tuvo lugar entre el ministro de Cultura, Fernando Rojas y representantes del MSI.

Siguiendo la versión del diálogo dada a conocer por los jóvenes del MSI, el ministro no respondió a la mayoría de las intervenciones, mucho menos a las preguntas de los participantes. Fue un diálogo entre seres parlantes con un ministro semisordo y monosilábico.

Puede ser que Rojas al aceptar dialogar hubiera sido activado por un rayo de buena voluntad. El problema es que ni él, ni ningún miembro del gobierno, sabe dialogar. Los silencios del ministro son los de un régimen afónico y, por lo mismo, antipolítico. En cualquier diálogo están condenados a ser derrotados.

Ningún miembro de la nomenclatura está en condiciones de lidiar gramaticalmente. En un no lejano pasado repetían frases de Fidel y con eso se las arreglaban. Pero hoy no pueden repetir las de Díaz-Canel pues el primer mandatario solo es un engranaje más de una maquinaria burocrática y represiva, un funcionario oscuro, un Brézhnev a la cubana. Con esos autómatas —sobre todo cuando no están programados— nadie puede dialogar. Cuba ya no es castrista pero nunca será canelista.

Al saber de la orfandad en que se encontraba el ministro de cultura frente a los jóvenes artistas e intelectuales, los burócratas decidieron patear la mesa. ¿Qué ofrecieron a cambio? Lo que Otero Alcántara esperaba: detenciones, arrestos domiciliarios y, sobre todo, injurias a los miembros del MSI (mercenarios al servicio del imperialismo, enemigos de la revolución, traidores a la patria: lo usual).

Hasta Silvio Rodríguez, casi siempre más castrista que Fidel, no pudo ocultar su indignación. Sus palabras fueron balas: “Sí, da la impresión de que se agarraron de lo que fuera para suspender el diálogo, para quitárselo de arriba. Suena a orientación superior”. Puede que después, de acuerdo a su costumbre, Silvio Rodríguez tenga que retractarse de sus palabras. Pero lo dicho, dicho está.

*Lea tambien: Sumar, sumar y sumar, por Américo Martín

Lo cierto es que con el rechazo al diálogo, la nomenclatura cubana ha marcado un punto de ruptura con el propio castrismo. En gran medida Fidel y Raúl intentaron mantener vínculos con grupos artísticos e intelectuales afines al régimen. Los astutos hermanos sabían que toda dictadura requiere de un mínimo de legitimación y que esta solo puede ser producida por artistas, intelectuales o —en los países islámicos— sacerdotes e imanes.

Con la ruptura del diálogo la dictadura cubana ha renunciado a su legitimación cultural. De ahora en adelante solo dominará sobre las bases de un pasado que nadie recuerda ni quiere recordar y de un futuro que cada día se ve más tenebroso. En Cuba gobierna una secta a la que la palabra “revolución” le queda muy grande.

Toda dictadura necesita de una ideología o por lo menos de un consenso cultural. Hitler, Stalin, Castro, entre otros, gustaban rodearse de intelectuales y artistas. Sin ellos sus regímenes habrían sido dictaduras sin carisma. La de Díaz-Canel es ya una dictadura sin carisma.

El último intento por rescatar algo del carisma cultural de la “revolución” tuvo lugar hace algunos años (2016), cuando Raúl utilizó el proyecto de distensión económica que le brindó Obama. Durante un corto lapso, artistas e intelectuales, entre ellos los Rolling Stones, viajaban a Cuba llenos de ilusiones, creyendo de buena fe que con sus talentos aportaban a la recuperación de la democracia en la isla. Pero esa primavera cubana duró muy poco tiempo. Raúl y sus esbirros se dieron cuenta de que toda apertura democrática conduce a su sepultura política.

La de Díaz-Canel ya no es más que una dictadura de subsistencia; su único objetivo es sobrevivir. Durante Trump obtuvo cierto respiro. El boicot que nunca fue tal, permitió a los detentores del poder presentarse como víctimas ante las izquierdas del mundo. Con el liberal Biden ni siquiera ese pretexto les servirá. Como toda dictadura, sin comunicación con el mundo interno ni externo, la cubana habrá entrado en su última fase. Una última fase que puede ser muy larga. El aparecimiento del MSI solo anuncia una dura lucha por la democracia. Probablemente le sucederán otras iniciativas civiles.

Naturalmente, los disidentes políticamente organizados necesitarán del apoyo de la comunidad internacional. Pero el centro de la lucha deberá ser mantenido en la isla. Los del MSI conocen mejor que nadie el terreno que pisan. Frente a una dictadura sin ideas, pero con mucho fierro, deberán tragar algunas derrotas y fracasos. Los procesos liberadores nunca han sido verticales.

Ojalá Biden no incurra en el horrible error que cometió Trump en Venezuela al cooptar a la dirigencia de la oposición y subordinarla a los aparatos operativos de su gobierno. Si movimientos como el MSI conservan su independencia política y mantienen la línea pacífica, democrática y cultural que en estos momentos buscan imprimir a sus acciones, los signos agónicos de la dictadura no tardarán en manifestarse. La democracia, al fin y al cabo, solo puede ser conquistada por demócratas.

Lo más importante de todo, y ese es el mérito grandioso del MSI, es que el silencio ya ha sido roto. El silencio es hoy un grito. Como dice la canción Ángel para un final de Silvio Rodríguez:

Cuentan que cuando un silencio aparecía entre dos
era que pasaba un ángel que les robaba la voz
y hubo tal silencio el día que nos tocaba olvidar
que de tal suerte, yo todavía, no terminé de callar.

Los jóvenes y los no tan jóvenes disidentes cubanos tampoco terminarán de callar. Esto se está poniendo bueno chico.

Fernando Mires es (Prof. Dr.), fundador de la revista POLIS, Escritor, Político, con incursiones en literatura, filosofía y fútbol.

 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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