El exilio como condena, por Jipson Briceño Domínguez
Hay una imagen profundamente perturbadora que, de alguna manera, deja un tratado resumido de la controvertida e impredecible política venezolana de estos días, y no está precisamente en Miraflores. Está en una sala de espera en Washington.
María Corina Machado, la mujer que llenó calles sin un partido, sin dinero y con un Estado en contra que hasta le arrebató su investidura, hoy está acorralada por lo que creyó que era su salvación. Cayó como el insecto que vuela hacia el gusano de luz de las cuevas, creyendo que sigue una salida resplandeciente, solo para quedar atrapada en sus hilos de seda imperceptibles.
Se fue a buscar aire, legitimidad internacional y el Nobel que le prometieron sus asesores, como si los premios tumbaran dictaduras. No lo encontró. Encontró algo peor: la comprobación de que afuera nadie regala nada. Todo lo que se oferta tiene un precio que generalmente no está en la etiqueta y resulta más caro de lo que aparenta.
Hoy su entorno en Washington –cuyo distanciamiento con las bases de la sociedad venezolana es evidente, aunque sigan atados a la irradiación de un liderazgo sembrado en el país– carece de habilidades en la ciudad del verdadero juego político. Operar lejos de sus verdaderas capacidades es su principal debilidad.
Una corte de dirigentes sin calle, sin votos y sin país la llevó a un juego que no entiende: el de los lobbies experimentados, las fotos en pasillos y las promesas que se vencen cada cuatro años. Se siente traicionada porque lo fue; mal asesorada porque lo está.
Y se nota el agotamiento. No es físico. Es el agotamiento del que entiende tarde la trampa, pero conserva la capacidad de analizar el fenómeno, las causas y prepararse para el remedio.
Porque el juego de este momento es brutalmente claro y no la incluye. No está en la lista de invitados en la fiesta que ayudó a preparar; no es un comensal en la mesa de las decisiones que fraguó con sudor y fuego de calle.
En una esquina, Donald Trump no quiere democracia en Venezuela. Quiere negocios. Concesiones energéticas multimillonarias para su familia y para las refinerías de Texas cuando salga de la Casa Blanca.
Para eso no necesita a María Corina. Necesita al que tiene la llave del depósito. Y son los Rodríguez los que hoy tienen la llave; son los administradores del territorio con la gracia de Trump.
En la otra esquina, el régimen no quiere legitimidad. Quiere continuidad. Y descubrió que la mejor forma de tener continuidad es negociar con Trump, no con la oposición, la cual siempre estará dispuesta a entrar –como lo ha hecho desde 2002– a cualquier diálogo, negociación o mesa de acuerdos, comprando así el tesoro más valioso que no tiene canje: el tiempo.
En el medio queda ella.
Conserva algo que ni Trump ni Delcy pueden comprar: 70% de cariño popular intacto. Un capital que no se mide en encuestas, sino en la memoria de la gente que caminó con ella; un apoyo demostrado el 28 de julio de 2024 que es difícil de quebrantar, pero no imposible, y en cuya destrucción solo ella misma podría colaborar.
Ese capital tiene una regla de oro que ella conoce mejor que nadie: mientras no venga, se mantiene. Si regresa hoy, no podrá hacer nada más que entregarse a un cerco judicial que ya está escrito. Si se queda afuera demasiado tiempo, el cariño se vuelve estampita, recuerdo, nostalgia.
Si cae el régimen mañana, aun sin ella aquí, ella es la figura inevitable de la transición. Si hay una apertura pactada entre Trump y el chavismo, ella también se fortalece como la única que no se sentó a repartir el botín.
La única forma que tiene María Corina de perder ese apoyo no es que la ataque Diosdado. Es seguir afuera, explicando en inglés lo que ya explicó en español en la Asamblea Nacional ante Chávez y que la catapultó como la figura que hoy es; reunida con subsecretarios que no deciden nada mientras aquí su gente hace cola para sobrevivir.
El chavismo entendió hace 20 años que el poder no es la foto con el presidente de EEUU, sino controlar la calle de tu país. María Corina lo entendió en 2023 y 2024, y por eso ganó. Sus asesores se lo hicieron olvidar en 2025.
Hoy no necesita otro viaje. Necesita silencio, recalcular y entender que su mayor acto de rebeldía no es quedarse en Washington buscando lo que no hay. Es saber cuándo volver a callar a todos aquí, y hoy no es el momento. Las apariencias pueden engañar, y bastante.
Porque el exilio no es un premio. Es una condena que te la escriben otros.
*Jipson Briceño Domínguez es licenciado en Ciencias Políticas y Administrativas (UCV). Magister Scientiarum en Historia de la Arquitectura y del Urbanismo
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